Esas vacaciones en Europa las estaba planeando desde agosto de 2019. Jamás hubiera imaginado que meses después, aquel viaje cerraría con un examen de coronavirus en Chile. Esta es la crónica de una travesía rodeada de mascarillas, alcohol gel y un virus llamado COVID-19.

  • 5 marzo, 2020

Al llegar al aeropuerto Barajas en Madrid un jueves 6 de febrero, el panorama no daba de qué preocuparse: se veía una que otra persona usando mascarilla, pero se podría decir que la proporción era equivalente a la que vi antes de partir cuando llegamos junto a mis hermanos y mi cuñada al terminal Nuevo Pudahuel.

Un par de viajeros se tapaban la boca en la fila para tomar el vuelo IB6832 Iberia con destino a la capital española, pero yo sinceramente pensé que serían más. A pesar de estar lejos de tener un caso de COVID-19 en nuestro país, me imaginaba que aquella “protección” –que más adelante dejó de ser una recomendación para los no infectados– sería más común. En la fila para pasar por Policía de Investigaciones, los oficiales contaban con mascarillas del tipo Nº95. Resultan algo intimidantes, debo reconocer. Tienen mayor duración, forma redonda, una textura más firme y una especie de rejilla que permite que el calor de la boca salga al exterior. Tiene ese nombre por el 95% de efectividad que garantiza.

Durante mi estadía en Madrid, nunca oí hablar del coronavirus. Eso a pesar de que ya había casos de contagio. Jamás vi mascarillas o dispensadores de jabón gel. Incluso hubo un día, almorzando fuera del estadio Santiago Bernabéu del Real Madrid, en que miré televisión por al menos 50 minutos y jamás se mencionaron a China, el coronavirus o las precauciones a tomar.

Durante un par de semanas recorrimos Portugal y el coronavirus se borró de nuestras mentes. Pasé por Sevilla, Granada, Córdoba, Toledo y los pueblos blancos del sur de España. Al regresar a la capital española, el 22 de febrero, el virus ya estaba en boca de todos.

Mi vuelo a Roma duró más de dos largas horas. Un numeroso grupo de estudiantes españoles, entre 15 y 17 años, que viajaban a una gira de estudios, se jactaban de sus mascarillas, se tomaban selfies con ellas y gritaron durante todo el vuelo. Incluso aplaudieron al aterrizar. Qué pesadilla.

Al llegar a Italia nos esperaba el primer control de temperatura. Divididos en grupos, ingresamos a una cámara transparente –como las que hay en el aeropuerto de Atlanta, Estados Unidos–. Luego, autoridades italianas nos entregaron un instructivo que ahora ya es bastante conocido: lavarse las manos por más de 20 segundos, toser tapándose la boca con el codo y estar atento a los síntomas.

Alojé en un hostal llamado The Yellow, en vía Palestro, cerca de Termini en Roma. Ahí nadie usaba mascarillas, pero el tema del que más se hablaba era del famoso virus. Sobre todo entre los chilenos. Como dicen por ahí, “siempre hay un chileno”. En aquel hostal éramos unos 15. Comíamos juntos y salíamos al bar que quedaba cruzando la calle. De lo único que conversábamos era de medidas cautelares, problemas en el transporte y la reciente cancelación del Carnaval de Venecia. Dos compatriotas de 24 años, provenientes de Chillán, habían decidido regresar desde la ciudad flotante debido a la suspensión de actividades que tenían programadas, pero también por temor.

La primera noche en Roma, conocí a Ignacia y Agustina, dos primas chilenas de 23 y 24 años. Ambas viajaban a Milán después de su estadía en la capital italiana. Estaban asustadas, ya que iban al epicentro del brote de la enfermedad en Italia. Pensaron cancelar la visita, pero su tren a Suiza partía desde aquella ciudad y no tenían más plata para comprar otro pasaje. Decidieron viajar protegidas, quizás demasiado, me confesó una de ellas días después.

