De paso en el país, el empresario vinícola español se hizo un tiempo para conversar sobre la razón que trajo a su compañía a Chile a fines de los años setenta, en qué está la firma hoy, su pensamiento político y la situación actual de Cataluña.

Foto: Verónica Ortíz

La agenda de Torres Riera suele ser apretada. Y la de la semana recién pasada en Chile no fue la excepción. Después de pasar un día entero en un seminario sobre el cambio climático en Barcelona, tomó un avión que aterrizó a las siete de la mañana siguiente en Pudahuel. De ahí al hotel a descansar un poco, nadar en la piscina, “porque si no te mueves no activas la mente”; y justo al mediodía comenzamos la charla en el bar del hotel. No habrá demasiado tiempo, porque lo están esperando ejecutivos de su compañía para que firme unos papeles y luego se irá a un almuerzo. De ahí no parará, porque por la noche le entregarán el premio “Amigos Marca España” por su aporte a la industria vitivinícola nacional y en los días siguientes tendrá varios asuntos que atender, incluidos algunos detalles de La Bodeguita Miguel Torres, el restaurante que planean abrir en septiembre en Alonso de Córdova. Todo esto antes de volver el domingo a España y sin la posibilidad de viajar a Curicó, donde –confiesa– quería ver también cómo sigue un problema que viene arrastrando desde hace algún tiempo con una vecina curtiembre que les está ocasionando algunas molestias. “Tú sabes, los malos olores no son buenos para el vino ni para el turismo”, nos explica. Pero a pesar de todo esto, tuvimos una hora para conversar de todo un poco y calmadamente –justo a la hora del aperitivo–, partiendo por la historia de Miguel Torres en Chile.

-¿Por qué deciden venir a producir vino acá?

-Eso fue en 1976, cuando volvió la democracia a España y mi padre tenía miedo por lo que pudiese llegar a pasar allá, pensaba que podía estallar otra guerra civil. Porque él había sufrido mucho con la guerra. Primero con los anarquistas en el año 1936, que estuvieron a punto de matarlo, y luego una vez acabada la guerra, cuando lo tomaron prisionero las tropas de Franco. Es decir, lo pasó fatal en ese período. Entonces él dijo que quería tener algo en América por si la situación se complicaba en España.

-¿Chile fue la primera elección?

-No, mi padre me envió a mí a ver distintos lugares. Fui primero a California y me gustó, pero lo encontré muy caro, además que estaba el problema de que es una cultura muy diferente a la nuestra. Luego fui a Argentina y justo en la zona de Mendoza habían tenido unas inundaciones y granizadas terribles, estaba media cosecha ya perdida; por lo que el panorama no se veía muy alentador como para instalarse ahí. Además yo conocí en Dijon, cuando estaba estudiando enología, a Alejandro Parot (enólogo chileno) y él siempre me decía que tenía que venir a Chile porque acá había muy buenos lugares para el vino. Entonces, aprovechando que estaba cerca, vine. Y nada. Al cabo de dos días, le dije a Alejandro que aquí nos íbamos a quedar.

-¿Pero qué fue lo que lo hizo decidirse por nuestro país?

-El clima suave del Valle Central, la gente que fui conociendo acá que era de trato fácil y muy honesta, además de que aquí estaba mi amigo Alejandro Parot con sus recomendaciones y su ayuda para instalarnos.

-¿Cómo llegaron a Curicó?

-Alejandro me llevó a varios fundos que estaban en venta y justo ese terreno lo tenía el banco porque habían quebrado. Así que nos interesamos y luego mi padre fue al remate, que en ese tiempo se hacía con una oferta a sobre cerrado, y nos lo quedamos. Recuerdo que eran cincuenta hectáreas, con algunas parras muy malas, que varias tuvimos que arrancar, y una bodega muy anticuada, con cubas de cemento y unas prensas que no valían nada.

-¿No le preocupó que acá hubiese una dictadura militar en ese momento?

-Mira, te voy a repetir las palabras exactas que dijo mi padre cuando vino una vez alguien a casa y nos preguntó que cómo íbamos a invertir en Chile si acá había un dictador. Él respondió: “Mira, hemos tenido a Franco cuarenta años y hemos sobrevivido… vamos a Chile”. Ahora, yo creo que en ese momento nosotros contribuimos un poco con algunas mejoras.

-¿Cómo cuáles?

