Se caen los aviones, se caen los grandes directores. El tema va más allá de la calidad de sus películas: hoy, cuando la separación entre el artista y la obra ha vuelto a ponerse bajo cuestión, un fatal rasgo de carácter puede afectar un legado al completo.

  • 14 marzo, 2019

La función todavía no termina, la música suena y los créditos corren, pero la gente se retira a toda velocidad del estreno de Peterloo, en el Palazzo del Cinema. El filme del británico Mike Leigh (Secretos y mentiras, Happy-go-lucky, Mr. Turner) era uno de los filmes esperados en la edición 2018 del Festival de Venecia, pero los asistentes –público, críticos, distribuidores y otros– no saben muy bien qué hacer con él. Está claro que se trata de un producto dignísimo, con impecable recreación de época, excelentes diálogos y medio centenar de personajes en papeles relevantes; un filme de tremenda ambición, facturado sin concesión alguna por un director que ya no tiene nada que probar a nadie.

Y, sin embargo, todo ese esfuerzo, esa concentración, ese rigor, los dejó fríos. Comparada con las animadas reacciones generadas por Roma, La favorita o incluso la compleja The Other Side of the Wind, de Orson Welles –tres de los filmes más comentados del certamen–, Peterloo semeja un gran bloque de cemento, admirable en sus proporciones pero básicamente impenetrable.

¿Qué le ocurrió a Leigh? ¿Se quedó corto? ¿Se pasó de la raya?

En casos como estos, la tentación por averiguarlo resulta más interesante que la película misma; en parte, porque medir al artista contra su propia obra hoy se ha vuelto un acto casi automático, pero sobre todo porque la idea de un artista con fisuras, de un hombre capaz de fallar, de caerse del pedestal, es mucho más atractiva que la de un sujeto perfecto e intocable. Los maestros también se equivocan. También se estrellan. Menos mal.

 

EL CARÁCTER Y LA CORRECCIÓN

Si se mira con la debida atención, muchas veces las trizaduras del carácter acaban por traspasarse a la obra: Hitchcock se despeñó artísticamente el día en que la obsesión por sus actrices se salió fuera de control. Algo parecido le ocurrió a Fellini cuando comenzó a sacrificar la lógica de sus películas, empeñado como estaba en filmar hasta el último detalle de sus fantasías y sueños; a Fassbinder, el día que comprendió que trabajaba mejor si sembraba el odio entre su compañía de actores; a Pasolini, que rápido en su carrera supo que lo suyo era sacar de sus casillas tanto a sus enemigos (la derecha) como a sus amigos (la izquierda); al ermitaño Kubrick, quien bajó al mínimo su ritmo de producción simplemente porque no soportaba lidiar con la gente. 

Los tiempos que corren no parecen ser mejores al respecto. Ahí están Paul Thomas Anderson (Magnolia) y David Fincher (El club de la pelea), acusados de comportarse como dictadores en el set. Los descargos contra la arrogancia de Alfonso Cuarón y la misoginia sin remedio de Alejandro G. Iñárritu (Amores perros), el enfermizo secretismo de Terrence Malick (El árbol de la vida), el carácter monolítico de Clint Eastwood –“his way or the highway”–, el buenismo de Spielberg y Scorsese (nunca quedan mal con nadie, pero siempre se salen con la suya) o la vocación manipuladora de alguien tan zen como David Lynch.

Un caso de estudio es el de Ingmar Bergman, quien en 1976 sorprendió a medio mundo al filmar la espantosa El huevo de la serpiente. Nadie esperaba de él semejante porquería. Un desastre orquestado por el director más admirado de su generación, el tipo responsable de El séptimo sello, Luz de invierno y Persona; un intocable de la cultura europea de la posguerra. Quien sí lo había tenido claro –quizás desde el principio mismo– era el propio realizador. Había aceptado hacer la película cuando llevaba menos de un año viviendo en Alemania, después de un humillante arresto en Estocolmo, por evasión de impuestos. Firmó el contrato pensando en el dinero y no en la posteridad. Cuando se dio cuenta del callejón en el que se había metido, ya no pudo devolverse: a cuarenta y pocos años de distancia, la cinta todavía es el punto negro de una obra ejemplar. En el largo plazo, sin embargo, no le fue tan mal. A los pocos años, el Estado sueco retiraba las acusaciones en su contra y a principios del 82 lo recibía en calidad de héroe nacional cuando volvió al país para hacer Fanny & Alexander.

Bergman, un genio y un infiel serial que antes de sentar cabeza abandonó cuatro matrimonios y nueve hijos, sin remordimiento público pero con atroz culpa en privado, tuvo suerte de no vivir inserto en esta época de redes sociales, posteos, cobertura non-stop y desmedido hype publicitario. De lo contrario habría necesitado urgente asesoría comunicacional antes de ser desplumado, como le ocurrirá a Roman Polanski y Woody Allen cuando a principios del próximo año promuevan sus nuevos proyectos.

