• 10 agosto, 2010


A José Ubaldo no lo conozco, pero nos parecemos. Ambos amamos a Cuba. El llegó a Santiago una mañana gris de invierno -como yo, hace 18 años- pensando en el día del regreso.


José Ubaldo Izquierdo Hernández era hasta hace poco un nombre más en la extensa lista de prisioneros políticos cubanos. Recientemente, y gracias a gestiones de la Iglesia Católica cubana y de la cancillería española, el gobierno de Raúl Castro aceptó conmutar su pena de presidio por la de destierro, y es –a la fecha– el primero en llegar a Chile en calidad de refugiado político.

A José Ubaldo no lo conozco, pero siento que nos parecemos. Ambos amamos a Cuba con mística reverencial. El llegó a Santiago una mañana gris de invierno –como yo, hace 18 años– pensando en el día del regreso. Chile le será culturalmente ajeno, pero vivir en democracia le parecerá un lujo que ni en sus sueños consideró. Extrañará la sensación agobiante de despertar cada mañana pensando en un futuro siempre ilusorio y –con el tiempo– se dará el lujo de soñar un futuro real para sus hijos. También extrañará a los suyos, el desorden irreverente del cubaneo y la brisa húmeda del Caribe. Para nosotros, la isla seguirá siendo la copia feliz del edén.

Igualmente, nos diferencian grandes detalles. Yo me fui, él se quedó. Yo sueño con Cuba libre, el arriesgó su vida por hacerla libre. Yo escribo tranquilo desde la comodidad que las oportunidades me dieron, él sufrió las consecuencias que las circunstancias le impusieron. El ya contribuyó con el futuro de Cuba, yo aún espero mi momento. Para él, Chile es el asilo contra la opresión.

José Ubaldo es uno de 75 opositores políticos que en 2003 fueron condenados por el gobierno cubano por delitos tipificados en la llamada “ley mordaza”, que condena actos de libre pensamiento y su difusión, considerándolos de “agitación y propaganda enemiga”. Siete años de prisión –de una condena de 16– sirvió en las cárceles del régimen porque disentir de la dictadura castrista, aunque sea sólo armado de la propia conciencia, es un delito. Difundir opiniones contrarias a la línea oficial, aunque sea sólo armado de una maquina de escribir, es un delito aún mayor.

La claridad con la que el presidente Piñera reaccionó frente a la amenaza del gobierno cubano de dejar morir a Guillermo Fariñas tras cuatro meses en huelga de hambre, y la recepción de José Ubaldo y su familia contrastan grandemente con la indolencia y la complicidad del gobierno anterior. Para el presidente Piñera, los clamores de soberanía nacional no justifican la violación sistemática de los derechos humanos en Cuba. En cambio, hoy resuenan con fuerza las palabras de la presidenta Bachelet calificando al régimen de los hermanos Castro como una democracia “particular”. Si en las democracias no existen prisioneros políticos, entonces habrá que deducir que para la presidenta Bachelet José Ubaldo y sus compañeros del grupo de los 75 son también terroristas que merecen la cárcel.

El reciente canje de presos-por-prensa no es novedad. El método es la válvula de escape de la diplomacia cubana y, como en las veces anteriores, la noticia desplaza a segundo plano el hecho central: cárcel o destierro son las únicas opciones para quienes osan contradecir a la familia regente. Cualquiera que piense distinto debe ser silenciado. Nadie será libre en Cuba, o en su destierro, mientras no pueda expresar sus ideas sin temor a represalias.

Y aunque no es novedad, el hecho encendió las bolas de cristal. Lo que esté pasando dentro de la cúpula castrista es, como siempre, un real misterio, pero aunque las medidas no sean nuevas, su temporalidad las hace especiales. Esta vez puede ser diferente, si no en la intención, al menos en la práctica.

Primero, ni Fidel ni Raúl durarán para usar la táctica de “presos-por-prensa” una vez más. Los octogenarios hermanos saben que su fin biológico se acerca y que se juegan las últimas cartas para influir en el futuro de la isla. Usar a los presos es la estrategia a seguir. Segundo, este acto no responde a una petición explicita de EEUU. La administración Obama ha sido (en público) displicente con Raúl, y el gobierno cubano ha puesto mucho énfasis en convencer a todos que no es una “concesión” para su enemigo histórico. Pero los viajes del obispo cubano a EEUU –dos en menos de un mes y medio– y la calculada reacción de la cancillería norteamericana indican otra cosa. Tercero, la calamitosa situación de la economía cubana anticipa más cambios por venir. Simplemente, no hay forma de convencer a las nuevas generaciones de que el sistema es viable. Cuarto, la aparición de un “visiblemente recuperado”, pero irremediablemente deteriorado, Fidel Castro (vaticinando la inminente guerra nuclear de EEUU contra Irán y Corea del Norte), que valida –al menos con su silencio– las acciones de su hermano.

A los eventos internos debe sumarse el más importante y singular del último tiempo: el reciente anuncio del canciller español de que, durante los próximos doce meses, Cuba liberará a todos los presos políticos. Incluso entregó una cifra jamás reconocida por el gobierno cubano -los 202 presos políticos que considera Amnistía Internacional. Todos serán liberados para demostrar al mundo (léase a EEUU) que Raúl es serio respecto del cambio. ¿Para qué guardar presos políticos para una futura negociación si no tendrán los hermanos regentes tiempo de usarlos? Ahora, y pensando en influir en la evolución cubana, Raúl se juega todas sus cartas.

Tres requisitos son indispensables para que la administración de Raúl muestre avances esperanzadores a la ciudadanía cubana que le permitan determinar el devenir inmediato de la isla: primero, que EEUU aparezca dando un “primer paso” en hacer más laxo el embargo. Esto en concreto se reduce a autorizar viajes de turistas norteamericanos a Cuba; segundo, que Cuba se integre al sistema multilateral internacional (Banco Mundial y Banco Interamericano de Desarrollo), único capaz de abrir líneas de crédito en la magnitud que requiere la ruinosa infraestructura cubana; tercero, que todos estos eventos se sucedan antes del próximo congreso del Partido Comunista, suspendido varias veces –pero inminente– y la única institución creíble para introducir cambios radicales al sistema. Sólo entonces podrá la isla entrar en una fase de evolución que la llevará a un futuro distinto del presente, si bien no en el corto plazo.

Mientras tanto, demos la bienvenida a Chile a José Ubaldo y a su familia.