La revolución, sus faltas, sus desafíos y un viaje innecesario.

  • 22 enero, 2009

 

 
Un viaje innecesario, por Alfie Ulloa
Jóvenes desconcertados: crónica de una visita
Entrevista a Huber Matos: un compañero en el exilio
El cambio y las esperanzas depositadas en Obama

 

 

 

 

 

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Socialismo para el pueblo, capitalismo para los poderosos

 

Visitar Cuba no es delito. Pero viajar “sí o sí”, por romper un record, es una irresponsabilidad. No hay libertades individuales, se violan los derechos, las votaciones son “a dedo” y de economía socialista sólo queda la etiqueta. Ir a Cuba no es una infracción, pero callar ante estos hechos sería un delito de conciencia y ser cómplice de un delito mayor. Se lo dice un cubano, se lo dice un amigo. Por Alfie Ulloa.

Todo indica que el “sí o sí” de la presidenta respecto de su viaje a Cuba se impondrá, y que será ella el primer mandatario chileno que visite Cuba desde Allende. La Feria del Libro de la Habana 2009 –dedicada a Chile– es la justificación que, ayudada por un letárgico mes de febrero, hará que el asunto pase desapercibido. Pero no debería. Ir a Cuba no es delito.

Pero ir, “sí o sí”, por romper un record, es una irresponsabilidad. Un mínimo de consecuencia con los ideales progresistas que dice profesar y con el propio historial de la izquierda chilena obligaría a no dar la espalda a los disidentes políticos cubanos. De momento, el viaje aparece como algo nostálgico y un proyecto personal que arriesga comprometer la investidura de su cargo y el prestigio de Chile. Su intento por justificarlo con la Feria de Libro y bajarle el perfil es muy desafortunado. La presidenta debe definir el motivo de su viaje. Las relaciones internacionales no pueden ser proyectos personales. El recelo de la cancillería chilena se sustenta en esta ambigüedad, más que en el mentado celo de diplomacia presidencial versus de Estado.

Varios mandatarios han saludado a Raúl en su heredado puesto de presidente y a Fidel en su lecho de convalecencia, pero todos han tenido buenas razones y las han hecho explicitas. Brasil mantiene su relación cercana con la isla capitalizando en la región los errores de Estados Unidos y actúa, además, en pos de sus intereses petroleros, tomando posición en los nuevos yacimientos descubiertos en Cuba. La incorporación de Cuba al Grupo de Río es el resultado de las visitas del presidente Lula a la isla. En la izquierda, los presidentes Chávez (Venezuela), Morales (Bolivia), Correa (Ecuador), Ortega (Nicaragua) y Hu Jintao (China) han visitado La Habana recientemente. Los Kirchner se negaron a hacerlo a pesar de las invitaciones, incluido el dedicar la Feria del Libro de La Habana a Argentina en 2007, y dejaron en claro que su decisión respondía al estado de los derechos humanos allí. En el progresismo, el primer ministro español anunció una posible visita, pero explícitamente la condicionó a libertades políticas en la isla.

Así, el “sí o sí” presidencial agrega a Chile a una lista en la que no le corresponde estar, y aleja a la presidenta de un modelo de socialismo progresista –como el de Rodríguez Zapatero– que ella misma ha indicado como referente. El progresismo moderno no puede admitir violaciones a los derechos humanos y debe condenarlos donde quiera que se ubiquen en el espectro político.

Ir a Cuba no es inocuo. Una visita oficial implica un cambio en la postura del Estado de Chile que demanda una explicación. La cancillería lo sabe, pero la Presidencia insiste en ignorarlo. Hasta su último voto ante la comisión de Derechos Humanos de la ONU en 2004 (1), Chile condenó la violación de los derechos humanos en Cuba. Y el saliente embajador cubano dijo públicamente en su país que el “gobierno y la presidenta” de Chile estaban vendidos al liberalismo.

Aun así, la visita chilena podría justificarse con la oportunidad de acercamiento surgida luego del cambio de mando en Cuba. Raúl ha dado señales de apertura significativos; por ejemplo, adhiriéndose al Pacto Internacional sobre Derechos Civiles y Políticos y al de Derechos Económicos, Sociales y Culturales, a los que Fidel se opuso abiertamente por contener artículos sobre la libertad sindical y otros que “servían al imperialismo”; o liberando selectivamente a disidentes políticos como manera de recomponer su relación con la Unión Europea. También anunció que eliminará gratuidades, que la igualdad es una exageración, que los salarios deben dar cuenta del esfuerzo y que los cubanos cotizarán en una especie de AFP.

Veinte años no es nada

Dos décadas han transcurrido desde el fin de los socialismos utópicos. Desde entonces Cuba ha cambiado más de lo que sus autoridades y los nostálgicos están dispuestos a reconocer. En julio de 1989, Fidel hizo fusilar a su general más joven y condecorado, héroe de todas las batallas cubanas en África. Multitud de líderes intercedieron a favor del general, que finalmente perdió su vida en el paredón. En septiembre de 2008, Raúl no pudo retener por más de cuatro días a un excéntrico y deslenguado cantante, compositor de canciones ofensivas a ambos Castro. Millones de internautas llenaron los blogs y buzones electrónicos denunciando la condena por “pre-delincuencia” (el gobierno anticipa que el individuo va a delinquir y lo encarcela “preventivamente”) a la que fue sometido el cantante. Y es que el siglo XX recién terminó en la isla con la enfermedad de Fidel. Rezagados dos décadas respecto del resto del mundo, recién Raúl “autorizó” a los cubanos a poseer computadores o teléfonos celulares, acceder a Internet o cruzar el umbral de los hoteles que antes les estaban vedados. Sin embargo, aún no pueden asociarse libremente, disentir públicamente de su gobierno o escoger su destino.

