Por Vivian Berdicheski Fotos: Verónica Ortiz De riguroso negro, saluda sin mirar a los ojos. Con algo de desconfianza nos recibe en su casa, hace pasar al living, prende una suave luz de velador y comienza a hablar sin mediar pregunta. Le molesta que lo interrumpan, porque dice que pierde el hilo. La verdad es […]

  • 13 junio, 2014

Por Vivian Berdicheski

Fotos: Verónica Ortiz

Armando Uribe

De riguroso negro, saluda sin mirar a los ojos. Con algo de desconfianza nos recibe en su casa, hace pasar al living, prende una suave luz de velador y comienza a hablar sin mediar pregunta. Le molesta que lo interrumpan, porque dice que pierde el hilo. La verdad es que le gusta escucharse. A través de estas reflexiones va argumentando, una vez y otra vez y otra vez, sin saber a dónde lo llevará una idea. Interrumpir este ejercicio le resulta fatal, y repentinamente alza la voz para decir: “Mire, señorita periodista, usted quiere que le responda como usted quiere. Y yo le respondo lo que yo quiero. No estamos en un juicio”. Un incómodo silencio se instala en el ambiente. Pero luego sigue argumentando, aunque ya perdió el hilo y espera una nueva pregunta.

Hablamos acerca de la muerte, tema constante en su obra, de la resurrección y la reencarnación. Nuevamente, alza la voz y se enoja. Me pregunta: “¿Está usted enojada? Yo lo estaría”. Le respondo que no, me habían advertido que era un cascarrabias. A estas alturas, la entrevista no tenía mayor futuro y la fotógrafa estaba que desmontaba las luces preparadas, pero poco a poco se fue soltando, relató algunas historias secretas que pidió no publicar y hasta sonrió en varias ocasiones, cosa que no hace con frecuencia porque está completamente desdentado, después de un cáncer a la lengua.

Hoy dice vivir enclaustrado, porque llama claustro a su departamento ubicado frente al Parque Forestal. Sale muy poco: le cuesta caminar producto de una enfermedad que describe como una “claudicación intermitente”, la cual no le permite mayor movilidad, razón por la cual este ferviente católico, apostólico y romano no asiste a misa. Pero no le complica porque “me dedico a hacer cosas que no había podido hacer en los 50 años anteriores”. La mayor parte del tiempo lo pasa tendido sobre la cama vestido con sus elegantes ternos leyendo, tomando notas. Cuando quiere ver televisión sintoniza la BBC de Londres, nunca la tv chilena. Habla inglés, francés, castellano e italiano. No tiene celular y no es amigo de la tecnología porque, según dice, la tecnología no lo quiere.

-En su larga trayectoria como escritor, la muerte ha sido un tema recurrente.

-La muerte forma parte de la vida como otros tantos hechos que ocurren. La muerte ocurre una sola vez, como el verdadero amor, teniendo en cuenta que enamorarse no es lo mismo que el amor. Tal como lo describió el señor Freud, el enamorarse es una psicosis transitoria que puede llevar al amor o no. El llamado amor, y estoy hablando de cualquier especie, es una adhesión brutal a ciegas, y digo brutal porque somos de carne y la adhesión no es exclusivamente carnal, es sicológica, emocional y contiene una referencia a lo material, a ciegas, porque es una operación o punción que no permite raciocinio.

-¿Piensa que hay una conexión entre el amor y la muerte?

-Bueno, no creo que se junten. Yo estaba hablando del amor… Estaba haciendo un paralelo respecto del amor porque en el amor, hay una proporción de inconsciente muy grande y en la muerte también hay una proporción de inconsciente. No es la misma ni se pueden complementar o asemejar al amor, pero existe esa pulsión que aplica al inconsciente desde que el ser humano es un embrión y está matriculado para morir. La verdad es que los seres humanos, desde el embrión y antes de tener conciencia racional, queremos y, más aún, creemos a nivel de inconciencia que cada uno de nosotros es un dios único, no un dios dentro de otros dioses.

-¿Cambia su idea de la muerte a los 81 años?