Los dos tuvieron un 2018 para el olvido –Roman fue expulsado de la Academia y Woody se quedó con un filme archivado por Amazon Studios–, y no por escándalos recientes sino porque, en medio de la fiebre desatada por #MeToo, la prensa resucitó antiguos cargos en su contra. Si bien Polanski fue certificado como culpable por un juez y el caso de Allen fue descartado antes de llegar a tribunales (algo que convenientemente olvidan sus detractores), ambos exhibieron el peor lado de su carácter cuando volvieron a ser sometidos a presión mediática: desplegaron nula sensibilidad, demostraron cero feeling con los tiempos que corren y dejaron salir mucha ira contenida, lo que probablemente será peligroso para su legado artístico en el mediano y largo plazo, en una era donde la tendencia no solo es evaluar la conducta en tiempo real, sino además “enjuiciar” de forma retroactiva el actuar de gente que operó bajo costumbres y códigos que hoy nos resultan inaceptables.

A mediados de febrero, de hecho, se desató una pequeña tormenta en las redes sociales cuando alguien desenterró una entrevista que John Wayne concedió a Playboy en 1971, subrayando pasajes que supuestamente comprobaban el racismo del actor. Entre los que corrieron a denunciar, los que salieron a defender y los que clamaron por observar el asunto en contexto, apenas hubo tiempo –y espacio– para hacer la pregunta de fondo: ¿hace sentido “cancelar” al Duke, aquí y ahora, dividir el campo solo entre defensores y detractores, entre blanco y negro, olvidando de paso que el contradictorio Wayne (desaforado anticomunista y republicano recalcitrante, pero casado dos veces con latinas y de intensos y prolongados lazos con etnias originarias) abordó frecuentemente esa ambivalencia, esas incómodas zonas grises, una y otra vez en sus películas?

A juzgar por la virulencia desplegada durante la última campaña del Oscar, donde el lobby pro Roma (la película presuntamente liberal) consistió en aplicar guerra sucia y denunciar por las buenas y por las malas el supuesto racismo encubierto de Green Book (la película presuntamente conservadora), por ahora no hay respuestas satisfactorias. Eso porque, puestos en el trance de operar con el lente bidimensional de la corrección política, nadie da el ancho al final del día.

 

Una vida de indignación

Parece curioso, pero –al respecto– la prematuramente olvidada Peterloo (que acá solo divisaremos en blu ray) tiene algo que decir: escrita por Mike Leigh para conmemorar los doscientos años de la masacre de St. Peter’s Field, en Manchester, donde el ejército británico –recién homenajeado por su victoria definitiva contra Napoléon– cargó contra 60 mil compatriotas que celebraban un multitudinario mitín para solicitar al gobierno una reforma parlamentaria. ¿Resultado? Una veintena de muertos, cerca de un millar de heridos y la fundación del periódico Manchester Guardian, el antepasado directo del moderno The Guardian.

Salvo por una pequeña placa colocada en el lugar del suceso, jamás se ha erigido monumento u obra pública que recuerde los hechos, y es muy probable que ello haya inspirado al director para intentar hacer de la película misma una suerte de gran monolito recordatorio: mucho de lo que se ve en pantalla está sacado literalmente de discusiones sostenidas al interior del Parlamento, discursos de los organizadores de la protesta, cartas de los complotados y condenas dictadas por las cortes; el esfuerzo por transmitir el peso real de esas palabras es tal que acaba por debilitar la estructura dramática de la cinta: como si en vez de intentar emocionarnos en la antesala de la tragedia, al estilo de tanta producción de época, Leigh optase por hacer la denuncia en bruto, sin adornos.

No deja títere con cabeza. Aparte de los sospechosos de siempre –nobles, militares, magistrados, políticos–, también pone en el banquillo a quienes dicen representar al pueblo, pero emergen como oportunistas y vanidosos, listos para bajarse del carro de la victoria cuando este tambalea. Ni siquiera se salva el espectador. En ningún momento se le ofrece la chance de establecer empatía con los oprimidos: ellos ya fueron aplastados por el peso de la historia, una simple película no podría aspirar a redimir ese dolor. Así las cosas, no extraña que Peterloo colapse sobre sí misma. Es la clase de película que alguien produce tras una vida de indignación. De espaldas a premios, candidaturas y a la buena forma de decir las cosas. En tiempos de Brexit, de fragmentación y desintegración, a Leigh no podría importarle menos que lo acusen de no estar a la altura, de ser inclusivo, de actuar con los tiempos: él y su película gritarán, destemplados; da lo mismo si acompañados o solos, en lo correcto o equivocados. El grito va.