Lo cierto es que Cuba no es ni socialista ni democrática. Y por mucho slogan que vocifere lo contrario, esto es sabido por las autoridades cubanas y por el pueblo. El contrato social previo se rompió cuando el gobierno pasó de garantizar las necesidades básicas de la población a tratarla como a consumidores. Al vender a precios de mercado sin ajustar los sueldos se redujo el salario real de los cubanos a menos de 20 dólares al mes. En los 90, servicios básicos y recursos naturales fueron privatizados a capitales extranjeros, siempre en operaciones a puertas cerradas. El ejército, bajo el mando de Raúl, pasó a ser la fuerza económica más importante de la isla. Al regresar el turismo, sector clave en la economía pre-revolución, volvió también la prostitución y se descontroló la escala de ingresos, se redujo hasta un 50% la matrícula universitaria y la desigualdad y la pobreza aumentaron. Favelas aparecieron en torno a las ciudades que reciben turistas, alimentadas por una migración interna que el gobierno considera un delito.

Las tres monedas que circulan en la isla identifican los tres grupos en los que el país fue dividido desde 1994. El peso, con el que se pagan los salarios de la gran mayoría de los cubanos, ya no es aceptado en los establecimientos donde las empresas del gobierno venden bienes básicos a la población. Sus portadores son cubanos de a pie, que no tiene familiares exiliados ni oportunidades de interactuar con extranjeros. El dólar norteamericano, la moneda fuerte de Cuba, es la única universalmente aceptada. Lo usan los turistas y quienes les proveen servicios (incluyendo un ejército de prostitutas, de las cuales Fidel se ufanó de que eran las más educadas del mundo), y también aquellas familias que reciben remesas de la creciente población cubana en el exilio. Por último, el peso convertible, de valor y uso equivalente al dólar, con el que operan principalmente las empresas cubanas y los trabajadores empleados en el sector turístico.

Este capitalismo etiquetado de socialismo es una de las peores cosas que, de los últimos veinte años, heredarán las generaciones futuras en Cuba. Forzado por la necesidad que el fin de los subsidios soviéticos impuso sobre la isla, pero celoso de perder el control político otorgando independencia económica, Fidel instauró un apartheid en que sólo los extranjeros podían profitar de las necesidades y oportunidades de la isla.

Socialismo para el pueblo, capitalismo para unos pocos. No es un sistema basado en la competencia y la productividad, sino en protección y monopolios. Muy cercano al capitalismo de Suharto en Indonesia o de Trujillo en Dominicana. Nadie sin bendición política puede operar. Con la liberación de los sueldos y una anunciada política de sustitución de importaciones, Raúl parece querer cambiar el rumbo.

Por lo mismo, llama la atención el “sí o sí” con el que la presidenta apoya oficialmente a un gobierno en muchas faceta similar al de Pinochet. Aunque reformas económicas han sido anunciadas, las libertades civiles siguen limitadas. Cuba es una dictadura controlada por un Estado policial. Un feudo. Una voluntad. Un apellido. Disentir es traición, un delito. Los opositores son amordazados, encarcelados, exiliados y considerados mercenarios por recibir un apoyo internacional similar al que recibieron los partidos chilenos que se opusieron al gobierno militar. Eso incluye a partidos disidentes no reconocidos por el gobierno cubano, pero sí por la Internacional Socialista, de la que el PS, PPD y PR chilenos son miembros.

En Cuba no hay libertad de expresión ni de asociación, ni separación de poderes ni garantías de proceso. Hay centenares de presos cuyo único delito es disentir. Se han usado la tortura y los trabajos forzados. La única prensa es oficial. El único sindicato responde a los intereses del gobierno y no de los trabajadores. Las organizaciones sociales y de masa se usan como mecanismos de control más que de participación. La Constitución prohíbe la existencia de cualquier partido político distinto del Comunista. Existen comicios, pero no democracia; todos los candidatos son oficialistas y todos los candidatos son electos (2).

Sería oportuno que la presidenta aclare si apoya esta versión de socialismo. Ir a Cuba no es delito, pero callar sería un delito de conciencia y ser cómplice un delito aún mayor.

Cincuenta años de Castros

Cuando en 1972 Allende visitó Cuba, Fidel enarbolaba la bandera de la lucha armada y la toma violenta del poder. Allende, en cambio, veía validez en los mecanismos pacíficos. El debate de evolución versus revolución. Para entonces, Fidel ya llevaba trece años en el poder. Treinta y siete años después, cuando la presidenta Bachelet se convierta en el primer mandatario chileno desde el regreso a la democracia en visitar la isla, el mismo régimen sigue en pie; ahora, celebrando cincuenta años.

