El director de Criteria Research sostiene en que el gobierno no ha logrado entender las demandas de la ciudadanía ni sus emociones. Advierte que los sentimientos que priman son la rabia y la esperanza. A su juicio, el Presidente Piñera debiera liderar un gobierno de transición pre estallido social a un nuevo Chile.
Fotos: Verónica Ortiz

  • 28 febrero, 2020

El sábado 1 de febrero, Cristián Valdivieso llegó a La Moneda. Fue convocado para participar en una reunión de comité político ampliado. El gobierno quería delinear su hoja de ruta del 2020 y el director de Criteria Research –que se dedica a los estudios de opinión pública– fue invitado a entregar sus reflexiones sobre qué fue lo que gatilló el estallido social del 18 de octubre y qué escenarios se visualizan a partir de los distintos sondeos de opinión.

Para Valdivieso lo medular de la crisis social es lo que él llama el “desacople entre la elite y la ciudadanía”. Y respecto de la distancia que la gente dice sentir con la clase política, dice que aquello sigue teniendo expresión en varios frentes de la coyuntura.

“Mi rol fue mostrar que lo que estamos viviendo desde hace mucho rato es una crisis de fondo entre las elites y la ciudadanía. O sea, hay una desconexión que venía de antes y que se mantiene”, señala Valdivieso al explicar que al comienzo de la protesta social, “buena parte de la elite seguía pensando que este era un problema de invasión extranjera, de alienígenas. Y seguían pensando que los que se habían saltado los torniquetes del metro, eran vándalos. No pudieron ver los mensajes que ese acto mostraba”.

-¿Y qué crees que se juega ahora en marzo?

-Hay mucha gente interesada en ponerle demasiado foco a marzo. Son los que tienen una agenda concreta para que el plebiscito sea inviable. Piensan que si se levanta la violencia, eso podría suceder. Entonces, claramente marzo será un mes complejo porque, además, la protesta social se va a incrementar. La gente no quiere que paren las marchas. Por lo tanto, el gran desafío del orden público lo tiene el gobierno. Ellos tienen todas las herramientas legales para hacerlo y tienen que hacerlo a como dé lugar.

“Claramente marzo será un mes complejo porque, además, la protesta social se va a incrementar. La gente no quiere que paren las marchas. Por lo tanto, el gran desafío del orden público lo tiene el gobierno”.

-Hay quienes están apostando al desgaste del movimiento social. ¿Eso no tendría asidero?

-La protesta social no se ha desgastado y, probablemente, va a volver con más fuerza en marzo. Es cosa de ver el Festival de Viña para ver cuáles son las reales emociones que están presentes.

-¿Qué crees que se ha desplegado en el Festival?

-En el Festival se ha vuelto a develar el alma pública de lo que hay en Chile y que tiene que ver con la demanda por disminuir las brechas de desigualdad. También vimos que hay una esperanza de que los cambios empiecen a gestionar de verdad.

-¿Eso lo deduces de la estela que dejaron Stefan Kramer y Mon Laferte?

-Ambos son figuras que han logrado entender el problema en el que estamos. Ellos pudieron empatizar con las emociones de la ciudadanía de mucho mejor manera que la clase política en general. Se hacen cargo. Le quitan pesimismo al momento porque están más conectados con la emoción de esperanza y optimismo. La ciudadanía quiere cambios efectivos y ven un camino en el proceso constituyente.

“En el Festival se ha vuelto a develar el alma pública de lo que hay en Chile y que tiene que ver con la demanda por disminuir las brechas de desigualdad. También vimos que hay una esperanza de que los cambios empiecen a gestionar de verdad”.

 

-¿Serán tan claras esas emociones?

-El ánimo del público en el Festival es: “No vamos a soltar la protesta social ni las demandas, pero queremos ser parte del proceso que se va a construir de aquí en adelante”.

-Pero también hay sectores que criticaron a Kramer porque tuvo un tono muy político…

-Yo diría que Kramer mostró la ontología de lo que está sucediendo y empatizó con el sentir de la mayoría. Hoy día el humor no está desconectado del proceso político. Esa cosa de querer separar las aguas es un error de la elite. Nadie en Chile puede quedarse al margen de lo que está sucediendo.

