Fue el domingo 10 de febrero, alrededor de las 6 de la tarde. En el Berlinale Palast, principal centro de exhibición del Festival de Cine de Berlín, llegaba a su fin la première de la cinta chilena Gloria, de Sebastián Lelio. El público había estallado en aplausos cuando el relato estaba aún en curso y, […]

  • 8 marzo, 2013
Cine. Ilustración Ignacio Schiefelbein

Cine. Ilustración Ignacio Schiefelbein

Fue el domingo 10 de febrero, alrededor de las 6 de la tarde. En el Berlinale Palast, principal centro de exhibición del Festival de Cine de Berlín, llegaba a su fin la première de la cinta chilena Gloria, de Sebastián Lelio. El público había estallado en aplausos cuando el relato estaba aún en curso y, tras la aparición de los créditos, lo hizo con más fuerza, incluso al ritmo de la canción homónima de Umberto Tozzi.

En medio de este final soñado, el equipo del filme fue llamado al escenario. Subieron de a uno y el tercero en hacerlo fue Gonzalo Maza, quien había hecho dupla con Lelio para escribir la cinta, tal como en Navidad y El año del tigre. Canchero y juguetón, subió veloz, sin ocultar lo contento que puede uno llegar a estar en tales circunstancias. “Felicidad” es la palabra que describe lo que sintió ahí y entonces. Una felicidad que no es lo mismo que el éxito, pero tampoco tan distinto: instalado el fenómeno de Gloria en la Berlinale –porque eso es lo que fue–, le llegaron en pocos días propuestas y ofrecimientos como nunca antes.

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Maza dice que recién hoy puede hablar con propiedad de sí mismo como guionista, aun si empezó a libretear para la TV en 2000 y ya por esa época intervino en la película XS, la peor talla (estrenada años más tarde). Y aunque siente que le falta todavía recorrido vital y una historia que sólo él pueda contar, cree que llegará el día en que dirija su propio largometraje. Ni lo uno ni lo otro, sin embargo, lo han persuadido de dejar la crítica de cine (tampoco un tuiteo del cineasta Pablo Larraín, donde dijo que “ahora deberá decidirse”). La ha ejercido en su propio blog, en El Mercurio, en Radio Cooperativa y, desde 2009, en La Tercera. Dice que lo pasa bien y que por esta vía se permite un espacio para la reflexión, aun si “todos piensan que debería dejarla. Que son incompatibles. Incluso me han dicho que si trabajo en una película no estoy moralmente habilitado para escribir sobre ellas”. él plantea que no hay tal incompatibilidad y ahí sigue. Hasta que lo echen, dice.

Se le entienda o no como una actividad creativa, se asume que la crítica de cine está en la vereda opuesta a la de la realización y la escritura fílmicas. La doble militancia, así las cosas, es más la excepción que la regla. Pero hasta por ahí. El caso de Maza nos recuerda de que hay y ha habido localmente periodistas y críticos que han mutado en cineastas y guionistas, mientras algunos han seguido el camino inverso. También los hay que encaran, a mucha honra, la dualidad de funciones. Hoy más que ayer, según parece.

