Aunque en general ha sido recibida con elogios y se está convirtiendo en un fenómeno de taquilla, la tan esperada cuarta entrega de las aventuras de Indiana Jones puede defraudar a muchos. ¿Un simple asunto de nostalgia? Por Joel Poblete.

  • 30 mayo, 2008

 

Aunque en general ha sido recibida con elogios y se está convirtiendo en un fenómeno de taquilla, la tan esperada cuarta entrega de las aventuras de Indiana Jones puede defraudar a muchos. ¿Un simple asunto de nostalgia? Por Joel Poblete.

Aunque se trataba de uno de mis héroes fílmicos favoritos y un imborrable recuerdo de adolescencia, me había  propuesto no ir con muchas expectativas al estreno de Indiana Jones y el reino de la calavera de cristal. Sólo pretendía ir a pasar un rato divertido e inofensivo. La recepción tras su primera proyección en Cannes fue  sorprendentemente benévola, incluso entre los críticos más sesudos, que al parecer por un par de horas dejaron toda intelectualidad de lado para transportarse a sus años mozos; lo mejor era tomarse el asunto con calma y limitarse a esperar que al menos estuviera a la altura de las circunstancias, mal que mal siempre pensé que la sólida trilogía original estaba tan bien hecha que no era necesario resucitarla; especialmente, si habían pasado casi 20 años desde la última entrega.

Y a pesar de todo, no pude evitar la decepción, al menos como fanático de las correrías del Dr. Jones, cuyas tres primeras cintas figuran con honores entre las mejores y más memorables producciones de aventuras de la historia del cine, con su mezcla perfecta entre lo místico y el temor a lo desconocido, aderezadas con exotismo, romance, humor y acción. Y por supuesto, los inmortales acordes de la marcha compuesta por John Williams.

De inmediato hay que decir que esta cuarta parte no es una mala película, y en general intenta mantener el espíritu de la saga, incluso ofreciendo impagables guiños, como las alusiones a Marcus Brody, al padre de Indiana, y hasta la incursión en el hangar donde se guardó el Arca de la Alianza al final del primer episodio. Pero la sensación que me dejó fue muy parecida a la experimentada tras ver el Episodio I de La guerra de las galaxias, otro innecesario intento de reactivar una mina de oro, con la excusa de que “los fanáticos lo piden”; por más que Spielberg filma bien, aunque sus actores se entregan por completo –en especial Harrison Ford, tremendamente cómodo en su legendario rol, superando con creces la prueba a los 65 años–, me sorprendió lo flojo y previsible del resultado final.

Si bien las escenas de acción son muy efectivas (hay al menos una secuencia que merece estar entre las mejores de la saga: la persecución en moto en Yale), todo parece planificado rutinariamente, como si estuvieran demasiado preocupados de “entretener”, descuidando la frescura de las originales y aggiornando el producto de acuerdo a la actual sensibilidad adolescente. Además, hay largos minutos en los cuales el ritmo decae o avanza a tropezones, algo impensable en las tres primeras; en buena medida el gran culpable puede ser su guión, el más flojo y débil de los cuatro, escrito por David Koepp (que ya trabajó con Spielberg en Jurassic Park I y II, y en La guerra de los mundos). Es verdad que mantiene ese espíritu de matiné que tan bien rescató la trilogía e incorpora tópicos propios de los años de la Guerra Fría, como el combate al comunismo y la caza de brujas en Estados Unidos, pero se echan de menos en el argumento la inteligencia y el ingenio con los que en el pasado –en especial, en la notable Los cazadores del arca perdida, la mejor de todas– se desarrollaban las situaciones, y de paso se delineaban los personajes con pinceladas breves y certeras. Y precisamente es en lo humano donde uno extraña más a las antiguas: sí, hay una importante cuota de humor, pero no demasiado divertido y, en un error imperdonable, no se saca suficiente partido a uno de los ingredientes más atractivos para los fanáticos: el reencuentro entre el protagonista y su gran amor, Marion; lejos, la mejor “chica Jones” de todas.

Nunca las aventuras de “Indy” fueron un ejemplo de verosimilitud –más bien todo lo contrario–, pero acá se superan todos los límites, entre voraces hormigas gigantes, extraterrestres y momentos que dan verguenza ajena, como Shia LaBeouf saltando de liana en liana junto a un grupo de monos. Sin duda es parte del espíritu de estos filmes aceptar sus desbordadas fantasías, pero al menos en las otras el componente místico y religioso nos permitía dejarnos llevar por sus excesos: acá, la ridícula historia de las calaveras de cristal es risible. Mejor ni referirse a la frecuente aparición de elementos mexicanos en el Perú profundo, desde música de “corridos” hasta las pirámides… Y eso que Spielberg y George Lucas han declarado que se tardaron tantos años en filmar la cuarta parte porque no encontraban un guión que los dejara satisfechos… ¡cómo serían los otros!

Está bien, tampoco hay que ponerse graves, después de todo no estamos hablando de Bergman ni de Antonioni; pero tratándose de un verdadero mito del cine y un realizador tan fogueado como Spielberg, y si se demoraron casi dos décadas en revivir al arqueólogo del látigo y el sombrero, uno también tenía derecho a esperar mucho más, ¿no? Y
no creo que sea sólo un asunto de nostalgia o de pensar que “todo tiempo pasado fue mejor”: guardando las distancias de géneros y estilos fílmicos, con todos sus fallos e irregularidades, Ford Coppola logró un espectáculo mucho más contundente e inolvidable al retomar, 16 años después, la saga de los Corleone en El padrino III.