-Me acuerdo de que cuando ya habíamos comprado el fundo de Curicó, en el año 1979, mi padre preguntó cuánto ganaba la gente que trabajaba en ese campo, que eran seis familias que vivían ahí en unas condiciones muy malas. No tenían agua, calefacción, nevera… nada. Y recuerdo que ganaban algo así como catorce mil pesos, que les alcanzaba solo para comprar harina y té, nada más. Entonces preguntamos y sacamos cuentas con ellos mismos de cuánto era lo que necesitaban para vivir y llegamos a una cifra por los 40, 45 mil pesos; y eso fue lo que comenzamos a pagarles. De ahí en más, todos trabajaron muy motivados y, de hecho, los únicos problemas que tuve fueron con algunos vecinos.

-¿Por?

-Se me venían a quejar por estos sueldos que estaba pagando, según ellos iba a estropear el mercado. Pero yo tenía muy claro que estábamos haciendo bien las cosas. Además, yo me he sentido siempre muy socialista. He leído La historia del pensamiento socialista y otros libros de Cole, he leído a Marx y siempre me ha interesado mucho conocer al trabajador y saber cómo lo puedo motivar. Y algo que he sabido desde joven es que un trabajador mal pagado nunca va a estar motivado.

Los cambios

-Existe consenso en que la industria vitivinícola nacional tiene un antes y un después con la llegada de su compañía a Chile, ¿usted está consciente de esto?

-Sí, la verdad es que nos tocó innovar con cosas como las cubas de acero y también el uso de barricas nuevas. Porque antes de nosotros, acá el vino siempre se hacía en fudres de madera antigua, de raulí. En ese sentido, nos tocó ser pioneros. Sin embargo, nos dimos cuenta de algo importante al poco tiempo de estar acá. Los enólogos chilenos sabían lo que había que hacer, estaban conscientes de estos cambios que se venían. De hecho, ya en esa época había muchos enólogos que habían estudiado en Francia y conocían los elementos que nosotros incorporamos a la industria.

-Pero el cambio les tocó hacerlo a ustedes…

-Sí, porque cuando los enólogos chilenos querían hacer estos cambios, los consejos directivos de estas viñas les decían que no. No querían gastarse ese dinero porque no tenían claridad de que fuese un buen negocio. Porque hay que recordar que Chile en esos años estaba muy aislado en todo sentido. Había dictadura y la distancia, acá no venía nadie.

-Aun así, ustedes rápidamente comenzaron a producir vinos para el mercado local y extranjero.

-Nos debe haber tomado unos dos o tres años sacar nuestro primer vino blanco, fermentado a baja temperatura, por lo que tenía aromas muy frescos. Fue un vino que les encantó a las mujeres, cosa no tan común por esos años. Además, hacíamos un vino tinto bastante correcto con uvas que le comprábamos a la Cooperativa de Talca y así poco a poco fuimos vendiendo vinos fuera. Partimos por Inglaterra porque teníamos una distribuidora allí.

-¿La apertura a nuevos mercados se consolidó con la vuelta a la democracia?

-No necesariamente. Fue algo, como te decía antes, que se fue haciendo poco a poco. País por país. Ahora bien, nosotros teníamos una ventaja sobre otras viñas chilenas en ese momento porque Miguel Torres ya tenía presencia en varios mercados extranjeros. Entonces ahí, junto a nuestros vinos españoles íbamos empujando el vino chileno. Así todo, dada la situación política, había algunos países a los que no podíamos entrar de ninguna manera.

-¿Cuáles?

-Suecia, Finlandia y Noruega; que tenían monopolios estatales para la compra de alcohol y que tenían prohibido importar vino chileno. Me acuerdo de que por esos años, en una entrevista a El Mercurio expliqué la situación y dije que pensaba que eso cambiaría en el futuro. Al día siguiente, varias personas me llamaron algo molestas por mis declaraciones, incluidos algunos amigos de derecha (risas). No creas que no intentamos hacer negocios con esos países. Hubo varias visitas no oficiales, incluso una vez vinieron unas enólogas suecas a las que sacamos a conocer distintos lugares. Recuerdo que las llevamos a Viña del Mar a comer una mariscada en la playa y yo aprovechaba de mostrarles los quioscos que en esos años, hacia fines de los ochenta, ya colgaban diarios de oposición como La Época o Fortín Mapocho; para que vieran que esto no era como la España de Franco, que había ciertos matices. Pero nada, no pudimos hacer negocios hasta la vuelta a la democracia.

-¿Se activó rápido todo con el regreso a la democracia?

-Sí, una vez que asumió Patricio Aylwin, esos países se abrieron rápidamente.

El presente

-¿En qué está hoy?

-Yo desde hace tres años no soy el director de la compañía, en eso están mis hijos. Ahora estoy de presidente y participo en las catas de vino, tengo también una auditora interna que me reporta a mí y lo que más me hace ilusión es un departamento de medio ambiente que tengo a mi cargo, porque a mí el cambio climático es algo que me interesa mucho. Hemos invertido doce millones de euros en los últimos diez años en energías renovables y en investigación. Es un tema importante y hay que preocuparse, incluso en Chile, porque los glaciares se están secando y no sabemos cómo vamos a regar los campos más adelante.

