Los cabernet sauvignon de Alto Cachapoal están cada día mejores y un gran ejemplo es Altaïr 2002, que ha crecido como pocos en el último año. por M.S. Qué hace uno a la 2 de la tarde de un caluroso lunes de enero metido en un hoyo de un par de metros de profundidad, respirando […]

  • 23 febrero, 2007

Los cabernet sauvignon de Alto Cachapoal están cada día mejores y un gran ejemplo es Altaïr 2002, que ha crecido como pocos en el último año.

por M.S.

Qué hace uno a la 2 de la tarde de un caluroso lunes de enero metido en un hoyo de un par de metros de profundidad, respirando polvo y sin un sombrero que proteja del sol? Parece una locura, pero la promesa de la degustación y el asado que nos esperan en un rato, hacen que el asunto sea soportable. Estamos en lo que se llama una calicata, una excavación que se hace en medio del viñedo para analizar las características del subsuelo.

Ya saben, aquellas cosas por las que un periodista de vinos alucina: arcilla, piedra, limo, fósforo, compactación y profundidad de las raíces y toda esa terminología que en resumidas cuentas habla de un terruño, de lo que hace especial a cierto pedazo de tierra, con ciertas características y ciertas condiciones climáticas que, unidas a la mano del hombre, explican que esa botella que abrimos el domingo sea o no digna de recuerdo.

Fuera del calor y del polvo, el paraje quita el aliento. Son los terrenos de la viña Altaïr, en el Alto Cachapoal, una de las zonas más interesantes y prometedoras para el vino chileno. Ahí al lado, después de pasar por bosques nativos, empieza la cordillera de los Andes y luego, yendo hacia el este, está el desierto blanco y sus nieves eternas.

Algunos piensan que este valle podría ser en unos años lo que hoy es el Maipo Alto y hay varias razones para creerlo. Hace un tiempo estuve en una cata de cabernet sauvignon de la zona y hubo algunos ejemplares que me encantaron, como el Prestige 2002 de Casas del Toqui y Grand Cru 2003 de Los Boldos, dos vinos superlativos que reflejan lo mejor de la tradición francesa “made in Chile” (Ojo también con los excelentes merlot que produce, un poco más al sur, Torreón de Paredes).

Altaïr también tiene sangre gala, pues es un joint venture entre San Pedro y Chateau Dassault, productores de un Grand Cru Classé en Saint Emilion, la famosa zona de Burdeos en la orilla derecha del Dordoña.

Pero volvamos a la calicata. Al fondo del hoyo está la enóloga de Altaïr, Ana María Cumsille, quien además de guapa es asertiva y admite que no hay recetas mágicas para hacer grandes vinos. Mientras nos describe el tipo de suelo, que consiste en partes iguales de arcilla, limo y arena, comenta que “a mayor arcilla los vinos tienen más estructura, cuando hay más piedra poseen más fineza. ¿Por qué pasa eso? Es difícil saberlo. No hay mucha literatura al respecto. Lo importante es que las raíces alcancen profundidad, porque así se logra un mayor equilibrio”.

Y Cumsille, algo asustada por la aparición de una enorme araña pollito, da en el clavo. Lo esencial es el equilibrio, algo que comprobamos en la cata posterior de los dos vinos de la compañía: Altaïr y Sideral.

Se podría decir que Altaïr es el primer vino de la casa y Sideral el segundo, siguiendo la tradición de Burdeos, pero a mí me gusta más hablar de dos vinos distintos, cada uno con sus propios méritos.

Probamos las cosechas 2002 y 2003 de Sideral. Los dos poseen un estilo amable, casi jugoso, con frutas rojas y negras maduras que son una delicia, pero el primero está listo para beberse ahora mientras que el 2003, con un carácter más recio, mejorará con el tiempo y puede darnos una sorpresa si lo descorchamos en unos meses.

Una de las cosas más entretenidas del vino –y para la cual tampoco hay explicaciones únicas– es precisamente que cambian con el tiempo y la mejor evidencia fue la cata que luego hicimos de Altaïr 2002 y 2003. Había probado el año pasado la cosecha 2002 y me había gustado, pero hoy es otra cosa. Ha crecido una enormidad. Aquí hay mucha más potencia y elegancia. La nariz tiene notas a tierra y fruta negra, más un toque animal que no molesta, un conjunto cuya suma hace de este tinto un cabernet de primera clase. Y es un vino sabroso, lleno de matices, un agrado; listo para beberse, pero con una vida soñada por delante.

El Altaïr 2003 sigue siendo un vino serio, pero tiene un componente, por así decirlo, más jovial. La nariz está algo apretada, le falta tiempo para expresarse, pero aun así lo que alcanza a mostrar es llamativo, con un acento frutal. La fruta vuelve a sentirse en la boca y es vibrante y golosa. Con seguridad irá ganando en complejidad y fineza y será un imperdible en un tiempo más