UNO «¿Encontraría a la Maga? Tantas veces me había bastado asomarme, viniendo por la Rue de Seine, al arco que da al Quai de Conti, y apenas la luz de ceniza y olivo que flota sobre el río me dejaba distinguir las formas, ya su silueta delgada se inscribía en el Pont des Arts, a […]

  • 9 septiembre, 2013

Rayuela - Los detectives salvajes

UNO

«¿Encontraría a la Maga? Tantas veces me había bastado asomarme, viniendo por la Rue de Seine, al arco que da al Quai de Conti, y apenas la luz de ceniza y olivo que flota sobre el río me dejaba distinguir las formas, ya su silueta delgada se inscribía en el Pont des Arts, a veces andando de un lado a otro, a veces detenida en el pretil de hierro, inclinada sobre el agua». (Rayuela, Julio Cortázar. 1963)

DOS

El año es 1990 y el lugar, el patio de cualquier universidad chilena, cerca de alguna facultad de Letras o Comunicaciones. Los personajes que conversan son similares. Visten parecido, no pasan de los 22 años y a lo más están en segundo de sus respectivas carreras. Son jóvenes, tienen hambre de vida y persiguen todo lo que les parece emocionante, lo que los sacude por dentro, lo que les pega una cachetada de aire nuevo. Es invierno, porque no puede ser otra estación que invierno, hace frío, hay nubes pesadas en el cielo y aunque no llueve es obvio que con el caer de la tarde se largará un aguacero sobre la ciudad. Fuman y hacen correr un vino en caja. No hay mujeres en el círculo, porque no puede haber mujeres. Y no es que sean machistas, es que así es la geometría de su presente, de otra forma no funciona. Uno de ellos lee un poema que escribió la noche anterior.

-Porque no puedes ser otro color que el gris –termina de declamar.

Todos se quedan en silencio, sonríen; uno de ellos levanta la caja de vino y brinda.

-Salud, compañero.

El resto lo imita.

-¿Es para la Andrea, verdad?– pregunta otro de los comensales.

-Mi Maga –responde el poeta y luego recita la primera frase de Rayuela. Otro continúa con la segunda y así se van turnando hasta que terminan en la última línea del primer párrafo de la novela publicada por Julio Cortázar en 1963 y que para cuando ocurre esta escena lleva impactando a más de tres generaciones de lectores. Todos ellos la han leído, pueden recitar más fragmentos que sólo el primer párrafo, y la mayoría ha entendido que alrededor del puzle fraguado por Cortázar, no hay más que una linda historia de amor, que quitando las toneladas de necesarias frases de más no hay nada más simple que la más simple de las historias de amor.

-Tenemos que ir a París –dice uno de los muchachos.

-Primero a Buenos Aires y luego a París –subraya otro.

-Sólo a París y hacer el tour de Oliveira y buscar nuestras Magas… Y escribir, escribir y escribir.

-Hay que vivir de algo.

-Podemos vender poesía en la calle –completa el más delgado del grupo, con una inocencia a la que le quedan pocos años.

-Salud por Horacio –levanta la caja de vino el que se está quedando calvo.

-Tengo una teoría –agrega otro de los invitados, justo cuando empiezan a caer las primeras gotas.

-Que esta ciudad ¿nunca será como París? –bromea su amigo.

-No, que en rigor, Oliveira jamás encontró a la Maga, aunque luego lo escriba; que todo es un invento, una trampa argumental que pone Cortázar en el libro, porque en el fondo ni la Maga ni el resto de los personajes importa, ni siquiera París. Todo es un sueño, o una invención conceptual… no sé, como en La noche boca arriba. Por eso la primera frase, “encontraría a la Maga”, porque en el fondo no hay nada que encontrar, salvo a uno mismo.

Y todos se quedan en silencio. Y uno de ellos dibuja en el suelo la silueta de una “rayuela”, de un “luche”, que en el fondo es un juego que funciona como ascensión al cielo.

-Salud –insiste otro de ellos, mientras mira a una chica guapa que sale del edificio de la facultad y lo saluda antes de perderse entre el resto de los estudiantes.

-Todos tenemos una Maga que encontrar –dice, mientras se levanta y se despide.

-Te vas tras una mujer –se burlan varios.

-No, son las seis de la tarde, tengo taller literario  –explica.

Toda generación tiene un libro que la sacude y acá en Chile, quienes caminan pasado los cuarenta y cincuenta no pueden… mejor dicho, no podemos deshacernos de Rayuela; aunque tratemos, siempre regresa. Y es verdad, con el paso de los años uno entiende que es una obra fallida, casi matemática, oportunista incluso y mucho más sencilla de lo que todos creímos cuando la leímos por primera vez. De hecho, dentro de la narrativa cortazariana está lejos de ser uno de los puntos cumbres; cualquier cuento de Bestiario o Todos los fuegos el fuego es mejor. La puntería de Cortázar en Casa tomada o el orden desordenado de La vuelta al día en 80 mundos le gana a la aventura moral de Oliveira y sus amigos, pero Rayuela tiene algo de lo que carecen los otros: es literatura juvenil.

