Hablar de una mera victoria de Correa es mezquino. Lo suyo fue una masacre. Sus partidarios llamaban a terminar el trámite en “una sola vuelta”, cuestión que parecía difícil con 8 candidatos en competencia. Sin embargo, el actual mandatario ecuatoriano obtuvo el 56,7% de los votos. Es más, la ley electoral señala que con sólo […]

  • 8 marzo, 2013
Rafael Correa

Rafael Correa

Hablar de una mera victoria de Correa es mezquino. Lo suyo fue una masacre. Sus partidarios llamaban a terminar el trámite en “una sola vuelta”, cuestión que parecía difícil con 8 candidatos en competencia. Sin embargo, el actual mandatario ecuatoriano obtuvo el 56,7% de los votos. Es más, la ley electoral señala que con sólo 40% de las preferencias y 10 puntos porcentuales sobre el más cercano competidor, no es necesario el ballotage. Guillermo Lasso, el segundo más votado, obtuvo apenas un 23,3% de los sufragios. La diferencia fue brutal. El triunfo del correísmo también fue absoluto a nivel parlamentario: 95 asambleístas de un total de 137.

1. Las razones de la paliza

Hay tres argumentos definitivos para explicar la aplanadora de Rafael Correa y su Alianza PAIS. El primero se concentra en los atributos personales del presidente-candidato. Correa no se ganó el cariño del pueblo ecuatoriano de la noche a la mañana. Ha sido un proceso de conquista y seducción que ya lleva 6 años en marcha. Se trata de un gobernante indiscutiblemente carismático, que combina una alta dosis de credibilidad, elocuencia oratoria y dotes de rockstar andino, hasta factores tan veleidosos como el voto hormonal. “Termina Correa, comienza Rafael” tituló un semanario político, haciendo alusión al vínculo de intimidad que generó el ecuatoriano con el electorado. Sus afiches publicitarios enfocaron la campaña desde ese activo simbólico: “Ya tenemos presidente, tenemos a Rafael”. Aunque al comenzar su travesía política no era más que una apuesta en un mar de trucos fallidos y esperanzas truncadas, a pocos meses de cumplir 50 años, Correa pasa por su mejor momento político personal. Tan fuerte fue su impronta que inconscientemente la gran mayoría entendió esta elección como un verdadero plebiscito a favor o en contra de la figura del presidente en ejercicio, antes que una auténtica contienda programática. De esto último hubo poco y nada.

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El segundo argumento emerge al revisar la historia reciente del Ecuador. Los 10 años previos al ascenso de Correa –en enero de 2007– vieron desfilar a 6 mandatarios diferentes. Esta inestabilidad política endémica llegó a su fin de la mano de este joven economista que, guste o no guste, al menos tiene en mente un proyecto político y una idea país de contornos definidos. El punto de partida refundacional fue la aprobación en 2009 de la llamada Constitución de Montecristi (que entre otras cosas sirvió, a-la-Pinochet, para reelegir automáticamente a Correa por 4 años más), verdadero puntapié inicial de la cacareada “Revolución Ciudadana” que tanto entusiasma a la mayoría de los ecuatorianos. En lo central, se trata de un manifiesto que reivindica el protagonismo del Estado por sobre el mercado, y de la bandera abstracta del bien común por sobre la iniciativa individual y las libertades personales. Los adversarios del presidente nunca pudieron levantar un discurso capaz de rivalizar con el proyecto correísta, que además abusa inteligentemente de una jerga patriotera perfecta para encender corazones nacionalistas.

