Bastó que René Cortázar entrara al gabinete –con su experiencia, con su aplomo ministerial y su larga trayectoria como dirigente fogueado de los viejos tercios de la Concertación– para que de inmediato se viera en su figura a un posible presidenciable. Su figura fue poco menos que un desafío que la cábala y la futurología […]

  • 6 abril, 2007

Bastó que René Cortázar entrara al gabinete –con su experiencia, con su aplomo ministerial y su larga trayectoria como dirigente fogueado de los viejos tercios de la Concertación– para que de inmediato se viera en su figura a un posible presidenciable. Su figura fue poco menos que un desafío que la cábala y la futurología política no perdió un minuto en procesar.

La proyección presidencial de Cortázar depende, por supuesto, del cumplimiento de condiciones que no son fáciles de lograr. La primera, obviamente, es, que se cubra de gloria en el Ministerio de Transportes y Telecomunicaciones, lo cual significa concretamente dejar andando como reloj el Transantiago en un plazo relativamente breve. ¿Digamos 60 ó 90 días? También podría ser importante, aunque a otra escala, que la decisión sobre la norma sobre la TV Digital que deberá adoptar su cartera en las próximas semanas –escogiendo la opción europea, la americana o la japonesa– no deje demasiados heridos en el camino. Sin embargo, hay otro factor todavía más importante para que Cortázar pueda proyectarse en términos presidenciales.

Ese factor concierne a su particular manera de plantearse en el escenario político. Por su forma de trabajar, muy poco mediática, por su aversión a los confl ictos frontales (de hecho, él es un gran forjador de acuerdos), Cortázar siempre actuó más como un operador que como un referente. Siendo un hombre muy infl uyente –ha sido por ejemplo un gran apoyo para la presidenta de su partido en los últimos meses y ahora era uno de los hombres fuertes de Cieplan– siempre ha preferido el bajo perfil. No es de los que dice mucho en las entrevistas. No es de los que se sienta cómodo haciendo planteamientos provocativos y frontales. Instintivamente prefi ere rescatar aquello en lo que hay acuerdo que remarcar aquello donde hay desencuentro. En pocas palabras, es de los que prefi ere infl uir que liderar. Y este rasgo, siendo por supuesto no solo respetable sino también muy útil en la función pública, es poco marketeable a la hora de calificar como político de estatura presidencial.