Chile y la presidenta son la prueba contundente de que la revolución armada es inferior a la evolución civil como mecanismo para lograr paz y prosperidad, incluyendo bienestar social. En cincuenta años, Chile puede mostrar muchos más avances en materia social y económica que Cuba.

Sería una pena que la presidenta se prestara al juego de la celebración de las cinco décadas en silencio. Si no se atreve a emular a otros líderes del progresismo que han denunciado las violaciones a los derechos civiles y políticos en Cuba, al menos hágalo por contraste, destacando los éxitos de Chile. No debe temer en decir que el embargo de Estados Unidos contra Cuba es una medida inútil y dañina para el pueblo cubano, pero tampoco puede ignorar los pedidos de audiencia desde los grupos opositores y partidos proscritos, que incluyen a los correligionarios de su partido en la Internacional Socialista. Sea consistente y transmita el mismo mensaje pro democracia que dio en su charla en la Universidad de Harvard, cuando presentaba con orgullo el ejemplo chileno. Reafirme que el desarrollo de un país se basa en acuerdos democráticos, aunque puntos inamovibles persistan en ambas partes. Y reafirme que la multitud de partidos, ideas y opiniones, que además puedan expresarse libremente y sin riesgo de represalias, posibilitan esos acuerdos y permiten construir una nación. Quizás a Raúl no le guste, pero los cubanos se lo agradecerán.

 

(1)Chile fue reemplazado por Ecuador en la Comisión en 2005.
(2)Es decir, por cada asiento en el parlamento se presentan dos candidatos y ambos resultan electos

El autor es cubano. Fue asesor del ministerio de Hacienda de Chile (2000-2004) y actualmente cursa estudios de doctorado en la Universidad de Harvard.

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¿Celebrar qué?

 

Un grupo de jóvenes chilenos viajó a La Habana para experimentar en terreno la conmemoración del cincuentenario de la revolución. No escucharon grandes discursos ni arengas patrióticas. Más bien, vieron una común fiesta capitalista. Este es su testimonio. Por Eduardo Gomien.

A mediados de 2008, un grupo de amigos decidimos sumar energías y recursos para viajar a Cuba y vivir en carne propia la conmemoración de los 50 años de la revolución que se cumplirían el 1 de enero de este año. Imaginábamos este evento histórico acompañado de grandes celebraciones, discursos y festejos, lo que añadía atractivo a esta oportunidad. Además, como jóvenes, nos sentíamos obligados a conocer “la Cuba de Fidel”, si pretendíamos comprender una parte importante de la historia del siglo XX.

Una vez allá, y siendo año nuevo, decidimos que a nuestros 19 años era inconcebible quedarse en el hotel sin salir a celebrar a alguna fiesta. Preguntando a distintas personas acerca de dónde podríamos entretenernos esa noche, nos sorprendió que los consultados respondieran extrañados: “¿celebrar? ¿Celebrar qué?” Ahí nos percatamos de que no estábamos en ningún país tropical, sino que habíamos llegado a Cuba.

Llegar a La Habana, donde permanecimos 7 días, fue como realizar un viaje en el tiempo, que nos llevó sin darnos cuenta a una ciudad sumida en un ambiente más cercano a los años 60 ó 70, que a pleno siglo XXI, y en donde todos los lugares estaban plagados de turistas. Al segundo día de instalados en la ciudad, asistimos a misa en el barrio de las embajadas y consulados, en donde se encuentran las mejores casas (que además están protegidas por una policía especial, que evita que los cubanos puedan asilarse en ellas). En el resto de la ciudad, donde viven los cubanos y no los diplomáticos, no se podría distinguir entre barrios ni entre clases sociales. ¡Todo es sorprendentemente igual y parejo!

Al terminar la misa, nos dimos cuenta de que en ella estaban las Damas de Blanco, mujeres de mucho valor que, pese a tener a sus maridos en la cárcel por sus opiniones políticas –lo que se conoce como “presos de conciencia”– se atreven a protestar pacíficamente y luchar así por su liberación. Actos como este, de singular coraje, no se repiten mucho en Cuba, donde todo el mundo debe esconder lo que piensa, ya que la vigilancia por parte del Estado es enorme y estar en contra de la revolución solo puede traer represalias. Por ejemplo, los CDR o Comités de Defensa de la Revolución son los órganos encargados de vigilar y denunciar a quienes critican al régimen. Estos se encuentran a razón de uno por manzana y, para tener una mejor idea acerca de su operación, basta recordar las palabras pronunciadas por Fidel Castro el 28 de septiembre de 1960 y que dieron nacimiento a los comités: “vamos a implantar, frente a las campañas de agresión del imperialismo, un sistema de vigilancia colectiva revolucionaria, y que todo el mundo sepa quién es y qué hace el que vive en la manzana; y qué relaciones tuvo con la tiranía; y a qué se dedica; con quién se junta; en qué actividades anda”. Una institución tan arcaica como esta, y que parece más bien tomada de Orwell antes que de una nación civilizada, cumple una función fundamental: vigilar a los ciudadanos. Tanto buscan destacar la relevancia de los CDR, que ¡incluso les han construido un museo especial!, que muestra su evolución en el tiempo.

