Julia Roberts vuelve con una de las películas de su vida -la estupenda Duplicidad- y la audiencia le da la espalda. ¿Se acabó el romance?

  • 27 mayo, 2009

 

Julia Roberts vuelve con una de las películas de su vida -la estupenda Duplicidad- y la audiencia le da la espalda. ¿Se acabó el romance? Por Christián Ramírez.

Todos celebran la capacidad del cine para contar historias, pero muy pocos lo defienden como el gran vehículo para que las masas sostengan su romance con las estrellas.

No es broma: el efecto que tal o cual rostro amplificado puede tener sobre el público es fuertísimo, por más que ciertos cinéfilos denigren este impulso como cavernario y la prensa del espectáculo lo abarate informándonos sin cesar sobre la vida privada de los actores fuera de la pantalla, cuando lo que realmente importa es mirarlos dentro de ella.

Si no, piensen en alguien como Julia Roberts. O tal vez, mejor no, porque a todas luces su flechazo de veinte años con la audiencia está llegando a su fin: Duplicidad, el thriller que la devolvería a un rol estelar -el primero desde Closer, en 2005- se arrastró lastimosamente hasta recaudar apenas 40 millones de dólares (costó alrededor de 80).

Una lástima, porque el filme de Tony Gilroy (el mismo director que había tocado el cielo con la estupenda Michael Clayton, el año pasado) debe ser uno de los pocos artefactos de la temporada que entienden a cabalidad cuán útil pueden ser el rostro y el físico de una estrella para vender su narración: Julia Roberts y Clive Owen son experimentados agentes secretos que deciden hacer millones pasándose al sector privado, aunque tienen un severo problema. Están locamente enamorados, pero -como siempre estuvieron en bandos contrarios- confiar en el otro es totalmente imposible.

De acuerdo: desde fuera, la premisa se parece más de la cuenta a El señor y la señora Smith -película que patentó el exitoso team Brangelina- pero si la única aspiración de los Smiths era saber quién tiene la sartén por el mango, lo que Duplicidad le pide a sus protagonistas es lo contrario: ceder el poder, entregar las llaves del reino, aprender a perder como individuo para (en teoría) ganar como conjunto. En comprobar lo resistentes que las parejas pueden ser a tal exigencia se va casi toda la película, pero no deja de ser hermoso observar esa hitchcockiana tensión en el corazón de una cinta hollywoodense después de tantos años.

Pero, ¿y Julia? En 2004, a propósito de Ocean’s twelve, alguien escribió que le “preocupaba” la repentina frialdad y dureza en el bello rostro de la Roberts. Y es cierto: en Duplicidad exhibe un inconmovible rostro de hielo. Debería aprovecharlo para hacer papeles de malvada. Con toda seguridad, su infiel audiencia se lo agradecerá.