En el ojo del huracán

Agustina e Ignacia viajaron a Milán con la idea de no salir del hotel. Durante sus traslados en metro ambas usaron guantes de látex y mascarillas, y comenzaron a sentir que estaban tomando más precauciones de las necesarias. Al llegar al Hotel Milán Vintage, un hombre indio que las recibió en la recepción se rió de ellas. “Está todo bajo control, la próxima semana abrirán los colegios de nuevo”, les dijo disimulando su evidente mofa. “Bueno, quizás tú te vas a contagiar”, le respondieron ellas.

Se dirigieron al clásico Duomo de la ciudad, que se encontraba cerrado como medida cautelar. Pero caminando por el sector se dieron cuenta que no existía la histeria que vivieron en Roma y que tampoco veían muchas mascarillas. Al día siguiente, tomaron un tren con destino a Suiza. Al realizar una parada en el pueblo Domodossola, a unos 30 kilómetros de la frontera con el país vecino, un grupo de personas las apuntaron y se rieron de ellas por su mascarilla y sus guantes.

“Era como si nada estuviera pasando. En Suiza tampoco hubo ningún tipo de control”, me contó Agustina y agregó que: “Quedamos impactadas porque no había protocolos. En Roma había más pánico, pero nunca cerraron el Vaticano, por ejemplo”. “Los turistas eran los más preocupados”, complentó Ignacia. Días más tarde de su paso por Milán, el gobierno italiano anunció nuevamente el cierre de todas las universidades y escuelas del país para evitar la propagación del COVID-19.

Cuna del renacimiento

El 27 de febrero, tomé un tren de alta velocidad a primera hora de Roma a Florencia. No había consultado por mascarillas ya que se comentaba que solo los contagiados debían utilizarlas. Sí llevé un jabón gel que compré en Toledo, España. Más adelante, de tanto usarlo, tuve que comprar una crema de manos por la sequedad que el alcohol produjo a mis nudillos.

Al llegar a Florencia, los rumores se intensificaron. Incluso, recibí un mensaje de Enrique, un mexicano que conocí porque trabajaba en el hostal de Roma. Él estaba muy enfermo, al igual que un grupo de unas 15 ó 20 personas que también trabajaban ahí. Los habían aislado y fueron visitados por un doctor.

La capital de La Toscana se encuentra en una región que no es foco de contagio, pero que está cerca de límite norte de Italia, zona más riesgosa. Después de dejar mis maletas en el hostal The Plus, caminé quince minutos a la catedral Santa María del Fiore. El día estaba nublado y habían anunciado lluvia a partir de las 18:00 horas. Meses antes, compré entrada para subir los 463 escalones del Duomo de la Iglesia y apreciar desde la altura la vista a la ciudad de techos rojos, cuna de artistas renacentistas como Rafael, Miguel Ángel y Leonardo Da Vinci.

En la fila, por el costado del templo, me encontré con una familia de chilenos. Eran siete y viajaban por vacaciones. La mayoría tenía el pelo colorín y todos usaban mascarillas. Me sentí algo irresponsable, ya que sabía que las escaleras eran angostas, en un túnel cerrado y por lo mismo el riesgo de contagio era mayor. Al mismo tiempo pensé que quizás estaban exagerando. Conversé con ellos e incluso le regalé un paracetamol a la mamá de la familia que estaba con dolor de cabeza. Habían viajado a otros países de Europa como Francia, pero solo decidieron utilizar mascarillas en Italia.

Esa tarde, caminando bajo el paraguas, pasé a un supermercado a comprar unas cervezas. Justo al lado, había una farmacia. Entré a buscar una mascarilla para usar en el aeropuerto de regreso a Madrid.

-“¡Ciao! ¿Tiene mascarillas? Do you have any mask?”- le pregunté al farmacéutico.