Especialmente extraño fue constatar que en La Habanano hubo una celebración revolucionaria, con discursos políticos y digna del importante momento que vivía el país, sino una fiesta con música y baile en el sector que se conoce como “Plataforma Antiimperialista” (ubicado al lado de la ex-embajada de Estados Unidos). O sea, una fi esta capitalista como cualquier otra.

Regresamos con una sensación clara. El desafío lo tenemos los jóvenes: debemos formarnos cultural e intelectualmente, al mejor nivel posible, y aprender de la historia de la humanidad para no caer nuevamente en los mismos errores que en el pasado han llevado a profundas divisiones y a hombres iguales a nosotros a cometer enormes aberraciones contra la humanidad.

Para la juventud cubana el desafío también es clave, ya que pese a ser la generación que debería ser la de “nuevos hombres” para el “mundo nuevo” que crearía el marxismo, se da la paradoja de que es precisamente esta generación la que más deseos tiene de acercarse a un camino de libertad política y económica. Este sueño, aunque lejano, parece cada día más posible, a medida que la Cuba de Fidel agoniza y muere lentamente.

 

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Huber Matos. “En América Latina se ha perdido la perspectiva de lo que son las tiranías”

Compañero de Fidel en la lucha revolucionaria en la Sierra Maestra, los veinte años de reclusión por su sola oposición al cariz totalitario que fue tomando La Habana convirtieron a Huber Matos en un testigo dramático del abuso de poder y la falta de libertades en la isla. Un testigo que sigue entregando su testimonio. Ahora, desde su exilio en Miami. Por Jorge Abasolo.

Parece ya corroborado que aquellas revoluciones que surgen espontáneas, ganosas y creativas en sus comienzos deben sufrir un proceso de envejecimiento rápido. Así, esos ímpetus bien inspirados, y muchas veces mal conducidos, desaparecen para dar paso a mártires, leyendas o mitos.

Porque a veces –para desgracia de sus pueblos– éstas logran sobrevivir y sus líderes se transforman en dictadores ancianos, megalómanos sin destino, con discursos chatos y reiterativos. Son los obstinados en forzar el curso de la historia, una lucha obtusa y sin dirección clara. La revolución francesa fue derrotada bastante pronto, por suerte para Francia. En el siglo XX, José Stalin envejeció en la obstinación de atormentar a su pueblo. Los testimonios que se han conocido ahora son pavorosos.

Más cerca nuestro encontramos la experiencia del revolucionario que ha mantenido la leyenda en vivo por mayor tiempo. Se llama Fidel Castro Ruz, hijo del acaudalado hacendado español –gallego, específicamente– Ángel Castro Arguiz. El dictador yace hoy encaprichado y debilitado, aunque aferrado a sus ideas con una contumacia que ya reclama análisis clínico, más que político. Su discurso actual persiste en cohonestar los hechos, pero encuentra a un pueblo cubano cansado de galimatías capciosos, de cantinelas sin sentido y de esperanzas hueras.

Por muchos años, los tentáculos de su revolución cubana rebasaron las fronteras de la isla. Chile también fue centro de operaciones de un modelo de sociedad que acá llegó a contar con miles de entusiastas epígonos.


Un rebelde moderado

Si nos remontamos a los orígenes de la revolución cubana, descubrimos a Fidel como el rostro más visible de un grupo de rebeldes, varios de los cuales se fueron apartando al ver a un Castro abrazando los ideales comunistas, sin mayor consulta ni discusión con sus correligionarios. Entre ellos, uno que destaca: Huber Matos.

Maestro de escuela y agricultor, oriundo del pueblo de Manzanillo en la provincia de Oriente en Cuba, Matos provenía de una familia modesta de clase media. Como Fidel Castro, era miembro del Partido Ortodoxo, que se oponía al gobierno de Fulgencio Batista. Luego integraría el Movimiento 26 de Julio, un grupo urbano y clandestino, para más tarde unirse al ejército rebelde de Castro en la Sierra Maestra.

Montaña adentro, Matos recibió el rango de comandante y, en enero de 1959, entró en La Habana junto a Castro, a bordo de un tanque. Ese mismo año –y tras advertir ciertas irregularidades que desnaturalizaban el real sentido de la revolución– Matos escribió una carta a Castro renunciando a su mando y haciéndole ver su preocupación por la creciente influencia de los comunistas en el gobierno revolucionario de Cuba. La reacción oficial fue visceral e inmediata: Huber Matos fue sentenciado a veinte años de cárcel “por actos de sedición y traición”.

 
 
“Yo le dije a Fidel (Castro) que la
revolución estaba tomando un rumbo distinto y que no me pensaba apartar de mis principios y mis convicciones”.

Considerando que habían transcurrido tan sólo nueve meses desde la victoria de los rebeldes, la sentencia de Matos marcó la desintegración de aquella estrecha coalición que lideró la revolución y la desaparición de quienes sostenían una posición “moderada” al interior del nuevo gobierno de Cuba.