 

LAS EMOCIONES DE LA CALLE

-Has dicho que el “Apruebo” va a ganar. ¿Por qué estás tan seguro? La opción del “Rechazo” ha ido subiendo en las encuestas…

-Yo creo que el “Apruebo” va a ganar con una mayoría importante porque ya está instalada una idea medular, y es que esta Constitución está hecha a la medida de las elites, tanto de la derecha como de la izquierda. Aquí hay una impugnación al sistema político en general. Entonces, en la compleja crisis que estamos viviendo de representación, de credibilidad y de confianza, el cambio constitucional es para mucha gente, dar una señal contra la elite.

-Curioso porque, finalmente, fue la elite política la que abrió el camino constitucional, ¿no?

-Sí, pero a ojos de la gente ésta es una Constitución de los privilegiados para los privilegiados.

-Hay quienes dicen que habría un voto silencioso por el “Rechazo” y que eso podría abrir un nuevo escenario. ¿Lo crees?

-Hay un sector de la derecha que intenta darle contenido al “Rechazo”. Y es difícil darle un contenido positivo, porque rechazar es negarse a algo. En ese contexto, surge la expectativa de ponerle más fuego al miedo. Pero, por otro lado, la gente siente que las reformas no han llegado porque la elite no ha querido. Entonces, aunque las campañas del miedo siempre rinden, el “Rechazo” está totalmente desacoplado de las emociones que está experimentando la ciudadanía.

-¿Cuáles son esas emociones?

-La ciudadanía no está en el temor. Está mucho más conectada con la rabia por el tema de la desigualdad y con la esperanza de que cosas cambien. Entonces, la apelación al temor no tiene asidero. Reitero: tenemos una elite totalmente desacoplada con las emociones de la ciudadanía. Porque, además, en el escenario de que ganara el “Rechazo”, eso no va a descomprimir la olla a presión que tenemos.

-En esa línea, ¿la derecha que va por el “Rechazo” no le estaría haciendo un favor al gobierno en términos de que no calmaría las aguas?

-O sea… La derecha que está jugada por la imposibilidad de hacer el plebiscito, le está haciendo un flaco favor al gobierno. ¿A quién se le va a cargar la cuenta si es que plebiscito se complica o no se realiza? Para la ciudadanía el responsable será el gobierno, que es el encargado de resguardar el orden público.

-¿Dirías que hay un sector que tomó distancia de la suerte que corra el gobierno?

-Hay una derecha que no entiende que tener un plebiscito fluido, muy participativo y en el que la gente se sienta escuchada, permitirá canalizar la energía que hay en la movilización social. El plebiscito no va descomprimir ni va a arreglar todos los problemas, pero va a reencauzar las energías que están ahí. Pero, además, montarse sobre el proceso constituyente, es la única posibilidad que tiene el gobierno de redibujar una nueva promesa.

“La derecha que está jugada por la imposibilidad de hacer el plebiscito, le está haciendo un flaco favor al gobierno. ¿A quién se le va a cargar la cuenta si es que plebiscito se complica o no se realiza? Para la ciudadanía el responsable será el gobierno que es el encargado de resguardar el orden público”.

 

-¿Qué tipo de promesa?

-Una promesa asociada a su gestión de ser el gobierno que posibilitó la transición desde el Chile que teníamos hasta antes del estallido social a un Chile más igualitario.

-Un Presidente con una aprobación del 6%, ¿puede liderar esa transición?

-La desaprobación ya está en el suelo. No tiene mucho sentido preocuparse de puntos más o puntos menos. Creo que la pregunta, desde el punto de vista del gobierno, es ¿cuál es el convencimiento real que tienen respecto de las causas, los diagnósticos y de cómo gestionar la crisis? Y ahí volvemos a los desacoples.

-¿Por qué?

-Porque hay una tensión dentro del gobierno. Se impone la visión de que lo que está pasando es un asunto de orden público y vandalismo, pero no lo ven como un problema de desigualdad. Ambas cosas están dando vueltas. Pero desde el punto de vista de la mayoría de la ciudadanía, el problema es la desigualdad. Pero el gobierno no ha logrado resolver cuál es el foco del problema que estamos viviendo hoy día.

-¿Y debiera poner su foco solo en lo social?