El gran salto

Cruzar la línea, dar el salto. El ejemplo clásico lo proveen los entusiastas críticos de los Cahiers du Cinéma. Fundada en 1951, la revista francesa se pobló de tipos entusiastas que asentaron la “política de autor”, que exudaron convicción y descaro en la escritura y que no tardaron demasiado en lanzarse a la realización de filmes que refrescaron el lenguaje fílmico y correspondieron, más o menos, a las ideas defendidas en letras de molde. François Truffaut (Los 400 golpes), Jean-Luc Godard (Sin aliento), Eric Rohmer (El signo del león) y Claude Chabrol (El bello Serge), entre otros, integraron lo que se conoció como la Nueva Ola francesa. Establecido ya como cineasta, el primero de los mencionados decidió dejar la crítica, propiamente, y escribir sólo cuando tal o cual película lo justificaran. Hubo casos análogos en los Cahiers de décadas postetiores (como el de Olivier Assayas, director de Las horas del verano) y también en países vecinos. En Italia, Michelangelo Antonioni fue periodista de cine antes de convertirse en emblema de la modernidad, mientras su compatriota Dario Argento ya comentaba películas antes de egresar del colegio (y mucho antes de adquirir el mote de maestro del horror). Al otro lado del Atlántico, Peter Bogdanovich entrevistó más realizadores y reseñó más filmes de los que pueden contarse, antes de dirigir La última película y Luna de papel. Por su parte, el que hasta hoy es uno de los críticos más populares de EEUU, Roger Ebert, incursionó en el guionismo de la mano de Russ Meyer, conocido como el “Fellini del porno”. Pero no desarrolló mucho esa veta, mientras la que más se le conoce le dio una celebridad inusitada para los estándares del gremio.

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En Chile hay también historia a este respecto. Por de pronto, de periodistas que pasaron al cine sin que la crítica hiciese de puente: de Sergio Castilla (Gringuito) a la dupla Díaz-Peirano (31 minutos, la película), sin olvidar a Alejandro Fernández (Huacho) ni a Esteban Larraín, que este mes estrena La pasión de Michelangelo. Pero también de gente que hizo caminos distintos y acaso señeros. Salta a la memoria, en este punto, el ejemplo de José Román.

Abogado, Román cultivó su cinefilia en las sesiones del Cine Club Universitario, que funcionó hasta mediados de los 60 en la Biblioteca Nacional, y también en el Cine Club de Viña del Mar. Integrante de una generación renovadora de la crítica, escribió en Primer Plano y más tarde en Enfoque, entre otras publicaciones, al tiempo que dirigió cortometrajes y coescribió Valparaíso, mi amor (1969), hito del Nuevo Cine chileno. “Partí haciendo crítica con el interés de hacer películas”, ha declarado. “Pero descubrí que tan importante como hacerlas, era pensar el cine. Y la crítica enseña mucho”.

Había ahí una entrada posible. Otra fue la de David Vera-Meiggs, que estudió cine en la UC a principios de los 70, dirigió un filme inhabitual para esos años (Casas viejas) y desarrolló más tarde una extensa carrera en la docencia y la crítica.
Hay historia, entonces, pero da la impresión de que ahora hay más. Para comenzar, y a menos que uno sea un purista redomado, hay críticos en todas partes y no sólo en las tribunas del papel. Y hacer una película, por otro lado, no es necesariamente una aventura épica o imposible, habiendo recursos y estrategias que lo permiten sin que la vida se vaya en ello. Aun si la voluntad y la porfía deben ser las mismas de ayer y de anteayer.

Es lo que le pasó, por ejemplo, a Leopoldo Muñoz. Actual crítico de Las Últimas Noticias, pasó sus años en El Metropolitano y Qué Pasa registrándose a sí mismo y a su entorno. Cientos de horas se resumieron, finalmente, en Diario de vida, documental presentado en 2008 en el Festival de Valdivia. Su colega Andrés Nazarala, en tanto, fundió ficción y no ficción en Debut (2009), una mirada a Valparaíso, a su escena rock y a su bohemia, que hizo su primera aparición en el Sanfic de 2009. Comentarista de cine en La Segunda y editor de la revista electrónica Mabuse, Nazarala piensa que “escribir una crítica de cine es, de alguna forma, armar o reconstruir una película. Suena a pedantería, pero es un ejercicio inevitable que te puede llevar a comprender mecanismos y estructuras. De ahí a filmar hay sólo un paso que, en mi caso, no respondió a grandes pretensiones ni expectativas”.

