Nick Cave, quien para mi gusto efectivamente desborda fronteras creativas en la música, muestra en el documental El cerebro creativo cómo su proceso llega al máximo cuando se enfrenta al riesgo, cuando asoma la excitante línea de la vergüenza para decir “eso” que lo tiene “muy incómodo”.
Por: Ana María Raad, Antropóloga, experta en innovación y educación.

  • 20 junio, 2019

Hay quienes afirman que la creatividad es lo que nos hace humanos. Una refinada ingeniería que ninguna otra especie tendría y que debido a la forma como evolucionamos, nos permitió ampliar las interconexiones entre lo que “entra” y “sale” de nuestro cerebro. La explicación más sencilla de este punto la encontré en el documental de Netflix El cerebro creativo, en donde el neurocientífico David Eagleman, quien a estas alturas es todo un rockstar, describe en fácil cómo la creatividad es determinante para nuestra especie. Básicamente en donde una rata “ve” comida, conecta linealmente en su cerebro con la respuesta “comer”; en el caso de los humanos, debido al mayor espacio entre las regiones del cerebro y a múltiples conexiones que se producen, la comida no es solo un alimento, sino formas de comunicar, actos sagrados como el pan y el vino, incluso un espacio de poder doméstico.

Reconozcamos que la creatividad se puso de moda. Mientras los robots y la inteligencia artificial están transformando nuestra economía y nos repiten que el 75% de las tareas que hoy conocemos en 40 años más serán automatizadas, la creatividad aparece como el escudo que resiste a esa automatización. Esto no es nuevo. Hace ya una década IBM publicó una encuesta de 1.500 ejecutivos, en la que se señalaba que la creatividad era la competencia más importante para ser exitosos en el futuro. Claramente hoy su valor pareciera estar aumentando, pero más allá de la ecuación económica/productiva, está el carácter transformador que tendría. Básicamente porque si convenimos que el futuro no es algo dado y determinado, sino que se piensa y se diseña, entonces la creatividad es la que nos pone en la posición privilegiada como especie. El poder de imaginar nuevas respuestas, escenarios, es donde radica su valor indiscutible para el siglo XXI.

Temo que el camino para desarrollar la creatividad no es pura diversión ni confort; depende mucho de la capacidad de aumentar y capturar la mayor cantidad de estímulos, como olores, lecturas, emociones, vivencias, etc. Implica también buscar e insistir en respuestas nuevas, lo cual es un esfuerzo mayor que nuestro cerebro hace, porque obviamente se siente más cómodo y es más eficiente con lo conocido. Además, requiere empujar barreras, salirse de los bordes y ahí la incertidumbre y el statu quo reman en contra.

Nick Cave, quien para mi gusto efectivamente desborda fronteras creativas en la música, muestra en el documental cómo su proceso llega al máximo cuando se enfrenta al riesgo, cuando asoma la excitante línea de la vergüenza para decir “eso” que lo tiene “muy incómodo”.

De alguna manera todo esto implica poner en jaque varias concepciones, principios de poder, órdenes preestablecidos, que incomodan. Ese rasgo particular de nuestra biología (fuerza y variabilidad de conexiones neuronales) es en sí una herramienta poderosísima que socialmente genera una onda expansiva y que para algunos es necesario contener. Uno de quienes sospechan de la represión explícita hacia la creatividad es Brian Eno, músico, productor y colaborador de algunos de mis predilectos como U2, Coldplay, David Bowie o Peter Gabriel, quien además desarrolló durante los 70 un método al que llamó “estrategias oblicuas”, que básicamente son pequeñas tarjetas con indicaciones diseñadas para romper los patrones de pensamiento. A él lo escuché durante el festival del futuro, una de las ferias de ideas innovadoras más vibrantes de Londres y en donde habló sobre la necesidad de “minar” la educación tradicional. Apoyado por un retroproyector ochentero, con transparencias escritas a mano, propuso una línea argumentativa radical: el juego y la creación son la base de nuestro ser y lo que la educación de hoy hace sistemáticamente es reducirla. El llamado que aún resuena fue el de convencernos de que el cerebro nunca deja de cambiar y que tampoco dejamos de aprender, transformar y crear, pero que las estructuras, preconcepciones, instituciones e incentivos son determinantes de cuánto más o menos creativos podamos ser como individuos y como sociedad.