-Creo que la posibilidad del gobierno de instalar una agenda social, es más viable en la medida que haya un proceso constituyente en curso. Simbólicamente, ese proceso va a permitir sentir que, de verdad, hubo una transición hacia un Chile mejor. Y lo digo porque hasta ahora la sensación es que seguimos en el mismo Chile.

-Pero el tema del orden social también inquieta a los sectores medios. ¿Realmente es un error poner el acento ahí?

-Mi impresión es que la ciudadanía quiere recuperar el orden público, pero jamás a costa de olvidar las demandas. Si la ciudadanía percibe que el gobierno no está realmente embarcado en redistribuir poder, en quitarle privilegios a los privilegiados de siempre, va a ser muy difícil resolver la crisis.

-Pero eso se le está pidiendo al conjunto de la clase política.

-Es verdad. Esa desconexión está instalada en la clase política en general. No han logrado aceptar el rol protagónico que tiene la rabia en la movilización. Y lo medular es la desigualdad. La experiencia inter subjetiva en cómo la elite mira la realidad versus como la mira la gran mayoría, es enorme.

-Dame un ejemplo de ese desacople…

-Mira, el 73% de la gente decía -antes del estallido social- que en los últimos 30 años había aumentado la desigualdad en Chile. La elite seguía el mantra de que la desigualdad había disminuido porque lo decía el Indíce Gini. Ese es un desacople enorme. Es objetivo que disminuyó, pero desde la experiencia subjetiva de la gente, la desigualdad aumentó.

-¿Y por qué esa diferencia entre lo objetivo o lo subjetivo?

-Porque sienten que el crecimiento favorece a algunos y no a otros. Y que cuando no hay crecimiento, los otros no son tocados y mantienen sus privilegios. El bajo crecimiento lo pagan los sectores medios. Segundo, venían sintiendo que el costo de la vida seguía subiendo y ellos estaban agobiados y endeudados. Y en tercer lugar, la gran mayoría suponía que este modelo de desarrollo los iba a sacar de la pobreza y que de verdad seríamos un país de clase media. Efectivamente, muchos valoraron eso hasta que vieron que su jubilación los llevaría a caer en la pobreza nuevamente y que sus hijos les dijeran que este modelo ya no servía. Esa es la olla a presión que explotó.

-¿Eso explica la rabia, la violencia?

-Veámoslo así: La gente entiende que es ilegal saltarse el torniquete, pero en algún momento se produce un punto de inflexión moral donde dicen: “Es ilegal, pero no me queda otra. Nos suben el pasaje del metro. Estamos con un costo de la vida altísimo, agobiados por las deudas, ¿y nos vienen a decir que somos vándalos?” Eso generó rabia y muestra, nuevamente, un tremendo desacople porque lo que había era desesperación, angustia y agobio por el costo de la vida. Pero no eran vándalos.

-¿Y dices que ese desajuste de visiones se mantiene?

-Sí, y mi preocupación es que se siga manteniendo. Porque es no entender que lo que se está jugando hoy día es la rabia por la desigualdad. Poner el foco en el desorden público es un correlato de la crisis que estamos viviendo, pero no es el fondo.

-¿Y cómo se sale de una crisis sin no hay líderes claros? El Presidente está con baja aprobación. Para qué hablar de liderazgos en la izquierda, de la derecha…

-Una opción es decir: “Este Presidente está inhabilitado para seguir gobernando porque en los hechos ya no tiene autoridad”. Entonces, llamemos a elecciones, porque el gobierno no tiene capacidad de seguir gobernando. Pero yo creo que eso es lo peor que le puede pasar al país. La gente no está pensando en quiénes son los líderes políticos para ser el próximo Presidente. La ciudadanía está con la energía puesta en la agenda social, en el cambio constitucional. Y yo creo que este gobierno debe ser el que permita la transición hacia un país distinto.

-¿Es posible hacer esa transición con alta desaprobación?

-Yo creo que el principal problema de legitimidad del Presidente Sebastián Piñera y de su gobierno tiene que ver con su manejo de la crisis. El gobierno no ha logrado deshacerse de su promesa original y cambiar la piel de verdad. O sea, si Piñera quería ser como Patricio Aylwin, esta es la oportunidad de hacer un gobierno de transición para pasar de un Chile desigual a un Chile que despertó.