Director Revista Capital

Las últimas noticias procedentes de Venezuela no han dejado indiferente a “casi” nadie. El fallo judicial que dispone una condena de cárcel superior a 13 años para el dirigente político Leopoldo López ha calado hondo a nivel mundial, y son muchas las voces de organismos de derechos humanos y políticos de distintos signo que se han elevado en contra de lo que se instala como un nuevo síntoma de menoscabo a la democracia y la libertad en ese país.

Pero así como se han elevado sonoras voces de protesta, también resuenan los silencios de quienes dicen defender dichos principios, pero que en los hechos lo hacen sólo cuando no les resulta inconveniente.

Lingüísticamente, la consecuencia es el término que refiere un acontecimiento que sigue a otro en una cadena de causa efecto. Moralmente, la consecuencia es cuando hay correspondencia entre fe y obras, entre los principios que se pregonan y las acciones que se ejecutan.

Lo más paradójico detrás de estos silencios es que quienes más llenan sus bocas con discursos a favor de la “consecuencia” (con mayúsculas) son quienes en estos momentos brillan por su ausencia. A diario se alega consecuencia con programas, con mandatos populares, con herencias históricas, pero a la hora de testimoniar la adhesión a principios elevados, como la libertad, la democracia y la igualdad ante la ley, entran a tallar las conveniencias, el cálculo pequeño, y se esgrimen “razones de Estado” y la doctrina de la no injerencia, para guardar vergonzoso silencio. Excusas, al fin de cuentas, muchos de quienes hoy enmudecen inspiraron la introducción, por ejemplo, de cláusulas democráticas en acuerdos internacionales, como Unasur.

Con ocasión de los 40 años del golpe militar, Sebastián Piñera remeció el ambiente con su alusión a los cómplices pasivos del régimen militar. El revuelo fue grande y quizás una referencia necesaria para ir cerrando las heridas en la historia reciente de Chile. Sin embargo, entonces, y ahora, las aguas en este tema se siguen separando en función de los domicilios políticos, en lugar de confluir a la defensa de los principios democráticos.

En los años ochenta, en el polarizado ambiente universitario chileno una de las figuras más citadas para convocar a las acciones de protesta era el pastor luterano Martin Niemöller. Quien estuviera prisionero en los campos de concentración nazi y luego entregara su vida al movimiento pacifista acuñó el poema Cuando los nazis vinieron por los comunistas, que retrataba la forma en que normalmente progresan las tiranías en su cadena de opresión… hasta que finalmente llegan a por uno.

Un poema, el de Niemöller, que no fue fruto de la inspiración al interior de un claustro, sino que de la vida misma y que no hace otra cosa que reconocer el propio error al no haber sabido ver con claridad lo que ocurría en Alemania en los tardíos años 30, ni haber ofrecido resistencia oportuna a la tiranía en sus primeras etapas por establecerse. Lo que vino después es historia conocida. •••