• 12 diciembre, 2008

Cuando la razón de la vida está dada por la acumulación de bienes materiales se equivoca el rumbo y sus consecuencias son la avaricia y la ambición desmedida.

Trabajar para disponer de bienes materiales que permitan tener mejores condiciones de vida es un derecho y un deber. Es notable apreciar cómo a muchas familias a las cuales hace sólo 30 años tener acceso a ciertos bienes y servicios era impensable, hoy les resulta posible disfrutar de esos productos.

Es más, es motivo de alegría que muchas familias tengan en sus hogares, por primera vez, un calefón o que puedan lavar la ropa con lavadora automática. Es una muy buena noticia que cada vez más chilenos dispongan de teléfono y cocinen con cocina a gas, ya que sin duda alguna gracias a estos bienes la vida les resulta más amable. ¿Cómo no alegrarse por esas primeras generaciones de miles y miles de chilenos que disponen de automóvil, que pueden tener unos días de vacaciones e incluso la posibilidad de viajar al extranjero? ¿Cómo no alegrarse del esfuerzo heroico que hacen miles y miles de padres, incluso sacándose el pan de la boca y postergándose a sí mismos, para que sus hijos accedan a la educación superior y tengan trabajos de mejor calidad, responsabilidad y retribución económica y social que ellos?

Basta mirar a Chile en estos últimos 30 años para darse cuenta de los beneficios que han traído la conjunción del esfuerzo y los sacrifi cios de muchas personas, los avances científicos y tecnológicos y la apertura a los mercados internacionales. Es cierto que queda mucho por hacer para que todos los chilenos tengan una vida más digna en este ámbito, pero no cabe duda de que se ha ido avanzando. Tildar de consumistas a las personas que por primera vez tienen acceso a bienes que eran privativos de unos pocos hace sólo algunos años me parece muy injusto. Felicito a aquellas personas que han mejorado sus condiciones de vida gracias a que han tenido acceso a bienes materiales que les estaban vedados hasta hace poco. Su esfuerzo se ha visto compensado.

Dado lo anterior, el consumo es un bien y responde al legítimo anhelo de las personas de querer humanizar su vida y gozar de los benefi cios que estos bienes entregan. Pero junto a ello hay que recordar que éstos son bienes instrumentales; es decir, que ayudan a llevar una vida más digna, pero no constituyen en sí y por sí el sentido de la vida. Cuando una persona hace del consumo la razón de su existencia, o hace de los bienes adquiridos el fundamento de su vida y su carta de presentación ante la sociedad, se equivoca y se convierte en consumista, lo que es una caricatura del verdadero sentido del consumo.

Es evidente que los bienes materiales son una ayuda para vivir pero son incapaces de hacernos felices. Es notable apreciar que muchas personas que han hecho del tener la razón de ser de su existencia muchas veces se sienten solas y desilusionadas de la vida y terminan atrapadas en sus propios excesos. ¿Cómo se entiende el alto consumo de alcohol y droga en los sectores más acomodados de la sociedad? Esto no ha de extrañar, porque los bienes materiales no constituyen una compañía para el hombre que lo haga salir de su soledad y le dé un sentido trascendente a su vida. El hombre requiere relacionarse con alguien y no con algo, con personas y no con cosas. El hombre necesita amar y ser amado.

Cuando la razón de la vida está dada por la acumulación de bienes materiales se equivoca el rumbo y las consecuencias son la avaricia y la ambición desmedida. Los bienes materiales, en su bondad, le deben permitir al hombre acceder a otros bienes de rango superior; es decir, a los bienes morales que son los otros y su bien, lo que se concreta especialmente en Dios, como fundamento último y razón de ser de todo cuanto existe, y en la familia. Soy un convencido de que el hombre, en su extraordinaria dignidad, le encuentra sentido a la vida sólo en la medida en que ama, que se entrega a los demás, que lleva adelante su vida junto a los otros, que se reconoce necesitado de ellos y como un aporte en la construcción del tejido social. Solamente desde la perspectiva de la entrega generosa de sí mismo se comprenden los bienes materiales que de suyo están llamados a ser compartidos.

Cuando una sociedad orienta a las personas para que pongan en el centro de su interés las cosas, tiende a tener problemas sociales muy graves, porque se tergiversan los bienes instrumentales, meros medios, dándoles rango de bienes morales; es decir, como fines. Por ello es que una de las misiones más importante de la educación es ayudar a los jóvenes a que busquen el sentido de sus vidas y que los bienes materiales y todo cuanto posean los entiendan como mera ayuda para alcanzarla. Es preocupante que tantos jóvenes elijan la carrera que van a estudiar principalmente a la luz del dinero que van a ganar, olvidando la dimensión de servicio que el trabajo lleva grabado en sus entrañas.

Es preocupante también que una desmedida ambición, que adquiere rango de codicia, haga que algunas personas obtengan por malas artes dinero u otros bienes, olvidando que el dinero recibido ha de ser el fruto y la justa retribución al trabajo bien hecho. Acciones que normalmente suelen ir en desmedro de los demás, y que generan un grave daño a la sociedad toda. Por ello: consumo, sí; consumismo, no. Avaricia, ambición desmedida y codicia, menos