Matos fue puesto en libertad un 21 de octubre de 1979, luego de haber cumplido todos y cada uno de los días de su condena. Se reunió con su esposa y sus cuatro hijos, quienes habían abandonado la isla en 1963. Exiliado y radicado en Miami, Huber Matos ha publicado sus Memorias –las que ya van en su tercera edición (Editorial Tusquets)– y sigue de cerca todos los sucesos en torno a su querida isla, como la visita de Estado que prepara por estos días la presidenta de Chile, Michelle Bachelet.

“Confieso que a mí no me entusiasma en nada esta visita. Ni a mí ni a la inmensa mayoría de los cubanos en al exilio. Y es que nosotros percibimos el régimen castrista como uno que lleva cincuenta años usurpando la soberanía del pueblo cubano. Una presidenta de un país latinoamericano elegida democráticamente –como la señora Bachelet– hace una concesión muy significativa a un tirano como Raúl Castro y su hermano Fidel yendo a visitarlos. Ahora, si la visita se da como una coyuntura para reclamar la libertad de los presos políticos y la necesidad de abrir Cuba hacia la libertad, la democracia y el respeto a los derechos humanos, ya eso tendría otra connotación”.

-El senador Mariano Ruiz-Esquide, DC e integrante del oficialismo, ha dicho que la defensa a los derechos humanos no debe hacer excepciones…

-Lo que señala ese senador chileno me parece muy consecuente con un demócrata de convicción. Que la presidenta de Chile haya decidido no reunirse con el dirigente disidente Payá me parece que es una cosa que se agrega a lo contraproducente de su visita a La Habana. Desgraciadamente, en América latina se ha perdido la perspectiva de lo que son las tiranías. Ahora, con respecto a los Castro –que llevan medio siglo oprimiendo a Cuba– no veo una sanción colectiva. Piense usted que por las prisiones cubanas han pasado más de 200 mil compatriotas, por el solo hecho de oponerse al régimen despótico. Que a estas alturas un jefe de Estado de un país democrático vaya a Cuba y se salude con Raúl Castro o su hermano y los reconozca como legítimos gobernantes del pueblo de Cuba me parece una cosa vergonzosa. Es una manera de ignorar o no respetar al pueblo cubano.

 
 

“Una presidenta de un país
latinoamericano elegida
democráticamente –como la
señora Bachelet- le hace una
concesión muy significativa
a un tirano como Raúl Castro
y su hermano Fidel yendo a
visitarlos”.

-¿Qué trasfondo percibe en la sociedad Hugo Chávez-Fidel Castro?

-Chávez se proclama un discípulo de Fidel Castro; y como el viejo comandante está aparentemente a pocos pasos de la tumba, es lógico que Chávez quiera acreditarse como el heredero legítimo, aprovechando las circunstancias de que tiene mucho dinero y suficiente agresividad. Pero una cosa es la intención y otra
la realidad. Chávez incurre en ridículos, mientras que Castro se supo cuidar, porque era un hombre muy habilidoso.

-¿Cree que Fidel Castro retomará el poder en Cuba?

-No lo creo. El está muy deteriorado, pero además el juego de los intereses alrededor de Raúl Castro crea una realidad en la cual Fidel Castro vale como el tótem de la tribu, como algo emblemático… puesto en la pared para respetar, pero nada más. Tratarán de sacar dividendos a la mística del personaje.

-A despecho de su enfermedad, ¿mantiene Castro el poder en Cuba desde la trastienda?

-No lo creo. Pienso que se trata de un individuo que actúa como freno para que Raúl Castro se sienta cohibido, para que no pueda ejercer el poder con autoridad. Es parte de su ego, aunque creo que cada vez le hacen menos caso.

-¿Está Raúl Castro en condiciones de sucederlo?

-Dentro de un Estado totalitario, sí. Pero pienso que no podrá prolongarse mucho. El aparato de terror sigue funcionando, pero los problemas económicos, sociales y políticos harán que Raúl y su poder hagan crisis. Sobre todo, después del funeral de Castro. En Cuba no hay soluciones para la población con Raúl y, aunque intenten cambios, la población no quedará ni satisfecha ni tranquila. El funeral de Castro plantea varias interrogantes. La presión interna para que se resuelvan los problemas será muy seria.


Como ex amigo

-Habiendo sido amigo de Fidel, ¿qué rasgos destacaría de su personalidad?

-Pienso que nadie le ha ganado en el uso de la mentira, la traición y el crimen político para llegar lejos. Es un verdadero actor, ha sabido usar su capacidad de escena para ocultar sus verdaderos propósitos.

-Alina Fernández Revuelta –la hija de Fidel– me contó que su padre mantiene cuentas bancarias en Europa. ¿Sabe usted algo de esto?

-Yo creo que en Europa y en otras partes. Ha sido un verdadero hampón político. Ha sacado dinero del gobierno, del narcotráfico y de cuanto negocio sucio ha podido.

 

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-Entiendo que fue usted amigo del Che Guevara ¿Qué opinión tiene de él?

-Sí, yo fui amigo del Che. Creo que era un aventurero que estaba buscando un escenario donde realizarse a cualquier precio. Al final, Fidel lo traicionó y todavía lo están usando como propaganda. Pero el Che era –por encima de todo– un aventurero.

-¿Cree usted que Fidel Castro es realmente marxista-leninista?