-¿Eso dificulta la producción de vino?

-Claro. Porque a la falta de agua hay que sumarle que producto del alza de las temperaturas, las vendimias se adelantan y los enólogos tienen que hacer todo tipo de equilibrios para conseguir vinos apropiados. Por ahora lo están consiguiendo, pero no sabemos si podrán seguir haciéndolo. Entonces, respondiendo a tu pregunta, sí, es muy difícil hacer vino actualmente. No nos queda más que cambiar de estilo de vida, porque yo en España voy con un coche eléctrico encantado de la vida, pero no es tan fácil que todos podamos hacer lo mismo en el corto plazo.

-Otra dificultad en el mundo del vino es que la competencia con bebidas como la cerveza o los destilados es muy dura. De hecho, en países como Chile y España, los jóvenes están dejando de lado el vino sobre todo por los destilados.

-Mira, yo desde hace un año estoy de presidente de la Federación Española del Vino y hemos puesto en marcha una campaña muy fuerte de promoción del consumo del vino en nuestro mercado interno, porque es una realidad que este ha disminuido. Actualmente tenemos la campaña dando vueltas en televisión y también en las redes sociales, pensando en los más jóvenes. Es una campaña cara, vale cinco millones de euros y la hemos financiado por medio de un pequeño impuesto que todos los productores de vino de España pagan por cada litro que producen. Todos pagan, porque no hay otra manera de hacerlo.

-¿Por qué cree que los jóvenes se han ido por el lado de los destilados como el gin o el vodka?

-Porque lo mezclan con bebidas gaseosas y queda un trago muy dulce y fácil de beber. Además, te llevan a una euforia más rápida, ¿me entiendes? No es como el vino, que es más para consumir con las comidas, para compartir con los amigos y nunca para llegar a una euforia excesiva. En España se lleva mucho entre los jóvenes lo que llaman “El Botellón”, que es comprar alguna botella de ginebra o de whisky, algún refresco, mezclarlo y beberlo en la calle, porque les sale más barato y ya luego se van directo a la discoteca a bailar.

-Se saltan el bar.

-Exactamente. Esto es un peligro para todo un sector de la industria, por lo que algo habrá que hacer. Ahora bien, estos mismos chicos que se van de botellón, cuando cumplen veintitrés o veinticuatro años e invitan a una chica a cenar, piden vino (se le marca una sonrisa en la cara).

-¿Entonces es una cosa de tiempo nada más?

-Es algo que estamos constatando que pasa en España y que da la impresión que al final va a nuestro favor. Pero hay que estar atentos y trabajar.

-Últimamente han innovado con el espumante Estelado con uva país y el vino Reserva de Pueblo, que además tiene certificación de comercio justo.

-Esas son cosas que ha hecho mi hijo y de las cuales yo estoy muy orgulloso, porque me parece muy importante rescatar viñedos y cepas antiguas de Chile, que seguimos buscando, y es algo que también hemos hecho en Cataluña. Además, me parece que es coherente con nuestro actuar a través de los años; pagar lo justo a los productores. Al final, eso está en el ADN de la compañía.

-Por otro lado, están entrando en el mercado de los vinos de mayor valor…

-Producto de la estructura de la compañía, y de nuestra capacidad de investigar y de producir o comprar buenas uvas, estamos trabajando en España y en Chile con vinos de valores más altos. La verdad es que estamos muy contentos con los resultados que hemos tenido hasta el momento.

-No puedo dejar de preguntarle por lo que está pasando en estos momentos en España (se votaba la moción de remoción de Mariano Rajoy mientras se hacía esta entrevista) y lo que viene sucediendo durante los últimos meses en Cataluña.

-No he leído la prensa de hoy, pero no estoy seguro de que prospere la moción contra Rajoy (finalmente Mariano Rajoy fue destituido).

-¿Y lo que pasa en Cataluña, donde usted vive?

-En el mundo empresarial, que es en el que yo me muevo y más me relaciono, lo que queremos es diálogo. Porque en Cataluña ahora, por una serie de razones, tenemos un bloque de un cuarenta por ciento que quiere la independencia, otro treinta por ciento que no la quiere y en medio está el resto, gente como yo y tantos más, que creemos en el diálogo para darles una solución a los problemas de Cataluña. Los políticos tienen que trabajar para todos los catalanes, ¡para todos! Y los políticos de Madrid también tienen que dialogar con Cataluña hasta llegar a una solución a los problemas, tal como se ha logrado en otras partes de Europa.

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