Una de las ideas que se repiten con cierta regularidad es que los gobiernos autoritarios son más eficientes en el momento de reaccionar en una situación como la actual, que requiere, entre otras cosas, las mismas restricciones a la libertad personal que ellos muchas veces imponen por razones políticas.
China, país origen de la pandemia, demuestra la falencias de este argumento. Es verdad que, dado el régimen legal y de derechos humanos, sumados a una cultura que ubica el bien común por sobre el individualismo, fue mas fácil imponer una cuarentena total en Wuhan. Se pudo, gracias a la planificación central, construir un hospital en dos semanas. A la vez, sigue siendo más factible controlar el movimiento de personas, la actividad económica y el flujo de información. Pero a la larga, esas “ventajas” no le ayudan ni a su país, ni al resto del mundo. Y no solamente China construyó un hospital en tiempo récord: el NHS británico armó un centro médico de 4.000 camas en nueve días.
La reacción tardía y poca transparente del gobierno chino durante las primeras semanas de la pandemia contribuyeron al sufrimiento de su propia población. Los problemas en el Instituto de Virología de Wuhan fueron notados por el Departamento de Estado estadounidense, según documentos publicados, hace por lo menos cinco años. La necesidad por parte de los gobiernos autoritarios de demostrar control y éxito a toda costa, dramáticamente representada en la teleserie Chernobyl, lleva a la acumulación de mentiras y disimulos que siempre, tarde o temprano, terminan cobrándose caro.
Pero China no es la Unión Soviética. Cuando explotó el reactor nuclear ucraniano, la URSS ya estaba en declive. El poder chino, pese a incidentes como el Covid-19, sigue en aumento. El ministro de Relaciones Exteriores del Reino Unido ha dicho que “no hay duda de que no podemos hacer negocios como siempre (con China) después de esta crisis”. Suena bien, pero la realidad es que, una vez pasada la crisis, el poder económico y político de China no se verán muy disminuidos, muy por el contrario. Ya hemos visto, de hecho, cómo ese país envía aviones a diversos países (incluyendo, dependiendo a quién uno le cree, a Chile) con donaciones de material sanitario.
Los cambios más bruscos se verán en otras latitudes. La respuesta estadounidense –una mezcla entre la falta de transparencia autoritaria, el laissez-faire gringo y la ausencia de comprensión básica del ocupante de la Casa Blanca– ha contribuido a que hoy sea ese país el más afectado por la pandemia. En cambio, Alemania, Corea del Sur, Israel o Nueva Zelandia parecen haberse comportado con más seriedad y responsabilidad, y cuestionan el futuro liderazgo de EE.UU.
De todas formas, para algunos es tentador concluir que para los desafíos complejos del futuro, las decisiones más bruscas, autoritarias y antiliberales son las correctas, las más exitosas. Es fácil decir que los nacionalistas –Trump, Orban, Bolsonaro y otros– tenían razón: que las fronteras eran demasiado permeables y que el comercio internacional ha debilitado la industria nacional. Sería el fin, según esta lectura, de la era del liberalismo.
Pero es una lectura equivocada. Las pandemias del pasado no ocurrieron porque los turistas volaban demasiado (aunque sí hubo una relación, ya en el siglo 14, entre las plagas y la Ruta de la Seda). Y hoy es más evidente que nunca que hay una serie de problemas –el calentamiento global, el narcotráfico, las pandemias– que necesitan colaboraciones internacionales. Como solía decir Gordon Brown, los problemas globales requieren soluciones globales. La mala y lenta respuesta al Covid-19 tiene mucho que ver con un sistema internacional debilitado, no con un exceso de “globalismo”.
Zoom es un invento de un inmigrante chino que se fue a California y extrañaba a su novia. El cofundador de Google es hijo de refugiados judíos de la Unión Soviética. Y de qué hablar de los miles de inmigrantes que trabajan en hospitales como doctores, enfermeros y personal de aseo. Y el aspecto más importante de esta respuesta vendrá desde los laboratorios de universidades y de la industria farmacéutica, que a la vez compiten por encontrar la pastilla mágica y colaboran de forma extraordinaria a través de la publicación de sus resultados (contrastando con el secretismo de los laboratorios chinos). La ciencia, basada en la investigación y la razón, resulta ser la piedra angular del liberalismo. Es cosa de comparar las teorías de conspiración y actitudes (anti)sanitarias de los iliberales para darse cuenta de que serán, más que las ideas, las actitudes liberales, las que nos mostrarán un camino al mundo post-Covid.