-Definitivamente, no. Fidel nunca ha sido filosóficamente un marxista. Toda la ideología, toda la estructura doctrinal de Fidel Castro consiste en adquirir más poder para Fidel Castro. Y el poder de por vida. Sus discursos, eso de que la libertad hay que defenderla por encima de todas las cosas, todos esos esfuerzos retóricos para convencer al pueblo cubano acerca de su compromiso con la democracia, son una cortina de humo. Es una engañifa que le sirve para enseñorearse en el país y hacer lo que él decida. Todo esto lo hace con astucia, con artificios. Yo estoy convencido de que cuando llegamos al poder, en enero de 1959, Fidel no sabía
qué cosa inventar para no soltarlo. El sabía que tenía en la mano un arma muy útil, que era la fe del pueblo acerca de sus intenciones de hacer un gobierno eficaz y muy auténtico.

 
 
“Nosotros hicimos la
lucha insurreccional con
una definición ideológica
muy clara: democrática,
humanista, latinoamericana
y nacionalista. ¡Nada de
marxismo ni totalitarismo!”

 

-Entonces, ¿de qué modo compromete la revolución cubana con el marxismo?

-Habiendo combatido con él, creo que el Che Guevara y Raúl Castro lo convencieron de que, paso a paso, debía llegar a establecer un régimen comunista. Castro tiene que haber sopesado las cosas y, seguramente, pensó que si se alineaba con la Unión Soviética, los Estados Unidos no invadirían la isla, pues eso significaba una confrontación muy grande. Y así vemos que Fidel hace declaraciones hasta en los Estados Unidos asegurando que él no es comunista, que es un demócrata. Y nos lo dice a nosotros y se lo dice a todos. Yo no soy comunista, me decía a mí cuando discutíamos en torno a asuntos de política interna de Cuba. Pero, lentamente, fue poniendo peones del Partido Comunista al interior de las Fuerzas Armadas y en la administración pública. En este sentido, no me cabe duda de que hubo gran influencia de Carlos Rafael Rodríguez, Blas Roque y otros de los tres o cuatro dirigentes comunistas que tenían buenísimas relaciones con Moscú.

-En ese momento, ¿qué papel jugaba Ernesto Che Guevara?

-El Che era marxista, pero no pro soviético. En todo caso, en ese momento no gravitaba mucho. La conjura, el cambio del sentido real de la revolución, lo resuelve Fidel Castro en la marcha. Fidel iba a la televisión y atacaba a los comunistas. A los quince días iba y los amparaba con el pretexto de que también habían participado en la revolución. Es decir, veíamos en él una ambivalencia, una ambigüedad que nos dejaba asombrados.

Tiempos de lucha

-En la revolución cubana usted fue comandante del Ejército rebelde y jefe de la provincia de Camagüey, la provincia más rica de Cuba…

-Exactamente. Yo hice la campaña en todo el oriente… en la provincia de Oriente. Y bueno, cuando terminó la lucha, pues mis tropas ya tenían un cerco sobre la ciudad de Santiago de Cuba, la ciudad más importante en el escenario de guerra, la tropa jugó un papel muy importante, por su composición humana, por su experiencia, etcétera… y cuando concluyó la lucha, nosotros éramos una de las columnas élites de ese ejército.

-¿Cómo se incorporó usted a la lucha armada junto a Castro?

-Hasta yo me sorprendí un poco al haberme iniciado en la lucha guerrillera, ya que mis antecedentes no eran los de un hombre inclinado a la violencia, ni militar de carrera, ni mucho menos. Yo era profesor en dos escuelas. Era profesor de ciencias sociales, cosa que no tenía nada que ver con estas cosas de las artes de la guerra. Para resumir la historia, terminé como jefe de las tropas que cercaron a Santiago de Cuba y con un historial de acciones más o menos trascendentes. Entonces, ya era uno de los cinco comandantes principales del liderazgo revolucionario. Los primeros días estuve de jefe en la provincia Oriente de Santiago de Cuba. Pero a partir del día 12 de enero me hice cargo del segundo distrito militar, por encargo de Fidel Castro, que me pidió ayudar a organizar esa provincia no sólo militarmente, sino desde el punto de vista administrativo y en todo
lo relacionado con la organización de los campesinos, estudiantes y obreros.

“Fidel me decía a mí que no era comunista, cuando discutíamos en
torno a asuntos de política interna de Cuba”.

 

-Luego de tomada la provincia, usted renuncia al cargo y envía una carta crítica a Fidel Castro, donde denuncia la infiltración comunista. Castro reacciona ante esto y envía a Camilo Cienfuegos para detenerlo. ¿Qué ocurrió allí?

-La verdad histórica es la siguiente: transcurridos los siete primeros meses del año 1959, yo me voy convenciendo de que hay una conjura por parte de Raúl Castro y del Che Guevara para llevar a Fidel a convertirse en dictador, en un hombre autoritario y darle al proceso un contenido ideológico marxista, con lo
cual se desvirtuaba el proceso revolucionario original. Nosotros hicimos la lucha insurreccional con una definición ideológica muy clara: democrática, humanista, latinoamericana y nacionalista. ¡Nada de marxismo ni totalitarismo!

-¿Eso se dijo públicamente?