La tercera razón es la que algunos llamaron el “voto agradecido”. Correa ha sido efectivo y eficiente en los años que ha ostentado el poder. Su gobierno exhibe innegables resultados en áreas como infraestructura, salud y educación. La economía vive un momento propicio gracias al precio del petróleo, tan determinante como el cobre para Chile. En los peores años de inestabilidad el barril se cotizaba en 8 dólares, subiendo a 60 el año que Rafael Correa ascendió a la primera magistratura y llegando a 100,6 dólares el año recién pasado. Estos fuertes ingresos le permitieron al sector público ecuatoriano incrementar notablemente el gasto y la inversión, la cual se ha triplicado desde el 2006. Así, el producto interno crece, el desempleo baja y la inflación se mantiene a raya. La pobreza, cuestión central en el discurso correísta, también ha experimentado una significativa baja porcentual gracias a una agresiva política de subsidios y bonos a las familias más vulnerables. Los sectores tradicionalmente marginados, en especial los grupos indígenas, también han sido visibilizados desde la narrativa del nuevo poder. Todo esto le ha valido extendidos aplausos y ayuda a comprender el fenómeno de su altísima popularidad.

2. Las áreas sensibles

A pesar de las razones recién reseñadas, existen aspectos preocupantes en el despliegue político de Rafael Correa y su entorno. Me concentraré básicamente en dos: un excesivo paternalismo y un creciente autoritarismo.

Como muchos gobernantes latinoamericanos, el presidente del Ecuador a veces se conduce como un padre preocupado por el bienestar de sus hijos antes que como un presidente con un mandato constitucional acotado. Llama especialmente la atención que uno de los temas de campaña fuera la polémica prohibición de vender y comprar alcohol los días domingo. En efecto, el gobierno de Correa decretó que el séptimo día de la semana debía estar dedicado al descanso, al recato y a la comunión familiar. Como todo régimen moralista, en lugar de educar a la población en el ejercicio de su libertad, el filo-bolivarianismo ecuatoriano optó por restringir el derecho de comerciantes y consumidores (sufrí en carne propia esta medida cuando asistí a un bar en la ciudad de Cuenca para ver un partido de la selección chilena Sub-20, y tuve que resignarme a un café). Ejemplos de este tipo hay varios, en todos los cuales el gobierno actúa sobre la voluntad de los ciudadanos en la convicción que conoce mejor que ellos la receta de su “buen vivir”, garantía que incluso tiene consagración constitucional. Por supuesto, como en todos los lugares donde esto se intenta, no hay realmente una superación moral o ética del pueblo. La Revolución Ciudadana no produce sudamericanos más virtuosos. Por el contrario, la experiencia del turista puede ser amarga en estos lares cuando toca ser víctima de la mentira, la irresponsabilidad o la incompetencia. El resto es chauvinismo parroquial.

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El segundo gran problema de Correa lo asemeja a su colega Hugo Chávez. Su epidermis es demasiado sensible para aceptar la crítica y saca a relucir el mejor repertorio autoritario cuando se trata de callar a la disidencia. Un botón de muestra: en enero recién pasado el presidente se cansó de las observaciones que le hacía un interlocutor vía Twitter y por la misma vía (@MashiRafael) ordenó a la Secretaría Nacional de Inteligencia “investigar a ese malcriado”. Lo mismo hizo con otros dos usuarios cuyas cuentas fueron cerradas a las pocas horas. Sabemos que la tolerancia cívica no ha sido la característica más sobresaliente del socialismo del siglo XXI. El lenguaje de enemigos que se instaló en la política ecuatoriana no ha llegado a los soeces extremos venezolanos, pero se le acerca. Los medios de comunicación opositores a Rafael Correa han vivido tiempos difíciles y saben que lo que viene por delante puede ser peor. Algunos creen que el poder omnímodo que acaba de conquistar el oficialismo disminuirá los niveles de confrontación como una señal de madurez política –o bien porque ya no quedan muchos adversarios de cuidado– pero lo cierto es que Correa ha anticipado que su próximo objetivo será arremeter contra lo que él entiende como una expresión burguesa y antipopular de la libertad de prensa y expresión.