No pasaron ni dos segundos y empezó a retarme en italiano. Le entendí bastante bien, a pesar de la exaltación propia del idioma y de su evidente enojo. En resumen, él consideraba que todo era producto de una histeria colectiva, me dijo que no iba a encontrar máscaras en toda Florencia porque la gente estaba actuando en base al pánico y que los médicos y enfermeros iban a peligrar por nuestra culpa ya que se extinguiría este importante recurso.

Me reí, pero le encontré algo de razón.

Cuando salí del local me gritó: “Don’t worry be happy, señorina!”.

Pasé por tres farmacias más al día siguiente. En la última, logré encontrar máscaras pero, debido a la escasez, solo vendían de manera individual: nada de llevarse la caja completa.

En el aeropuerto de Florencia la única usando mascarilla era yo. Eso me dio vergüenza. ¿Estaba sembrando el pánico? Decidí dejármela puesta de todas maneras. En el avión, me senté en el pasillo junto a dos chilenos. Eran un matrimonio, vivían en Ñuñoa y llevaban un mes viajando por el viejo continente. No usaron mascarillas en todo el viaje, aunque sí me pidieron alcohol gel cuando me estaba lavando las manos tras ponerme el cinturón de seguridad.

El examen

Esa noche alojé en Madrid y el domingo 1 de marzo tomé el vuelo de regreso a Santiago. La conversación más repetida en el avión era que en Chile había que firmar una declaración jurada y que nos examinarían. Tras llegar esa noche, casi súper lunes, a Pudahuel, funcionarios de la PDI me preguntaron de qué países venía. Califiqué para firmar el documento, pasé a un costado, donde había una ruma de papeles firmados, algunos rotos y la mayoría en el suelo. Eran las declaraciones de otros pasajeros. Me pasaron un lápiz a mina, firmé y me fui a mi casa a dormir.

La mañana de ese lunes, al volver al trabajo, comencé a toser. Creo que fue la paranoia la que me dio otros síntomas: dolor muscular y malestar general. El martes todo se agravó. Me junté con unas amigas en un bar capitalino y llegué a la conclusión de que debía hacerme el examen de manera preventiva, ya que era mi responsabilidad evitar la propagación del “virus”, de ser positivo. Sabía que era poco probable, pero no tenía mucho que perder.

Llegue a la Clínica San Carlos de Apoquindo a las 9:30 am del miércoles 4 de marzo. Me puse una mascarilla que me sobró del viaje, tal como decía el protocolo del MINSAL que leí en internet. Protocolo que al parecer solo yo había leído, porque al llegar a Urgencias no me aislaron de inmediato. Ya en el box, la doctora me explicó que para hacerme el examen oficial del Ministerio de Salud debía presentar fiebre y como yo no tenía, no era un “caso sospechoso”.

Aún así, había un examen –que costaba el doble del oficial– y que realizaba la clínica. En lugar de valer $15.000 rondaba los $31.000. Decidí hacerlo de todas maneras y esperar. Los resultados estarían a las 17:00 horas y me pidieron aislamiento en mi casa hasta tener la prueba. El resultado se atrasó cerca de tres horas. Era de esperar, ya que en la clínica había mucha gente que había llegado desde países afectados y el primer caso de coronavirus en Chile ya había salido a la luz, por lo que la preocupación aumentó.

Revisé la página web unas veinte veces. También llamé. No quedaba más que tener paciencia. En el intertanto, el segundo caso de COVID-19 en nuestro país fue confirmado. Cuando se habló de un tercer caso positivo, algunos de mis cercanos me llamaron pensando que era yo, pero mi resultado ya había llegado: era negativo.

Toda esta historia la puedo resumir en una frase que me dijo Miguel, el conductor del Uber que me trajo de la clínica a mi casa: Al salir de Urgencias, subí a su auto usando mascarilla. Su cara lo dijo todo, así que le expliqué que me había examinado preventivamente. Durante el trayecto, de veinte minutos, conversamos sobre el virus y su aterrizaje en Chile. Al bajar del auto, me preguntó, “señorita, si su examen sale positivo: ¿quién me va a avisar a mí?”