-Claro que sí. Se dejó claramente establecido en documentos, en escritos, en la prédica diaria a la tropa, en la comunicación que existía con el pueblo cubano. Tanto se insistió en eso que se llevó a la mente del soldado rebelde, de la fuerza insurreccional, que la revolución era para regresar a la democracia, que había sido alterada en Cuba por el golpe militar de Batista. Y tan convencidos estábamos de que la revolución tenía el compromiso de hacer retornar a Cuba a los cauces democráticos pluripartidistas, pues nuestra consigna era esa, justamente. El grito de combate de nosotros era: ¡Libertad o muerte! Además, se había dicho en muchos documentos que, una vez destruida la dictadura de Batista, lo primero que teníamos que hacer en el plano de la institucionalización del país era volver a la Constitución de 1940. Esa era la carta fundamental que el país se había dado, producto de una Constituyente libre y soberana. Era una Constitución bastante avanzada, con profundo contenido social y que afirmaba que la soberanía residía en el pueblo y que el pueblo delegaba en los partidos políticos a sus representantes. Por eso insisto en que nosotros representábamos una revolución democrática, con el compromiso de que una vez derrocado Fulgencio Batista tendríamos que restablecer la Constitución del 40 para normar la vida del país dentro de los esquemas que conciernen a una democracia pluripartidista.

-La carta que usted envía a Fidel Castro lo motiva a enviar a Camilo Cienfuegos para que le arreste…

-Así es.

-Aunque Camilo Cienfuegos era amigo suyo.

-Sí, sí. Eramos muy amigos. Pero antes de mi renuncia, Fidel y yo habíamos conversado varias veces del asunto. La carta yo se la envío con fecha 19 de octubre del año 1959. Pero en julio ya le había enviado una primera carta en que le planteaba mi deseo de separarme del proceso. Ello, porque ya estaba viendo que él dejaba al Che Guevara y a Raúl ir adelantando pasos para el establecimiento de un régimen dictatorial de claros signos marxistas.

-¿Qué pasa tras su detención?

-Le dije a Fidel que la revolución estaba tomando un rumbo distinto y que no me pensaba apartar de mis principios y mis convicciones. Y le hice saber que prefería renunciar. Fidel trató de convencerme de que no me separara y de que siguiera con ellos. Pero luego de haber conversado con él y con otros dirigentes, llegué a la conclusión de que debía renunciar. Pensé que si seguía allí me iba a comprometer con un proceso que se distanciaba del original. Y bueno, Fidel recibe mi carta de renuncia. Me manda una de respuesta y, por la madrugada del 21 de octubre, arma un escándalo a nivel nacional. Hace que la policía de Camagüey se subleve contra nosotros, contra el ejército, y permite que una compañía de fuerzas tácticas que estaba en el aeropuerto –y que obedecía a Fidel– se subleve e intente sofocar una probable sedición en Camagüey. Pero nosotros no respondimos con fuerza a esa campaña de difamación llevada a cabo por Castro, campaña que sólo se explica por la perversidad de Fidel. Nosotros lo creíamos leal, pero resultó ser un déspota y un egocéntrico.

-¿Y cuándo llega Cienfuegos?

-Por la mañana llega Camilo al aeropuerto. Me llama y me dice: Huber, estoy aquí en el aeropuerto. Fidel me mandó a arrestarte. Me mandó con un grupo de asalto de veinte hombres y tengo que ir allá. Tengo que cumplir esta misión, pero no quiero ir en zafarrancho de combate. Yo le contesté que de inmediato le iba a enviar al jefe de mi escolta en un jeep para que se viniera con él.

-Fue una detención harto amable…

-(Sonríe) Es que Camilo entendía que no habían motivos que justificaran mi detención. Y bueno, el jeep salió
hacia allá y recogió a Camilo.

-Usted gozaba de mucha popularidad en Camagüey. ¿Cuál fue la reacción de las tropas a su cargo cuando se supo que le iban a detener?

-La gente a mi cargo actuó con mucha lealtad. Las tres o cuatro compañías que había en el campamento reaccionaron de inmediato: ¡el que vega aquí, sea Fidel o Camilo, los recibimos a plomazos! Alertado yo del estado de mis tropas, instruí al oficial de guardia y a varios sargentos que no deseaba que se alterara el orden. Yo entendía que la llegada de Camilo Cienfuegos con un grupo de asalto provisto de fusiles y hasta de bazukas era una provocación, pero había ue evitar una balacera a cualquier precio. Bueno, el caso es que llega Camilo Cienfuegos hasta mi casa con su gente. Lo primero que hizo fue disculparse. Estaba abochornado. Yo le hice ver que, pese a nuestra amistad, entendía que debía cumplir las órdenes, en el sentido de detenerme. Y así comienza la historia por todos conocida.

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La nueva esperanza cubana

 

Fidel Castro ha sobrevivido a diez presidentes de Estados Unidos. Obama es el primer mandatario norteamericano nacido post revolución cubana. Por primera vez, un presidente de Estados Unidos asume sin Fidel al mando en 50 años. Cambia la percepción del régimen y de las medidas coercitivas entre los descendientes cubanos. Por Gabriel Sanchez-Zinny, desde Washington.

