La cata vertical de House of Morandé, un gran vino del Maipo de la viña Morandé, dejó en claro que la personalidad tiene que ver con la tierra, con la uva y con la sangre.

  • 28 abril, 2009

 

La cata vertical de House of Morandé, un gran vino del Maipo de la viña Morandé, dejó en claro que la personalidad tiene que ver con la tierra, con la uva y con la sangre. Por Marcelo Soto.

Macarena Morandé se las trae. Eso pienso mientras ella, junto a su padre, el reconocido enólogo Pablo Morandé, presenta una nueva añada del icono de la viña, House of Morandé, una mezcla tinta que es uno de los vinos más personales, más jugados, y al mismo tiempo, más serios de la escena vitivinícola local.

¿Se puede ser serio y a la vez chascón, innovador? Creo que sí y House of Morandé 2005 es una evidencia importante. Por extraño que sea, a veces los vinos trasuntan la personalidad de quienes los elaboran y este tinto del Maipo, adorable y distinguido, denso y jugoso, se parece en cierta forma a Macarena y Pablo.

Pero vamos por parte. En la presentación del vino, durante la cual se hace una cata vertical de todas las cosechas desde 1997, Pablo Morandé comienza a hablar de las diferencias entre cada año, entre temporadas frescas y cálidas, y de los mitos que suelen asociarse a eso.

Y entonces alude a la influencia del crítico Robert Parker hacia un estilo ultra maduro, que homologa los vinos y los hace parecer
iguales, sin importar tanto de donde vienen. “El efecto Parker se hizo notar a partir del 2000. Los vinos se estandarizaron hacia un estilo más gordo y goloso, en el que las diferencias de terruño, de variedad, se van haciendo menos evidentes”. Macarena agrega: “y no hay que olvidar el calentamiento global, que también afecta”.

A mí me queda dando vueltas el asunto y, luego de probar el House 2001, bastante más goloso y de mayor grado alcohólico que el 99, pregunto: “¿Ustedes se vieron afectados por esta supuesta parkerización?”. Pablo contesta, muy serio, que él cree que no y empieza una larga explicación, hasta que Macarena, para poner la cosas claras, concluye: “nosotros no tenemos nada que ver con el estilo Parker”.

Es en ese momento cuando pienso: “¡vaya, tiene todo el carácter de su padre!”. Sucede que Pablo, por mucho prestigio que tenga, no es de los que aparecen sonriendo todo el tiempo. Puede que sea una mezcla de timidez con rechazo a la frivolidad, pero en un primer acercamiento el enólogo a veces da la impresión de ser demasiado grave; algo tosco, incluso. “Esa es una idea equivocada. No conozco a nadie en la industria más cercano, más entrañable”, me dice alguien que lo conoce bien.

Y con los vinos pasa algo parecido. Había probado antes House of Morandé y me había impresionado. Un vino con todo el carácter del Maipo, pero igualmente casi delicado en sus detalles. Hay algo, además, medio quijotesco en la aventura enológica de Pablo Morandé: en su búsqueda de la perfección sin aspavientos, de pronto recuerda a un monje, a un asceta. Alguien que cree en la honestidad del vino y por lo mismo evita toda señal accesoria.

Ahora bien, durante la cata –que incluyó los House of Morandé 1997, 1999, 2001, 2003, 2004 y 2005- hubo varias sorpresas, partiendo por el extraordinario nivel de la añada más antigua; la franqueza nada simple del 2004, pese a venir de una cosecha difícil; y la fibra atlética del 2005, que representa un paso importante en cuanto a calidad y consistencia.

Personalmente, sin embargo, a mí me llamó la atención sobre todo la botella de 1999. Cien por ciento cabernet sauvignon del Maipo, de parras plantadas en los 80 y 70. Puro carácter. “Es como El patito feo”, le comento a una amiga, experta catadora. Ella me queda mirando: “¿cómo dices eso si el vino es tan rico?”. Y le explico: “precisamente el cuento se trata de eso: no de ser feo, sino de ser diferente, de la belleza interior, que puede ser la mejor de las cualidades”.

House of Morande 1997. 82 % cabernet sauvignon; 15 % merlot y 3 % carignan. Un vino vivaz y delicado, de gran complejidad. Notas a té y hojas secas, con una fruta profunda y tonos especiado muy finos.


House of Morande 1999. 100 % cabernet sauvignon. Color rojo rubí. Aromas a guindas y flores, también hay notas confitadas, a
menta y violetas. Suculento como un filete. House of Morande 2001. 68 % cabernet sauvignon; 19% cabernet franc; 6% carignan: 4 % merlot y 3 % carménère. A primera vista parece un vino de estilo más maduro. Tonos a chocolate y confitura de frutas. Complejo, especiado, largo y poderoso. El alcohol (14%) comienza a sentirse un poco más.

House of Morande 2003. 67 % CS; 17% CF; 10 % carmenere y 6 % carignan. De color rojo oscuro, la nariz es generosa a frutas rojas, junto a tonos florales. Concentrado y jugoso. Un vino de varias capas, de gran balance y larga vida.

House of Morande 2004. 76 % CS; 19 % CF; 5 % carménère. Rojo rubí brillante con notas a confitura y especias, más algo de vainilla. Un vino atractivo, que cae bien, pero sin tanta parafernalia. Directo y franco, tiene rica acidez.


House of Morande 2005. 91 % CS; 7 % CF y 2 % merlot. Color rojo profundo, denso y centro casi negro. Aromas a lavanda, junto a bayas, tabaco y chocolate con menta. Jugoso, muy sabroso y al ismo tiempo distinguido. Adorable.

 

 

Un blanco muy serio

Siguiendo con las sorpresas, Pablo Morandé presentó un Sauvignon Blanc 2008 Edición Limitada del Valle de Casablanca. La gracia de este vino es que fue fermentado en fudres de encina nuevos, de 2.000 litros, siguiendo la huella de una práctica muy antigua. “En todo el mundo, los vinos están tratando de recuperar tradiciones y yo empecé, cuando era joven, haciendo blancos en viejos fudres, sucios, contaminados. Ahora quise volver a esa idea, pero con barricas nuevas francesas”, explica el enólogo. Y agrega: “siempre estuvo la motivación por hacer un blanco más serio, con madera, pero la planta era muy joven. Hoy lasparras tienen 10 años y es posible. Este sauvignon blanc es serio, distinguido y fresco”. Toda la razón.