3. La renovación de los actores

Los partidos tradicionales de Ecuador sufrieron una debacle en las últimas elecciones. El ex presidente Lucio Gutiérrez obtuvo apenas el 6,6% de los votos y su Sociedad Patriótica capturó sólo 6 escaños de la asamblea. El PRIAN se quedó fuera del parlamento y su sempiterno candidato –el millonario Álvaro Noboa– tuvo la más baja votación de sus cinco postulaciones presidenciales (3,7%). El Partido Roldosista del controvertido ex presidente Abdalá Bucaram presentó como candidato a un pastor evangélico que prometió terminar con los conciertos de rock y con suerte se empinó sobre el 1% del total. El electorado castigó duramente la vieja “partidocracia” denunciada por Correa y, por el contrario, abrió la ventana de nuevas opciones políticas. La del propio presidente, para empezar. Frente a ella, una auténtica nueva derecha liderada por sublíder de la competencia, Guillermo Lasso. Rafael Correa dio la bienvenida a esta nueva agrupación (“CREO”) por considerarla una derecha propiamente ideológica y no capturada por intereses clientelares u oportunistas. Los analistas especulan sobre la conveniencia de este bipartidismo: a Correa le interesa tener una oposición visible y civilizada pero que a la vez carezca de caudillos carismáticos y que sea fácilmente caricaturizable (el mismo Lasso es un connotado banquero). Pocas semanas atrás, al ser interrogado sobre sus similitudes con la derecha de Juan Manuel Santos o Sebastián Piñera en la región, Lasso se diferenció sosteniendo que ambos mandatarios mantenían un “silencio cómplice” y “poca personalidad democrática” frente a los atropellos al Estado de Derecho en la vecina Venezuela. Sin embargo, esta nueva derecha –a la que podría sumarse el capital de la joven promesa Mauricio Rodas, que se quedó sorpresivamente con el cuarto lugar con un 4% de los votos– todavía no es una alternativa real de gobierno. Continuando con la analogía bolivariana, está aún en una etapa pre-Caprileana de conformación.

Y al otro lado del espectro, ¿existe izquierda más allá del hegemónico correísmo? Poca y nada. Su ex colaborador Alberto Acosta intentó unir a todos los grupos radicales y frustrados de la tibieza del presidente, pero alcanzó un desilusionante 3,2%. Más abajo quedó el interesante Norman Wray del colectivo “Ruptura” (el ME-O ecuatoriano, como le escuché a un amigo chileno residente en Quito) con un escuálido 1,3%. El drama para ambos es la tentación de sus huestes de regresar al redil oficialista en busca de alguna apetecible cuota de poder. El mapa de fuerzas que se configura en Ecuador es novedoso respecto de los actores y da cuenta de una genuina renovación política que en cuestión de años ya entra en tierra derecha.

4. Lo que viene

Correa, como Chávez, es un fenómeno político que nace de la ineptitud e indolencia de la oligarquía local para administrar el poder en paz y justicia. Es el grito de revancha de los postergados y en ese sentido, su relato es redondo. El contundente espaldarazo electoral que acaba de recibir es un cheque abierto para pasar de la poesía a la acción. Como ocurre pocas veces, el gobernante ecuatoriano tiene el camino despejado para dibujar el país que tiene en mente. La primera medida no se hizo esperar; hace pocos días el periódico opositor “El Universo” tituló “Por decreto, Gobierno dicta control de precios”. El diario estatal “El Telégrafo” moderó la información hablando sólo de “precios de referencia” para una cincuentena de productos básicos. Independiente del énfasis, la orientación es clara: menos libre mercado, más planificación central. Correa no se da vueltas de carnero y tiene todas las de ganar. Entre otras cosas, porque entendió a la perfección la importancia de contar con una máquina propagandística aceitada. En todos los rincones del país se anuncian las obras y progresos de la Revolución Ciudadana. Muchos de estos afiches y carteles se confundían sutil pero intencionadamente con la profusa publicidad de campaña del candidato Correa. El Consejo Nacional Electoral –compuesto por figuras proclives al régimen– consideró que el agresivo despliegue comunicacional del gobierno de los últimos meses no constituía campaña propiamente tal aunque el parecido fuera evidente a los ojos de cualquier espectador. De esta manera, Rafael Correa inaugura sus últimos 4 años –no se repetiría el plato, según sus propias declaraciones– en un auspicioso escenario de poder casi incontrarrestable. •••