TRES

Lo dijo hace dos semanas el escritor Gonzalo Contreras en una entrevista publicada en El Mercurio, a propósito de la pronta aparición de Mecánica celeste (si me permiten, qué gran título), su quinta novela y el quiebre de un silencio literario de nueve años. En la nota periodística, el autor de La ciudad anterior presenta una visión crítica de Roberto Bolaño. Habla de una moral apocalíptica, que en sus seguidores podría traducirse en una nula búsqueda de belleza. Acaba Contreras asegurando que de aquí a veinte años los libros de Bolaño estarán en la sección de literatura juvenil de las librerías, al igual que Moby Dick.

Quizás debió agregar: como Córtazar, en lugar de Melville. Ahí las coordenadas son similares, partes de una misma ecuación, sobre todo cuando se hace el paralelo entre Rayuela y Los detectives salvajes, con ventaja la novela más fundacional (pero no la mejor, para mi gusto) de la bibliografía bolañesca, la que más sacudió a una generación, la que pegó un puñetazo más fuerte, la que en definitiva hizo de jóvenes lectores, adultos lectores y también adultos escritores.

Debiera recordar Contreras cuánto costó a su generación alejarse del fantasma cortazariano, esa imagen de la mujer construida como realidad etérea, imposible. Aproximadamente el humo, segundo cuento de su debut La danza ejecutada (gran volumen de relatos), es una construcción rayueliana de forma y contenido. Y no hay nada malo en eso, todo lo contrario. Es lo que ocurre con las novelas totales, ésas que traspasan la frontera de la lectura pasiva y se hacen verbo, acción, desafío. Que te hacen cambiar, querer conocer el mundo. O escribirlo.

CUATRO

Un poco de teoría. Lo que sigue lo apunta con detalle enciclopédico Ruben Galve-Rivera, doctor en Literatura Hispana de la Texas Tech University, en un paper llamado La novela total, que es fácil de conseguir completo en PDF, escribiendo el nombre del autor y el título en Google. “La novela total, término acuñado por Vargas Llosa y que emerge en los escritores del boom latinoamericano, supone una ruptura radical con el canon de escritura realista propio de la novela decimonónica. Rayuela y Los detectives salvajes y sus deconstrucciones paradigmáticas ejemplifican la renovación estilística y argumental de la narrativa latinoamericana, y cuyo producto definitivo es la ‘novela total’. En ambas obras la fuerte implicación del lector hace que éste deje de ser un ente pasivo, respaldando la teoría del reader-response por la cual el significado nunca es inherente sólo al texto. Es decir, no se presenta una obra perfecta y acabada, sino que es el lector el que debe desentrañar los múltiples niveles y referencias que la integran. En un ejercicio de meditación metafísica e historiográfica, y narcisismo narrativo… La suma de novelas rosas, policíacas, épicas, filosóficas, e históricas que encontramos tanto en Rayuela como en Los detectives salvajes, las convierte en última instancia en un borgiano Aleph, a partir del cual es posible vislumbrar todos los aspectos que proporcionan el sentido de la vida al hombre. El resultado es la novela total, un subgénero en sí mismo”.

CINCO

El año es 2000 y el lugar, el patio de cualquier universidad chilena, cerca de alguna escuela de Literatura o Periodismo. Los personajes que conversan no pasan de los 22 años. Fuman y hacen correr un cerveza de a litro. Uno de ellos lee un cuento que escribió la noche anterior.

-Y me pregunto si acaso hay algo más en el fondo de tus ojos… pero sólo veo una luna opaca, o tal vez sea un planeta desierto –termina de leer.

Todos se quedan en silencio, sonríen; uno de ellos levanta la cerveza y brinda.

-Salud.

El resto lo imita.

-¿La chica es la Ale, verdad? –pregunta otro de los comensales.

-No, no es ninguna. De hecho ni siquiera es una mujer –responde el autor del cuento y luego recita el primer párrafo de Los detectives salvajes, novela que todos ellos han leído hace poco y que los cambió para siempre. Es corto, no más de tres líneas. Sus amigos sólo sonríen, uno de ellos lo repite y agrega.

-No somos nada.

-Ni Arturo Belano ni Ulises Luna –suma otro.

-Ni siquiera Bolaño.

-Menos Bolaño.

-¿Qué nos queda entonces?

-Escribir, sólo escribir. Ya estamos viejos para pensar en irnos a París o Barcelona –contesta otro de los amigos.

Ninguno de ellos está en un taller literario ni jamás pasarán por uno. Sólo les basta con leer y escribir. Lo más probable es que dentro de tres o cuatro años uno de ellos publicará su primer libro de cuentos, o su primera novela. Lo más probable es que dentro de tres o cuatro años, tendrán claro que 2666 es superior a Los detectives salvajes, que en Estrella distante hay más empatía o que incluso El Tercer Reich es harto más compleja, pero eso no importa. No importó entonces, tampoco ahora.

SEIS

«He sido cordialmente invitado a formar parte del realismo visceral. Por supuesto, he aceptado. No hubo ceremonia de iniciación. Mejor así». (Los detectives salvajes, Roberto Bolaño. 1998) •••