-Usted me quiere llevar para que yo le conteste: la muerte es… Déjeme desarrollar. No estamos en un juicio. No me gusta que me traten de disciplinar. En fin, ya perdí el hilo. Lo que ocurre a distintas edades, sobre todo en la más avanzada, como la que tengo yo, es que se pierden los hilos porque tenemos muchos y están muy enredados. Bueno, dejando esa metáfora de lado. Las metáforas, salvo en muy buena literatura, en general son muy peligrosas y falsas. Sobre todo en política se utiliza como canal para engañar y engañarse. Bueno, pero a usted lo que le interesa saber es qué me atrae de la muerte. Y yo le respondo, que me interesa porque estoy vivo y sólo a los vivos nos puede interesar la muerte, a los muertos ya no les importa.

-¿Se confiesa, va a misa?

-Soy católico observante, creyente y cotidiano, ahora no me muevo hace algún tiempo, pero estoy autorizado para no ir a misa.

-¿Por ende, la eutanasia no es tema para usted?

-Existe, pero es negativa al igual que el aborto, que es mucho más grave. Creo en todo lo que enseña la Iglesia católica, apostólica y romana.

-¿Incluso lo referente al cielo y el infierno?

-Por cierto.

-¿Se vio afectado por las declaraciones del Papa Juan Pablo II, quien señaló que el infierno no existía?

-Dijo una cosa increíble, que ni el cielo ni el infierno ni el purgatorio eran lugares, sino estados. Es una tontería de un polaco tonto.

-Pero acaba de ser santificado.

-Mire, hay una cosa que los católicos sabemos de siempre: la tontería no impide ser santo. Incluso, le puedo agregar que saber aceptar la tontería como un tonto, es el mejor camino a la humildad… No estoy para calificar a los papas, pero creo en todos los dogmas de la Iglesia católica, incluyendo el de la infalibilidad papal, que es una antigua creencia, porque cuando un papa todos los días repite los dogmas, y como los dogmas son infalibles, entonces, ellos también.

-¿Qué piensa de la reencarnación?

-El fenómeno de la muerte es el fin de la vida humana. Pero existe un dogma particularmente extraordinario que es el de la resurrección de la carne –y se golpea con fuerza el brazo–, no la del espectro. En la reencarnación, usted se transforma en un insecto, ¡la resurrección es de la carne! –responde con furia en sus ojos.

Sobre libros y escritores

-Nicanor Parra cumple 100 años y se están haciendo varias actividades en su nombre. Tengo entendido que se conocen bastante.

-Yo lo conocí mucho, pero a una persona que está por cumplir 100 años hay que tratarla bien por ese solo hecho. Poemas y Antipoemas sí tiene valor e importancia hasta el día de hoy, pero no es el caso de otras cosas más nuevas, con chistes fomes.

-Hablando de escritores chilenos, en una entrevista leí que estaba esperando la obra póstuma de Bolaño. ¿Leyó 2666?

-Sí, lo leí y francamente me lateé. Siempre termino los libros para tener opinión y sobre todo si es opinión crítica negativa. No me gustaron los libros anteriores tampoco.

-Lee varios libros a la vez.

-Sí, de a varios, hay muchos que releo. Varios que he leído más de 10 veces.

-¿Cuáles son sus elegidos?

-El Quijote, por cierto, también todos los tomos de En busca de tiempo perdido de Proust y el Hombre sin atributos, de Musil.

-¿Y de autores chilenos hay alguno que haya leído tantas veces?

-He leído muchísimo a escritores chilenos, pese a que soy de muy pocas amistades con escritores; por lo general, ellos son muy inferiores como personas a sus obras. Ésa es mi experiencia.

-¿Lo mismo piensa de Neruda?

-Mire, él era inferior como persona a Residencia en la Tierra I y II, a unos pocos poemas de Canto general y otros de juventud, pero sobre todo de Residencias, que son su obra cumbre. Tuve bastante amistad con él, la primera vez que lo vi fue en el departamento de Nemesio Antúnez y él se me acercó. Neruda, aunque no hubiese escrito un verso en su vida, habría sido un importante personaje chileno, por sus distintas capacidades e inteligencia. Era de un trato extremadamente amable, simpático y divertido. Era un tipo humano que puedo clasificar como un viejo cónsul.