 

La nueva administración Obama está generando expectativas en todos los ámbitos –políticos, económicos, internacionales–, al punto de devolver el optimismo a una sociedad americana, cansada, como lo muestran las encuestas hace tiempo, de la gestión Bush. Y para no ser menos, entre los círculos latinos en Washington hay una creciente expectativa sobre el relanzamiento de la relación con la región, en particular con Cuba; tal vez, en términos históricos, el mayor desafío que deberá enfrentar el nuevo presidente en la región.

Fidel Castro logró sobrevivir a diez presidentes de Estados Unidos, a la crisis de los misiles que casi desencadena una guerra mundial, a una invasión sostenida por Washington en Bahía de Cochinos –que terminó siendo un fracaso para el gobierno americano–, a la caída de la Unión Soviética, su mayor aliado y financista; a cinco décadas de sanciones comerciales por parte de Estados Unidos y sus asociados, y a la huida de muchísima población que arriesgó su vida para escapar de la dictadura de Castro. ¿Sobrevirá también al 44º presidente estadounidense?

En Washington hay especulaciones de todo tipo, de demócratas, republicanos, grupos a favor y en contra. Tomás Bilbao, del influyente Cuba Study Group, dice que “el presidente Obama se enfrentará con una realidad cubana muy distinta a la de sus antecesores. En primer lugar, Obama será el primer presidente de los Estados Unidos nacido después de la revolución cubana, lo que seguramente contribuirá a una perspectiva nueva a la ecuación. Segundo, se enfrentará a un gobierno cubano que, a pesar de no haber implementado cambios políticos, se encuentra bajo un nuevo presidente por primera vez en 50 años. Y finalmente, como el primer presidente americano de descendencia africana, cuenta con gran simpatía por parte de la población cubana que también lo ve con esperanzas de cambio para las políticas estadounidenses hacia la isla.

Por 50 años –profundiza Bilbao– la revolución cubana ha tenido como objetivo principal el mantener en el poder al régimen y lo ha podido lograr gracias a un aparato represivo muy eficiente y cruel, políticas encaminadas a aislar al pueblo y mantenerlo dependiente del gobierno, y la legitimidad que ha obtenido gracias a la percepción de que subsiste una amenaza exterior, bien sea de una nación o del grupo de exiliados. El legado que deja el régimen cubano es el de un gobierno que, a pesar de haber estado en el poder más que cualquier otro en Latinoamérica, y de jactarse de haber logrado importantes avances en la salud y la educación, ha sido incapaz de elevar la calidad de vida de los cubanos mas allá de un salario promedio mensual de 20 dólares, viviendas que son compartidas y que se derrumban por falta de mantenimiento, una juventud que anhela emigrar al exterior para poder realizar sus sueños y cárceles llenas de presos políticos y de conciencia”.

¿Y qué dicen en Europa?

Guillaume Debre, corresponsal en Washington para TF1-Televisión Francesa 1 y analista especializado en Cuba, dice que “después de 50 años en el poder, la figura de Fidel ha comenzando a resquebrajarse para la izquierda europea. Si bien fue en su momento un icono de la rebelión contra el imperialismo americano, un David contra un Goliat, hoy Fidel es más bien considerado un tirano desesperado por retener el poder; alguien que se quedó en la historia, que no percibió que las ideologías que promovía estaban desapareciendo. Fidel podría haber abrazado la famosa tercera vía, intentando reformular y modernizar la visión socialista del mundo y de su patria. En vez, de forma patética, prefiere pasearse en ropa de cama por su hospital, rehusando a que una nueva dirigencia tome el mando de su país. Es muy duro para un europeo aceptar que la imagen del ídolo revolucionario se haya desvanecido, pero la falta de cobertura periodística del 50 aniversario de la revolución cubana es una muestra más de la falta de interés por Cuba en el viejo continente”.

All politics is local

Thomas “Tip” O’Neill, presidente de la Cámara de Representantes de Estados Unidos entre 1977 y 1987, acuñó esta famosa frase, que vuelve a aplicarse para el caso cubano. Obama tendría mayor flexibilidad para reorganizar las relaciones con Cuba, ya que ganó los votos electorales de Florida sin la ayuda de la línea dura cubana en Miami, sino más bien en contra de ella. A su vez, las nuevas generaciones de cubano-americanos, muestran las encuestas, están esperando una diplomacia renovada con la tierra de sus padres.

“Las realidades electorales, argumenta Bilbao, no obligan al presidente a seguir las políticas impuestas por del sur de Florida. La opinión de los cubano norteamericanos ya no es monolítica. Un reciente estudio que hicimos desde el Cuban Study Group muestra que el 65% de ellos cree que el embargo no es una medida positiva; una gran mayoría considera que hay que dialogar con el régimen y también una gran parte de ellos está en contra de las restricciones al envío de dinero y de viajes”.

Obama “ofrece esperanzas para una nueva relación con Cuba”, continua el francés Guillaume Debre, “ya que durante toda su campaña se ha declarado contrario a construir muros y barreras, y más bien ha promovido la profundización de la diplomacia para mejorar la relación con otros países, ya sean amigos o menos amigos de Estados Unidos”. Y concluye Tomás Bilbao: “está por verse si Cuba aprovechará la oportunidad o si optará por la confrontación y el aislamiento, como lo ha hecho hasta ahora”.