• 12 agosto, 2011



Nuestra civilización se basa en una plataforma tecnológica sin la cual la Tierra no podría sostener de manera natural a la población. Si lo negamos de forma voluntarista, estaremos cometiendo lo que se llama un error del tercer tipo. Es decir, intentaremos resolver el problema equivocado.


La afluencia material de la sociedad actual genera inevitablemente una presión alarmante sobre la ecología, a escala planetaria. No podría ser de otra manera en una sociedad tecnológica, que es el imperio de la materialidad y no precisamente de la espiritualidad. La tecnología, metafóricamente hablando, es un cruce de la materia y la inteligencia humana. La tecnología es la clave de esta civilización.

El dióxido de carbono es un tema de enorme complejidad en nuestra sociedad tecnológica. Desde el año 2000 se aprecia un aumento exponencial. En la década de los 90 las emisiones crecieron un poco menos del 1% por año. Desde 2000, esa cifra se ha más que triplicado, llegando a un promedio de 3,5% por año. Así, hemos llegado a la asombrosa cantidad de 455 partes por millón en el aire, y un aumento a partir de ahí pone en peligro incluso a la sobrevivencia de los mamíferos. Esto ya ocurrió una vez con los dinosaurios, cuando el impacto del meteorito aumentó el dióxido de carbono a la cifra de unas 900 partes por millón.

El calentamiento global es sólo una de las manifestaciones. La creciente alimentación transgénica es otra, de alcances aún poco claros, aunque es una tendencia inevitable a escala global. Esto está también asociado a la biodiversidad genética. Siempre ha habido evolución y desaparición de especies en la historia de la Tierra. La inquietud es la velocidad a la que ocurren. Se estima que en el siglo 20 se aceleró en 1.000 veces la tasa promedio de desaparición de especies en comparación con los 65 millones de años precedentes.

Es la compleja interacción entre los bosques, los océanos, los corales, la vida marina, las algas, las abejas y los insectos… un todo de lo que realmente somos una parte más. Sin ellos no existiríamos. Se estima que un 75% de la diversidad genética de los cultivos agrícolas se ha perdido. A la vez, un 75% de las zonas pesqueras está sobre explotado y el 90% de los grandes peces ha sido arrasado. Se calcula que de la ballena gris, en el pacífico norte oriental, no quedarían más de unas 130, y sólo unos 40 adultos para procrear. Si la temperatura global sube unos 3,5°, un 70% de las especies estaría en peligro de extinción. De acuerdo a las tendencias actuales, esto podría ocurrir en este siglo, en que los cálculos varían entre 1° y 3,5° para 2100. Probablemente 1/3 de los bancos de corales está amenazado.

De la diversidad actual de especies (plantas, anfibios, reptiles, mamíferos y aves), aproximadamente la mitad está confinada a bolsones de hábitat que no son más de 25 en toda la Tierra, y que ocupan sólo un 2% de la superficie. Hoy se proyecta que hay unas 30.000 plantas y animales en serio peligro de extinción y que un 10% de los vegetales y las aves podría desaparecer en el mediano plazo. Hace unas décadas se contaban unos 200.000 leones; hoy sólo quedan algo más de 20.000. Sobreviven unas 15.000 chitas. Los tigres siberianos podrían dejar de existir en sólo 3 décadas. Un tercio de las especies de monos puede estar en peligro de desaparición.

Los recursos marinos naturales van a ser crecientemente reemplazados por los cultivados, pero no es lo mismo en diversidad biológica ni en términos ambientales. Las llamadas “áreas muertas costeras”, porque no tienen oxígeno suficiente para soportar la vida marina, se han doblado desde la década de los 60. En 1900 prácticamente no habían tales zonas, pero hoy superan las 500 en el mundo.

También está el serio problema de la capa de ozono, que protege de los rayos ultravioleta y que está muy ligado al tema del calentamiento global y las lluvias ácidas. La capa de ozono vive en la estratósfera, a unos 50 kilómetros de distancia de la Tierra, y es clave en la protección de la vida animal y vegetal. La zona más afectada está precisamente sobre la Antártica, y podría acelerar el deshielo de esa zona. El efecto del cambio climático podría significar el aumento del nivel del mar hasta un metro para finales de siglo, y eso significa la inundación de muchas ciudades.

