• 30 octubre, 2008

 

El problema urbano es una buena muestra de la desconexión de la política con la realidad. Seguimos enfrascados en temas electorales o en reformas constitucionales cuyos contenidos están añejos y trasnochados. Por Cristina Bitar.

 

La vulgarmente llamada “edad del pavo” es una época muy particular del crecimiento humano. La rápida extensión de las extremidades genera un desarrollo poco armónico y se aprecia una cierta torpeza en los movimientos de los adolescentes. Este tipo de crecimiento descontrolado es el mismo que están viviendo nuestras grandes ciudades; en particular, Santiago.

En los últimos días se ha venido debatiendo insistentemente sobre tres temas de alta preocupación para la comunidad: Transantiago, la extensión de los límites urbanos de la capital y el “colapso vial” que se generaría en el sector oriente, producto de la instalación de 25.000 nuevos estacionamientos en un área altamente congestionada.

¿Qué tienen en común todos estos asuntos? Actualmente, ninguno de ellos es coordinado ni planificado por una autoridad que se haga responsable y tenga la potestad de obligar a los distintos organismos públicos a actuar conforme a criterios socialmente óptimos.

En Transantiago aún no se construyen todos los corredores de buses comprometidos en el plan. Y claro, es el ministerio de la Vivienda el encargado de ejecutar esas obras, y su prioridad no está en el sistema de transporte público, sino en la construcción de viviendas sociales.

La extensión de los límites urbanos, actualmente en discusión, también la ve el MINVU, y poco considera que mayor extensión urbana significa más tiempos de desplazamiento de las personas, con los consecuentes costos sociales (congestión y contaminación).

Para qué decir lo que está pasando en “Sanhattan”, donde una serie de organismos, públicos y privados, con distintos intereses, se ven enfrascados en un enfrentamiento aparentemente sin salida y que va a terminar afectando a la calidad de vida de los santiaguinos.

Estos tres casos son ejemplos de un desarrollo urbano “adolescente”. Una ciudad que crece explosivamente requiere una nueva forma de coordinación. Sin embargo, el Estado se quedó atrás, con regulaciones y atribuciones obsoletas para lo que está pasando (¿alguien imaginó torres del tamaño de las que se están construyendo en Santiago, o la cantidad de corredores de transporte público y autopistas existentes cuando se diseñó el Estado actual?).

Es inexplicable que para definir el futuro de la ciudad de Santiago se tengan que reunir tres secretarios de Estado, en un comité de ministros con pocas atribuciones. Ellos deberían estar preocupados de los problemas de nivel nacional

¿Es justo que destinen gran parte de su tiempo a resolver los problemas de una ciudad en particular? El caso del ministro Cortázar es particularmente representativo. Está casi completamente agotado en solucionar las dificultades del Transantiago. ¿Qué tiempo le queda para las políticas de desarrollo de puertos, de seguridad de tránsito o de facilitación del transporte para el comercio internacional?

¿Qué esperamos para proponer soluciones descentralizadas, que permitan conciliar los diferentes objetivos e intereses apunten a políticas públicas eficaces para aumentar el bienestar social de nuestras ciudades?

Un ejemplo exitoso es el de Londres, donde existe la figura de un Alcalde Mayor electo democráticamente y que es responsable de la planificación urbana, el transporte público y los problemas de delincuencia, entre otros. El coordina, destina los dineros y establece los plazos para cada uno de los desarrollos en estas materias. La complejidad que están alcanzando nuestras grandes ciudades (Santiago, Concepción y Valparaíso) nos obliga a buscar soluciones similares, adaptadas a nuestra realidad nacional para resolver los problemas de los ciudadanos.

Se echan de menos, en la política, voces que inviten a salir del status quo y que miren por encima de las contingencias para buscar soluciones constructivas y de largo plazo para la conciliación del desarrollo con la calidad de vida de los chilenos. Esto requiere generosidad política para compartir cuotas de poder, que hoy son altamente valoradas por los distintos sectores. ¿Estaremos a la altura de las circunstancias?

El problema urbano es una buena muestra de la desconexión de la política con la realidad de hoy. Seguimos enfrascados en temas electorales o en reformas constitucionales cuyos contenidos están añejos y trasnochados, mientras estos temas, que verdaderamente tocan la vida de las personas y que apuntan a los problemas del desarrollo en el siglo XXI, ni siquiera son objeto del debate que merecen.