• 25 enero, 2011


Hemos perdido la capacidad de ponernos en el lugar del otro, de sentarnos a conversar, de buscar soluciones desde la razón y de que prevalezcan el sentido común y el interés por el bien común por sobre el bien personal o el de un grupo.


El 1 de enero salí a las 7 de la mañana de mi casa a hacer deportes. El itinerario partía desde avenida Lyon con Irarrázabal hasta la cumbre del cerro San Cristóbal. Me llamó la atención la cantidad de adolescentes y adultos jóvenes que volvían a sus casas completamente ebrios. El panorama era dantesco. El suelo del San Cristóbal estaba lleno de botellas de alcohol. Un grupo de trabajadores preparaba la señalización propia de cada feriado y observaba cómo estos jóvenes ebrios la sacaban, la tiraban cuesta abajo y se reían.

Para qué decir cómo se mofaban de los cuatro o cinco madrugadores que subíamos en bicicleta o trotando. De terror. En Chile el alcohol ha tomado un excesivo protagonismo. Elocuentes técnicas de marketing lo asocian a relajación, a gozo, a placer; en definitiva, a todas aquellas experiencias que hoy se asocian a libertad. Sin embargo, detrás de su consumo excesivo se esconde un mal que corroe a nuestra sociedad: la falta de sentido de la vida y la necesidad de escapar de ella, de evadirse de la realidad. En Santiago, las botillerías están en cada cuadra. Todas enrejadas, especialmente en las noches, y todas con largas filas de jóvenes comprando. Pareciera ser que sin alcohol en exceso no hay diversión, no hay alegría. Pero detrás de cada borrachera se esconden un gran vacío existencial, una pobre visión de sí mismo, de los demás y de la sociedad.

Es evidente que este fenómeno, mucho más presente de lo que uno quisiera creer, hunde sus raíces en una sociedad que ha perdido el norte. Una exacerbada mirada economicista de la sociedad señala que el que vale es el winner, el que ha logrado hacerse de cierta fortuna y fama –esta es, sin duda, una causa–. Por otro lado, pretender erradicar a Dios de la esfera pública, llegando incluso a ridiculizar a quien se declara creyente, ha provocado que el horizonte de la comprensión del hombre y de la vida se juegue en un ámbito de pura libertad. Pareciera que la consigna es “la vida es esta y nada más y todo está permitido”. Es bien notable la forma en que ello ha provocado un individualismo extremo que ha llevado, incluso, a que algunas personas declaren que la codicia es un valor. Un país se mide realmente por la manera en que los ciudadanos se tratan entre sí. La fraternidad es el test para medir si una sociedad es auténticamente humana o no. Pareciera ser que estamos lejos de aquello y nos estamos conformando con no molestarnos ni toparnos los unos a los otros. De lejitos, mejor. Que cada uno haga su vida. Este camino es sórdido, pero a ello se nos está empujando. La evasión fácil de nuestro propio yo, nuestra propia subjetividad y libertad que manifiesta el consumo excesivo de alcohol son un grito desesperado para tener relaciones más humanas, más fraternas. Ello será posible solamente si pensamos en una nueva moralidad. Es decir en una nueva forma de relacionarnos.

Si observamos detenidamente los conflictos sociales en Chile y en el mundo, nos percataremos de que cada vez más se resuelven por la vía de la violencia. Es notable el nivel de virulencia que se percibe en las protestas, en la reivindicación de derechos, en el lenguaje, incluso el de aquellos que tienen responsabilidades públicas. Se hace valer el punto de vista personal como sea; incluso, recurriendo a la agresividad. Ello, porque hemos perdido la capacidad de ponernos en el lugar del otro, de sentarnos a conversar, de buscar soluciones desde la razón y de que prevalezcan el sentido común y el interés por el bien de todos por sobre el bien personal o el de un grupo. Es notable apreciar cómo los padres han perdido autoridad ante sus hijos, los profesores ante sus alumnos y los gobernantes, ante la población. La propia Iglesia ha percibido este fenómeno en aquellas personas que, después de haber bebido de su sabiduría, se declaran públicamente alejadas de ella o bien discrepan abiertamente de los legítimos pastores. Detrás de esta rebelión contra la autoridad en general se percibe una actitud adolescente propia de quien carece de pensamiento propio y de rumbo. Hoy más que nunca necesitamos en Chile una nueva clase intelectual. Urgen filósofos, teólogos, poetas, pensadores, auténticos humanistas que vuelvan a mostrar la belleza de la vida, que vuelvan a encantar a cada ciudadano de su existencia, que inviten a detenernos a pensar en la belleza insondable de cada ser humano que se presenta como un don, y no como una amenaza. Urgen profetas que nos recuerden el valor del ser en cuanto ser.

Sin duda alguna, el verano, cuando la actividad se aquieta y las tardes son más largas, se presenta como una oportunidad extraordinaria para meditar, para volver a recuperar el norte de nuestra propia vida, la que, está indisolublemente unida a Dios que nos creó, nos salvó, nos ama y nos invita a convertirnos en un don para los demás.