Debut puede ser vista gratis por cualquiera que entre a cinepata.cl, cuyo fundador es un caso de estudio en estas lides. Alberto Fuguet fue crítico en Enfoque y en Wikén antes de ganar notoriedad internacional como escritor. Y hasta hoy desmenuza películas en revista Qué Pasa. Entre lo uno y lo otro, sacó adelante tres largometrajes: el primero (Se arrienda) no encontró buena recepción crítica, mientras el tercero, Música campesina, fue casi unánimemente aplaudido. El autor de Mala onda piensa que “ahora me evalúan mejor. No en el sentido de que encuentren que mis películas son mejores, sino que ya no me ven como un ex crítico de cine traidor que saltó la valla. Porque eso sentí con la crítica exageradamente negativa de Se arrienda. Hubo incluso un sitio que sacó tres críticas en contra. ¿Con una no bastaba?”.

De ida y vuelta

¿Sirve la crítica para hacer mejor cine? ¿Ayuda el escribir o hacer películas a ser un mejor crítico? Sobre lo segundo piensa Fuguet que sí, al menos en su caso: “Ahora soy mejor. Sin dudas. Ahora sé por qué una cinta es mala y no me compro el cuento de que le faltó dinero o más tiempo de postproducción, por ejemplo. Ahora sé que las cintas nacen malas o buenas y a veces se potencian en el camino o se extravían”.

La primera pregunta, en tanto, tiene respuesta afirmativa para René Martín. Egresado de comunicación audiovisual con mención en cine, ha trabajado en publicidad y ha sido asistente de dirección en películas como Azul y blanco, Cachimba y Quantum of solace. Y su más reciente incursión guionística se dio en Educación física, la lograda cinta de Pablo Cerda. Desde 2009 es crítico de La Tercera y piensa que esta experiencia “ha sido más bien positiva a la hora de escribir guiones. Por un lado, está el ver mucho cine con otros ojos, atento a lo que se hace y dice y cómo se hace y dice. Esto me ha llevado a estar atento a la hora de armar historias y hacer hablar a mis personajes”.

Pero hay más preguntas y aproximaciones que complejizan –y a veces desdramatizan– todo el asunto. “Nunca me hizo ruido la idea de que un crítico no pudiera ser un cineasta”, plantea por ejemplo Christian Ramírez, que escribe de cine en Capital y Artes y Letras, y que en 2010 estrenó en Valdivia Las horas del día, documental que tiene en su centro la figura y las canciones de Manuel García. Ramírez refrenda lo que alguna vez dijo Godard, en cuanto a que escribir sobre cine es de alguna forma “hacer cine”. Y que lo inverso ocurre con filmar: “Miradas con cierta distancia, las imágenes de los cineastas se convierten por sí solas en comentario y en crítica de otras imágenes u otros textos”.

No es evidente que los críticos se queden en la doble militancia. Tampoco que sigan el camino que adoptaron y abandonen el que habían tomado en primer lugar. Pero, numéricamente al menos, hoy son más los que temen menos a aventurarse. Y los hay que incluso cuestionan los vetos tácitos y formales que buscan separar aguas entre oficios enfrentados. Gonzalo Maza, que también es programador del festival valdiviano, que ha escrito para el docurreality Los Méndez y que fue hasta hace poco director del Fidocs, plantea que todo se reduce a los argumentos puestos sobre la mesa, no importando en lo medular quién los esgrime o a qué se dedica. Y remata aseverando que “las grandes películas y los grandes críticos aspiran más o menos a lo mismo: a resolver cierto misterio de la humanidad que no podemos traducir a palabras. Y cuando las películas conmueven, tocan por un minuto ese misterio”. Nazarala, acaso complementando, plantea que “la idea de agarrar una cámara y filmar es revolucionaria y cuestionable, pero contribuye a una democratización que me interesa. Creo que no sólo los periodistas deberían tomar una cámara, sino también dueñas de casa, mecánicos, etc.”.

Todo lo anterior ayuda a creer, por si hiciera falta, que la crítica y el cine local ya no son lo que fueron. También que ambos han ganado algo en su creciente contubernio. Y que hay que mirar con detención para ver cómo ha sido eso y cómo se avizora para los tiempos que vienen. •••