Seguramente Nick Clegg, líder de los Lib-dems y viceprimer ministro británico, nunca escuchó Los pitutos, legendaria canción de los valdivianos de Sexual Democracia. Si la conociera, no podría sacársela de la cabeza por estos días. La historia es la siguiente: preocupado por la falta de movilidad social en Gran Bretaña, Clegg lanzó una ofensiva en contra de lo que bautizó como la “conspiración tácita”; es decir, en contra del amiguismo y a favor de la meritocracia en el sistema. “Queremos un mercado laboral justo, basado en el mérito y no en las redes de contacto. Debería ser sobre qué sabe cada uno y no sobre quién es cada uno”, remató, inspirado. Hasta acá, todo bien. Nada muy original, por lo demás: el ideario liberal inglés ha estado siempre comprometido con la idea de igualdad de oportunidades.

  • 21 abril, 2011

Por Cristóbal Bellolio/ Desde Londres

Seguramente Nick Clegg, líder de los Lib-dems y viceprimer ministro británico, nunca escuchó Los pitutos, legendaria canción de los valdivianos de Sexual Democracia. Si la conociera, no podría sacársela de la cabeza por estos días. La historia es la siguiente: preocupado por la falta de movilidad social en Gran Bretaña, Clegg lanzó una ofensiva en contra de lo que bautizó como la “conspiración tácita”; es decir, en contra del amiguismo y a favor de la meritocracia en el sistema. “Queremos un mercado laboral justo, basado en el mérito y no en las redes de contacto. Debería ser sobre qué sabe cada uno y no sobre quién es cada uno”, remató, inspirado. Hasta acá, todo bien. Nada muy original, por lo demás: el ideario liberal inglés ha estado siempre comprometido con la idea de igualdad de oportunidades.

A renglón seguido, Clegg confesó que su práctica profesional la consiguió gracias a una “palabrita” que tuvo su padre (un destacado banquero) con un conocido del mismo rubro. Luego, reconoció que su primer trabajo también fue gracias a un par de amigos de la familia. El joven Nick, no le quepa duda, partió de bien arriba. Su exitosa carrera estuvo -en gran parte- determinada por sus redes sociales. Hoy, veinte años después, Clegg admite que lo que hizo estuvo mal y que el sistema debe ser reformado.

¿Hipocresía o valentía? Los medios de comunicación le han pegado duro, optando por la primera calificación. Les resulta el colmo que alguien que se aprovechó abiertamente de la injusticia venga ahora a presentarse como el paladín del juego limpio y parejo. Visto desde la perspectiva indulgente, en cambio, parece positivo que Clegg cambiara de opinión sobre este asunto; sobretodo, tomando en cuenta que a los veintitantos no tenía la visión pública que tiene ahora. Si, como sostienen algunos, los más sinceros y efectivos móviles de la acción política son la rabia y la culpa –la primera para los infortunados, la segunda para los afortunados-, entonces Nick Clegg está haciendo uso legítimo de sus instintos culposos. No quiere que en el futuro otros tengan tantas ventajas inmerecidas. Pero claro, él ya las tuvo y no hay nada que hacer para remediarlo. Me llama la atención que nadie defendiera –al menos, públicamente– el eventual derecho de los padres de asegurar el porvenir laboral de sus hijos.

La reflexión parece ser doble. Una es sustantiva y apela al corazón del problema: la sociedad británica todavía no abandona un patrón clasista a la hora de asignar posiciones en la escala social. Londres es una metrópolis cosmopolita y llena de oportunidades, pero el acceso a ciertos cargos y círculos está vedado para la gran mayoría. Descendientes de inmigrantes indios o africanos, por muy cultivados que sean, tienen un tope en las empresas más prestigiosas. Por su parte, la elite se educa en pocos colegios y luego asiste a las mismas universidades: Oxford o Cambridge (Clegg, Cameron, Blair y Thatcher, entre ellos). En todo caso, en honor a la verdad, la ostentación no es un vicio muy británico. Poseedores de históricos títulos nobiliarios pueden vivir lado a lado con ciudadanos comunes y corrientes. Pero aun así, por algo no se habla del “sueño inglés” como sí se habla del “sueño americano”. Cuando hago la conexión con Chile no puedo dejar de pensar que el autocomplaciente mote de “los ingleses de Latinoamérica” tiene entonces algún sentido.

La otra reflexión se refiere a la situación de Clegg y de tantos otros políticos que en su vida privada han tenido –o tienen- comportamientos distintos a los que predican en público. Cameron y Obama, por ejemplo, reconocieron haber usado drogas en sus etapas universitarias. Nadie les reprocha que hoy combatan frontalmente el narcotráfico. Pareciera que esos “pecados de juventud” no constituyen casos particularmente condenables. Distinta es la situación de políticos que desde el púlpito promocionan la educación pública, pero que no se les pasa por la cabeza enviar a sus hijos a liceos municipales. La razón es cruda, pero obvia: quieren lo mejor para ellos. Imagíneselos divagando: “¿qué se puede hacer si esas son las reglas del juego? ¿Nadar contra la corriente? ¿Disponer de la suerte de los niños en nombre de la convicción política?” Bueno, que de algo sirva la convicción política, ¿no?

Seguramente el padre de Clegg no estaba en esa posición. Quizás quería que el joven Nick siguiera sus pasos en la banca y consolidara la fortuna familiar a punta de pitutaje sin exhibir remordimientos. Pero en lo sucesivo, el actual viceprimer ministro no tiene excusas. A él, como diría el Rumpy en su programa radial, “le vamos a ponerle un tema”… adivine cuál.