El valor de la seguridad no son los costos económicos de la inseguridad, sino el impacto que tiene en la calidad de vida.

  • 24 agosto, 2007

 

El valor de la seguridad no son los costos económicos de la inseguridad, sino el impacto que tiene en la calidad de vida.Por Eduardo Lora

 

Obsesionados por ponerle números a todo, los economistas han invertido grandes esfuerzos en calcular los “costos económicos de la violencia”. En extraña amalgama, consideran costos que van desde el presupuesto militar y el gasto en clínicas y hospitales hasta el ingreso que podrían haber generado las víctimas de la violencia si se hubieran salvado sus vidas.

Esa fue la metodología que siguieron varios estudios sobre los costos económicos de la violencia en América latina a finales de la década pasada. De acuerdo a estas investigaciones, la violencia generó un costo agregado equivalente a 14,2% del PIB de la región y las pérdidas en capital humano provocadas por el crimen fueron cercanas al 2% del PIB regional. Por supuesto, el panorama de la violencia en la región no es homogéneo: el problema es mucho menos severo en Chile o Uruguay que en El Salvador y Colombia, para citar casos extremos.

El cálculo de estos costos es ilustrativo y contribuye a realzar la importancia y relevancia del problema de la violencia. Pero conduciría a conclusiones totalmente erróneas de política. Supóngase que nuevos cálculos, mejores técnicamente que los que ya tenemos, mostraran que, sin que hayan cambiado los niveles de homicidios, los costos de la violencia son la mitad de lo que habíamos pensado (debido, por ejemplo, a que la inversión privada es menos sensible al clima de inseguridad de lo que creíamos antes). ¿Deberíamos entonces reducir a la mitad el esfuerzo por combatir la violencia, o considerar que es un problema la mitad de importante?

Independiente de cuáles sean los costos económicos de la violencia, hay razones morales y éticas para combatirla, aunque no necesariamente a cualquier costo. La razón, sencillamente, es que la violencia afecta la calidad de vida, como lo reconoce la opinión pública y las actitudes políticas de los latinoamericanos.

Lo interesante es que también es posible ponerle números al valor que la gente le da a la seguridad. El enfoque conceptual, muy sencillo, consiste en calcular la pérdida de satisfacción con la vida que sufre la gente por cuenta de la inseguridad y encontrar cuál es la pérdida de ingreso que produciría la misma disminución en la satisfacción con la vida. Esta información existe ya en muchos países gracias a las encuestas de opinión en las que se le pregunta a la gente qué tan satisfecha está con la vida, y también se indaga sobre los ingresos (y muchas otras variables que afectan la calidad de vida, como la situación de empleo, la salud y las relaciones familiares).

Utilizando este método, se ha calculado que un londinense promedio estaría igual de satisfecho con la vida con un 32% menos de ingreso si no hubiera terrorismo en Londres. Para París, el cálculo es equivalente al 14% del ingreso. En Irlanda del Norte el terrorismo en las zonas más afectadas tiene un efecto equivalente al 41% del ingreso.

Cuando se trata de valorar bienes públicos como la seguridad lo que importa es la opinión de la gente. El éxito de los buenos políticos radica en su capacidad de interpretar esas opiniones. El éxito de los economistas depende de su capacidad para utilizar herramientas técnicas que orienten la discusión pública e influir en las políticas.

El autor está vinculado al BID, pero se expresa aquí a título estrictamente personal.