La curiosidad es el deseo por ampliar el campo del saber personal, por averiguar detalles de lo que se intuye. Hay gente curiosa de toda índole, y también existen caracteres que llaman la atención del resto. Antiguamente, un sujeto inquieto y preguntón era tachado de intruso. Se creía que el chisme estaba cerca del conocimiento, de la investigación. Lo que es cierto. Rastrear una idea, un animal o una pared recién pintada, obliga a hacer distinciones, a seguir señales y descartar posibilidades. En ese recorrido se rescatan antecedentes, se hurga el pasado, se conversa con los que tienen experiencias en el asunto.

Una forma de reconocer a un curioso es fijarse en la relación que sostienen con los viejos. Suelen entrar en conversaciones con ellos, disfrutan de los cuentos y anécdotas. Tienen paciencia y no buscan nada, salvo aprender. Los fanáticos y los expertos están lejos de esta inquietud. Ellos tienen principios que explican y satisfacen las interrogantes. A veces tan extremos en sus modos y aseveraciones taxativas sobre el bien y el mal, que se convierten en figuras perturbadoras dignas de indagar.

Observo con atención el odio hacia el pasado que practican algunos agonistas y entusiastas. Quizá me detengo en esta actitud por defecto. Desde hace años que me fijo más en el pasado que en el presente. Mejor dicho, pienso que ambos están demasiado ligados como para separarlos. Por lo mismo, sé que los afanes refundacionales prescinden de las voces que no los complacen, sobre todo, cuando avisan que lo nuevo ya está descrito en varios libros clásicos. Incluso las excepciones poseen literatura que las estudian en detalle. Lo incierto escasea en algunos planos de la realidad, como en la política. Lo que puede haber son desastres y tragedias que lamentar. Pero las rutas han sido trazadas por la historia. Por ejemplo, el derrotero del fascismo es nítido. Su relación con el orden y la violencia es directa. Otra cosa es no darse por enterado, abrazar la ignorancia.

Tal vez la curiosidad pasó de moda. Me dirán que ha sido resuelta por los buscadores online. Las enciclopedias están fuera de circulación y los libros son cada día menos consultados. Indagar una pista exigua que nos aclare una duda es una cuestión de ancianos. Ahora todo es más rápido vía Google. Mentira. Lo crucial es detenerse en medio de la pesquisa o desviarse. En ese gesto radica la posibilidad de un encuentro imprevisible que nos puede seducir o cambiar de opinión.

Confundir la autoridad con la cultura es un equívoco que viene del miedo a los libros y que genera fobia, rabia. También es una ficción académica que ha provocado un daño enorme. Lo que piensa o dijo este autor o aquel, por muy divergentes que sean sus teorías, tienen que convivir en un estante si quieren gozar de importancia. La contradicción es inherente al desarrollo del pensamiento. En el estricto plano del lenguaje, no hay dominantes, sino que interacciones, correspondencias, distancias y complicidades entre argumentos. Los discursos de poder se disuelven con palabras y análisis. Hacerlo es un arte, el de la crítica, que se dedica a averiguar de dónde vienen, quién las dice y cómo operan.

Entre mis amigos, recuerdo a algunos especialmente curiosos, casi obscenos. Son devoradores de bibliotecas y conversan sobre sus obsesiones sin piedad. Siento que van quedando pocos con la intensidad vital que veo en ellos, que pueden pasearse por diversas culturas con absoluto desparpajo. No hay cuestión que les sea extraña. Raúl Ruiz dejó un diario que es un monumento genial a la erudición. Son horas diarias que disipó instruyéndose en materias ajenas a su trabajo y a cualquier uso.

Las muertes recientes de Germán Marín y Armando Uribe verifican la desaparición de dos hombres extravagantes, cuya cantidad de saberes excedía lo probable. Sus obras están plagadas de referencias y de sensibilidad literaria. No tuvieron miedo a comentar los escenarios violentos de la crónica nacional. Fueron investigadores de enorme precisión. Cultivaron los secretos y los hallazgos. Verlos hablar era un espectáculo. La singularidad de sus personajes provenía de la rudeza del exilio que los asoló. Antes, residieron en China durante la revolución. Tímidos y furiosos, hicieron del gusto por burlarse de sí mismos parte medular de las emociones que exploraban.