Otra materia de relevancia es el problema de la contaminación de las aguas y del desecho de los residuos tóxicos y peligrosos. Adicionalmente está la destrucción de bosques nativos que, de acuerdo a algunas estimaciones, podría llegar a 20 millones de hectáreas al año. Se calcula que aproximadamente el 80% del área boscosa que cubría al mundo ha sido derribado. El principal lugar de destrucción actual es el Amazonas, pero también ocurre en otras regiones como Indonesia, Zaire, Papúa-Nueva Guinea, Malasia, Myanmar (Birmania), Filipinas, Perú, Colombia, Bolivia y Venezuela, donde grandes áreas naturales han desaparecido o perdido superficies relevantes. La destrucción del bosque tiene un impacto directo en el dióxido de carbono.

También se debe considerar el avance de las zonas desertificadas. Todos estos temas están interrelacionados. Y deben ser abordados de manera global. Ahí está el principal problema, ya que no hay una organización capaz de imponer sus resoluciones a los países. La ONU sin duda ha detectado y estudia estos asuntos, pero no puede obligar a cumplir sus criterios a las naciones.

Amenazas para la salud

Nada del daño ambiental es gratis. Además, hay que considerar el peligro de una gran crisis ecológica. Entre los daños que esta forma de civilización produce está el debilitamiento del genoma, ya que se mantiene con vida a todos los individuos. No cabe duda de que ello es a priori deseable, pero eso significa un problema, más allá de la discusión ética… que no corresponde abordar en esta columna. Por cierto, el cruce entre distintas culturas y razas juega en sentido contrario. Otro efecto es la pérdida de eficacia de antibióticos y drogas y la resistencia de bacterias al cloro en el agua potable. También se detectan crecientes trastornos del sueño en las personas. Ello está afectado por la televisión nocturna, los ruidos, el estrés, las ansiedades modernas y la cantidad de actividades que nos mantienen despiertos hasta muy tarde. Los problemas del sueño bajan la productividad, reducen la capacidad de aprendizaje y la resistencia a las enfermedades.

El estrés es un problema en sí. Sus principales causas son la velocidad de la sociedad, las congestiones urbanas, mayores reglas y regulaciones sociales, aumento de las expectativas de consumo con las consiguientes frustraciones, el tsunami de información y conocimiento y las nuevas tecnologías para las que no nos sentimos competentes. También se han detectado problemas de reproducción en los hombres; particularmente, una reducción del conteo de esperma. En los últimos 50 años la cantidad de esperma producida en promedio se podría haber reducido en un 40%.

La globalización actual y la enorme movilidad han hecho que la expansión de las enfermedades contagiosas sea más rápida y más difícil de manejar. La deforestación ha puesto en contacto al ser humano con especies desconocidas y se han generado nuevas enfermedades; Ebola, Sida, Marburg, Hanta, Machupo, Virus del Nilo Oriental. También ha ocurrido con los animales.

Finalmente están las nuevas emisiones que son literalmente venenosas para el ser humano, derivadas de las nuevas formas de producción, el transporte, la industria, y la minería: ácido sulfúrico, plomo, mercurio, cadmio, cobre, asbestos, insecticidas, dioxinas, derivados de los plásticos y tantos otros. Todo eso vuelve a poner el peso de la prueba en la tecnología, lo que nos hace aun más dependientes de ésta. Es un círculo que algunos consideran virtuoso y otros nefasto.

Lo importante es tener presente que es absolutamente imposible alimentar de manera natural a los 10.000 millones de seres humanos que seremos hacia 2050. El sueño ecologista simplemente ya no tiene viabilidad, a no ser que muera la mayoría de los seres humanos. Es fácil ser ecologista con celular, transporte colectivo y redes sociales. No estoy con esto haciendo una invitación a descuidar el medio ambiente. Sólo estoy poniendo las cosas en una perspectiva realista.

Dependemos para la sobrevivencia de una plataforma tecnológica global que sostiene estos niveles de población. Si esta plataforma colapsara, la Tierra en forma natural ya no podría sustentar a más de 1.000 millones; quizás, menos. Esto ya no es un problema respecto de si nos acomoda o no: es una realidad ineludible. Si lo negamos de manera voluntarista, estaremos cometiendo lo que se llama un error del tercer tipo. Esto es, resolviendo el problema equivocado. Por ende, el medio ambiente seguirá siendo intervenido de manera creciente, sí o sí. Simplemente, no tenemos ya otra alternativa. Por eso es que debemos ser especialmente cuidadosos en cómo lo hacemos.