-Hoy, ¿se considera un escritor retirado?

-A estas alturas, digo: yo soy un viejo, un viejo de mierda. Y eso que nunca digo una cochinada. Entonces, un viejo de m. Sí –se ríe con ganas–.

-¿Le gusta ser antipático?

-Claro que sí.

-¿Tiene pocos amigos?

-He tenido pocos, pero muy estrechos. Con José Miguel Varas, me hice amigo en 1989, cuando volví a Chile. Otra amistad antigua fue con el embajador Mario Valenzuela Lafourcade, primo hermano de Enrique Lafourcade, un hombre bastante malo.

-¿Y usted cómo se siente?

-Malo, muy malo. Tengo mucho miedo de irme al infierno. Pero las posibilidades están muy abiertas.

-¿Y al purgatorio?

-Eso pasa a ser el premio de consuelo.

 

Sobre política y presidentes

De una manera u otra Armando Uribe siempre ha estado presente en la contingencia, como diplomático, abogado y escritor. El golpe de Estado lo encontró en Roma, cuando estaba de paso para regresar a China, donde era embajador. Renunció inmediatamente, aun siendo diplomático de carrera. En Italia se encontró con Gabriel García Márquez, con quien estuvo largo rato conversando acerca de la situación chilena. Varias veces en la vida se encontraron, pero Uribe jamás lo llamó Gabo. En 1990 regresó definitivamente al país, junto a su mujer Cecilia Echeverría Eguiguren y sus cinco hijos. El año 2004 recibe el Premio Nacional de Literatura. Armando Uribe vive actualmente junto a una de sus hijas y una nieta, siempre observando con lupa la sociedad chilena actual.

-¿Qué le pareció el primer gobierno de Michelle Bachelet?

-Ella, en términos de la llamada ciencia política, ha legitimado tontamente el llamado modelo chileno, que no es chileno, es el capitalismo desregulado de mercado. Chile ha servido varias veces de laboratorio de ensayo de fenómenos de tipo político, económico, financiero, etc. para luego ser aplicados en otros países. Quiero decirle que ésta es primera vez en la historia que una misma ideología (neoliberalismo) ha cubierto todo el globo terrestre, incluyendo a esos países que se oponen internamente o por lo menos en apariencias, como Cuba y Corea de Norte. Esta situación no había pasado con ninguna ideología o religión.

-¿Qué rol cumple Bachelet en este escenario?

-Ella legitimó sicológicamente esta ideología, que comenzó a ser aplicada en Chile el año 1975 y que continúo después del 90, incluso agudizada en algunos aspectos hasta ahora. Ella le dio aparente decencia a esto que, en sí mismo, es groseramente indecente. Es la peor forma que ha adquirido el capitalismo en último milenio.

-¿Qué piensa de las reformas que impulsa en materia de educación y tributaria?

-La educación, en la mayor parte de los países del mundo con ideología neoliberal, es una preocupación del Estado muy importante. Y la tributación es una exigencia del Estado hacia la población y la población está obligada a aceptarla.

-¿Apoya la reforma a la Constitución?

-Ésas son puras palabras. Hasta el momento no tenemos nada. Aunque ha sido modificada, de ninguna manera ha cambiado el espíritu real de principio a fin.

-¿Qué piensa de de la dirigencia de la Nueva Mayoría?

-Creo poder darme cuenta de lo siguiente: la ingenuidad y el defecto de no leer libros es algo que ocurre entre los dirigentes políticos de los más diversos países del mundo, pero en Chile es el peor. Salvador Allende no leía libros, porque si él o sus colaboradores hubiesen leído los dos libros que había publicado siendo coronel el individuo Augusto Pinochet, jamás lo nombra comandante en Jefe. Yo los leí cuando salieron. Mi epitafio debe decir: Esta persona leyó libros… Foucault dice que la mayor pasión de los seres humanos es la pereza, la flojera. Y, particularmente apasionados en materia de flojera, son los chilenos. De los países que yo conozco, es el más flojo de todos. •••