Aunque envuelta en la polémica por el contenido sexual de sus imágenes, Shame es bastante más que sus desnudos. Y, al mismo tiempo, una involuntaria víctima de la falta de pudor.

  • 12 abril, 2012

Aunque envuelta en la polémica por el contenido sexual de sus imágenes, Shame es bastante más que sus desnudos. Y, al mismo tiempo, una involuntaria víctima de la falta de pudor.
Por Christian Ramirez  

Fue John Cassavetes quien dijo que, por más que las relaciones personales fueran la carne y la sangre de su cine, lo que pasaba bajo las sábanas no era algo que le interesase filmar. Como si fuera un territorio extracinematográfico. Fuera de límites.

Rara declaración, viniendo de quien viene: el gran cineasta de los rostros y los cuerpos, de los deseos y las frustraciones, de las pasiones contradictorias. Cassavetes probablemente estaba reaccionando a la ola de imitadores que trataron de colgarse del éxito y la polémica generada por El último tango en París: mucha piel desnuda, sicologismo barato y polémica de matiné que poco tenía que ver con la luz y oscuridad de la cinta de Bertolucci. Sin embargo, el tema quedó instalado: ¿cuánta transgresión, cuánto infierno, debe atravesar el espectador en nombre de estos supuestos límites?

La pregunta quedará sobre la mesa en los próximos días con la aparición en salas de Shame, segundo filme del pintor y cineasta británico Steve McQueen, quien a fines del año pasado se metió en problemas con la censura estadounidense, que calificó la película en la categoría NC-17 (que en la práctica la sacaba del circuito comercial) y tuvo que podarle 11 minutos de metraje con tal de alcanzar la categoría R. Los cortes se fueron directo a la edición especial, que acaba de aparecer en  DVD y Bluray, pero la polémica tuvo consecuencias: Michael Fassbaender, que en el filme encarna a Brandon, un exitoso y soltero treintón que lidia con una adicción al sexo, se quedó fuera de los nominados al Oscar a mejor actor, aunque existía total consenso de que se trataba de una de las grandes actuaciones del año. ¿Fueron los realizadores víctimas de la nueva ola de puritanismo que afecta a Hollywood? Tal vez, pero quizás habría que plantear la pregunta de otra forma: ¿por qué esta clase de filmes siempre conllevan la indignación, como si fuera una segunda piel?

Viendo Shame y las escenas de un solitario Fassbaender habitando las albas y vacías paredes de su amplio departamento de Manhattan, y circulando por una oficina tan ordenada, predecible y aburrida como la de muchas películas, uno retrocede de inmediato a las suaves superficies de American gigoló (1980), en la que Richard Gere se abría paso en la vida como Julian, un prostituto de lujo, listo para complacer las demandas de sus clientas al tiempo que oculta con destreza sus propias carencias afectivas, creando en el proceso una suerte de vida doble que nunca –salvo, quizás, al final- consigue salir a la luz. Tal como ocurrió con Fassbaender, Gere se quedó fuera del Oscar pero se convirtió en estrella, mientras la película era aplastada por algunos y quizás celebrada más de la cuenta por otros, sirviendo como perfecta conclusión de los cuestionamientos a la masculinidad que Marlon Brando y Bertolucci habían abierto una década antes.

Comparado con todos ellos, el protagonista de Shame lo tiene harto más difícil: todos los espacios por donde se mueve –hogar, carros del metro, trabajo, clubes nocturnos, la calle- están desprovistos de cualquier asomo de sensualidad, piel y contacto humano. Por cierto que sexo hay, y de sobra: insinuado, clandestino, callejero, digital. Pero respecto de ello, Brandon opera con la misma frialdad con la que el Patrick Bateman de American psycho –un sujeto con el que tiene muchos rasgos en común- programaba y realizaba sus crímenes. Todo a la luz del día, sin suscitar la menor reacción de aprobación o repulsión por parte del prójimo. Poco y nada hay aquí de la culpa que a fines de los ochenta, perseguía a los solteros que Michael Douglas retrató en las hoy lejanas y manipuladoras Atracción fatal, Bajos instintos y Acoso sexual.

Al menos los cuarentones de Douglas estaban dominados por el temor a perderlo todo y en parte, por eso mismo, se arriesgaban a caminar por la cuerda floja. En Shame ni eso queda. Quizás por eso mismo la película se expone con tanta facilidad a agotar su premisa y a ratos le da la razón a Cassavetes, sobre lo complejo de tener gente desnuda en pantalla si es que de verdad quieres que el público siga tu historia. La única concesión que McQueen se permite al respecto es la figura de Sissy (Carey Mulligan), la hermana cantante del protagonista, quien llega de golpe a su departamento y a la cinta, trayendo consigo suficientes cárceles e infiernos como para llenar otra película, pero aun así es la única figura del filme que podría motivar algo parecido a un cambio en nuestro héroe.

El punto es: ¿lo necesita? El Nueva York de primer piso retratado por la cinta, con los pies firmes en un suelo inmutable -y donde lo único que semeja algo parecido al cielo son los autos, los faroles y los anuncios reflejados en los cristales de los edificios-, calza a la perfección con ese inmovilismo. Con la idea del cuerpo como espacio vacío: libre para ser llenado, pero también para permanecer así.