El reciente concierto que marcó el debut en Chile de la prestigiosa Orquesta Hallé de Manchester quedará como uno de los hitos de la temporada musical local de este año. Esperemos que también deje otras huellas.

  • 16 septiembre, 2008

El reciente concierto que marcó el debut en Chile de la prestigiosa Orquesta Hallé de Manchester quedará como uno de los hitos de la temporada musical local de este año. Esperemos que también deje otras huellas. Por Joel Poblete.

Pese a los avances tecnológicos y su cada vez más contundente oferta cultural, Chile está muy lejos de formar parte activa del circuito de giras de las orquestas más renombradas que incluso solía tener a Buenos Aires como parada ineludible –nunca dejaremos de lamentar cuando, a principios de esta década, la Filarmónica de Berlín, dirigida por Abbado, actuó en la capital argentina, pero no atravesó la cordillera–, y es por eso que las visitas de la Filarmónica de Israel o de la Orquesta de Filadelfia, por ejemplo, son recibidas casi como epifanías, al menos entre el público capitalino (desgraciadamente, considerando lo difícil que es traer a estos músicos por estos lados, aún más remota es la posibilidad de tenerlos en regiones… ¿cambiará algún día esta realidad?)

Al recuerdo de esas visitas ilustres habrá que añadir ahora la presentación hace unos días de la célebre Orquesta Hallé de Manchester –que en sus 150 años de vida ha sido dirigida por leyendas como John Barbirolli–, que debutó en nuestro país con un espléndido concierto en el Teatro Municipal de Santiago, conducido por el también prestigioso Sir Mark Elder. Un programa atractivo e irresistible se convirtió en uno de los hitos de la actual temporada musical chilena: un exuberante e inspirado Don Juan de Strauss dio la partida, dejando la vara alta, pero el resto siguió tanto o más arriba, con una delicada y sensible entrega del Concierto para piano y orquesta de Grieg –estupenda la solista, la rusa Polina Leschenko–, un preludio al acto I del Lohengrin de Wagner que fue un verdadero derroche de sutileza y lirismo, y unas Variaciones Enigma de Elgar sencillamente inolvidables por la emoción y pasión que transmitieron los músicos. Y por si no bastara, un bis inmejorable, el preludio al acto III del mismo Lohengrin wagneriano, energético y vibrante.

Puede sonar cliché, pero es verdad: oír en vivo a músicos como éstos es un lujo, pero a la vez un desafío para nuestros artistas, cuyo talento y potencial en muchos casos permiten vislumbrar carreras de primer nivel, como han demostrado algunos solistas o los evidentes progresos en los últimos años de la Sinfónica y la Filarmónica. Obviamente, por tradición, por el apoyo económico, por la importancia que se le asigna al arte en la sociedad, las condiciones en que se puede trabajar como músico en Chile están a años luz de las europeas. Mientras, debemos seguir soñando con que algún día todos quienes deciden dedicarse a la música en nuestro país puedan llegar tan lejos como merecen; con que la visita de grandes orquestas del extranjero no será un acontecimiento aislado, sino una tradición; con que nuestras orquestas alcanzarán esas alturas de belleza y contundente calidad sonora, y podrán lucirse en otros escenarios completamente adecuados para ello. ¿Y por qué no? Con que nuestro público será más educado y sensible: a pesar del maravilloso concierto que ofreció la Hallé, no faltaron ni los ringtones de celulares, ni los espectadores que fueron con menores de edad que se aburrieron e hicieron ruido, ni los que aplaudían entre cada movimiento o variación como si se hubiera acabado el espectáculo…