• 16 noviembre, 2010


Se habla de la nueva derecha, la hinzpetariana, social y democrática, pero la actual agenda de gobierno, aquella construida en terreno al alero del potente 8,8 o de los 33, no es algo precisamente deliberado.


Qué difícil es ser político hoy. Puede haber excepciones. Pero quienes componen su elite, al menos, tienen que vivir en un estado de perplejidad mayor. Deben sentir que la vida va por delante de ellos y no saben cuándo podrán volver a tomarle el pulso. Los de la Concertación están como en el chiste del auto que es rebasado por otro que corre a 300 km/h, y luego su piloto se baja porque cree que le paró el motor, para terminar levantándose a tientas después de un buen revolcón. Los de la Alianza, en tanto, están como los dueños de la pelota que llegan a jugar al barrio y se la pasan a alguien que no conocen muy bien, y éste se la lleva como el príncipe Messi y terminan viéndolo jugar desde la línea. Así de perplejos están.

Apenas saben dónde está ocurriendo la nueva política. La cual, definitivamente, no está donde residía tradicionalmente el poder. Ahora la política se ha democratizado de verdad, anda más desparramada por la calle, en las comunas, en las redes sociales, en la gente. No en vano surge de las experiencias relevantes que les ocurren a las personas y que llegan a ser hechos de interés público. Ese es el nuevo espacio de la política.

Al comienzo del retorno de la democracia, lo correcto era ser parte de los procesos de institucionalización. Votar era un acto con el que sentirse parte del interés nacional; un acto de integración política y social. Poco tiempo después, a mediados de los 90, comenzó un imperceptible proceso de distanciamiento de la política. Se hizo frecuente el “estoy desenchufado” de la política. Más adelante, a mediados de la década recién pasada, y a medida que aumentaba la queja, ese concepto cambió al “no estoy ni ahí” con la política. Y en esta década, que comienza con un nuevo gobierno, pareciera que lo que la lleva es el “estoy en otra”.

Ya no se trata de establecer mecanismos para marcar grados de desafectación con la política, sino más bien de reforzar las ganas de tener un mayor control de la vida, de vivir con más autonomía y de sentir un estado de mayor equivalencia con el poder, avanzando por un carril propio, sintiendo muchas emociones al mismo tiempo… siendo muchas de ellas, paradójicamente más públicas, como pueden ser los perfiles propios en facebook o tener una mayor exhibición al postear en twitter. Pero esto también ocurre defendiendo en cualquier esquina a Bielsa de las marañas de la política, o yendo a una montaña con toda tu familia y tus pertrechos y presionar para que tu pariente encerrado a 700 metros bajo tierra no sea abandonado por el poder.

Estoy en otra, en definitiva, quiere decir que no voy a esperar a que la política me dé respuestas. Tiene relación con lograr lo contrario: instalar mis propios intereses privados en clave pública. Y para eso no se necesita estar inscrito.

Esta política corre a la velocidad de varios gigas por segundo, esto es, a la velocidad con que salimos de un tema y nos cambiamos a otro. Y si no eres el príncipe Messi, tienes que salir de la vitrina del poder, ir a terreno, para aspirar a anticipar al menos algunas de las jugadas ciudadanas de interés público que puedan venirse encima y estar listos para empezar a jugar… si no, vas a tener que pasar directo a la tribuna.

Pero lo que para muchos insignes políticos es paraje desolador, para Piñera es una pista abierta: acelera, maneja los tiempos, zigzaguea, no despega la pelota del pie, se desmarca, juega entre líneas y comienza a acostumbrarse a tirar cuando quiere al arco despejado. Este talento para tomarle el pulso a aquello que es de interés público no es menor. Se habla de la nueva derecha, la derecha hinzpetariana, social y democrática. Pero la actual agenda de gobierno, aquella construida en terreno al alero del potente 8,8 o de los 33, no es algo precisamente deliberado. No estaba en la agenda programática de campaña aumentar los impuestos a la gran minería. Tampoco se había previsto armar un pacto con la minería precaria, o impulsar una agenda de nuevo trato laboral o legislar sobre la seguridad en el trabajo. Tampoco, estaba botar proyectos de inversión extranjera, aun con su respectiva aprobación ambiental en la mano.

Pero el gobierno ha tenido un gran olfato para acarrear elementos de interés privado al ámbito de lo público, los que se han constituido en fundamento para su apoyo social. Ha mostrado capacidad para identificar experiencias privadas (familias viviendo en la montaña para que salven a sus familiares bajo tierra), constituirlas en aspectos de interés público (la culminación del rescate televisada a escala global) y transformar el hecho en política pública (proyecto de ley sobre nuevo trato laboral). No es evidente que estemos frente a una nueva derecha, pero sí estamos frente a un liderazgo que no teme galopar en las agendas privadas y darles expresión con sentido público: es sentido del timing/oportunismo, sí; pero también coraje, pues se toman riesgos.

Cómo no lo van a mirar con perplejidad. A ese ritmo, la Concertación y no pocos de la propia Alianza no saben cómo quitarle la pelota. Quizás están esperando que a esa velocidad meta un autogol. Pero no se trata de eso. Quizás no se han dado cuenta de que el partido es otro. Que la gente está en otra.