La última película del director español, La piel que habito, aspira a quebrar la modorra que el propio Almodóvar ha impuesto a su cine. Por Christian Ramírez

  • 22 septiembre, 2011

La última película del director español, La piel que habito, aspira a quebrar la modorra que el propio Almodóvar ha impuesto a su cine. Por Christian Ramírez

Ocurre en la vida de muchos artistas y supongo que, por extensión, en la de todos: hay un momento en que hay que abrirse camino solo; luego, cuando ves que has “llegado”, te das cuenta que hay otros que te siguen. Hay compañía. Pero, pasado ese momento -y en plena madurez- ahí estás otra vez, tirando la carreta en soledad. Libre de ir a cualquier lado, pero también consciente de la carga que llevas encima.

Así me imagino el panorama de Pedro Almodóvar, a sus 62 años. Post “movida”. Post “chicas”. Post Oscar. Post todo.

Con su marca instalada, más dinero del que podría gastar, facilidades para hacer el filme que quiera, perspectivas de un retiro soñado. Y sin embargo, el personaje sigue dándole cuerda a sus obsesiones y enfrentando las críticas más dispares de su carrera con La piel que habito, un filme que deberíamos ver acá antes de fin de año y que lo lleva de regreso a ese punto de explosión con el que tantas veces ha coqueteado sólo para salvarse a último minuto. Salvarse donde tanto cineasta español que siguió sus pasos se entrampó: ¿Fernando Trueba (Belle Epoque)? Quemado. ¿Julio Medem (Los amantes del círculo polar)? Seco. ¿Alejandro Amenábar (Tesis)? Perdido en sus propias fantasías.

¿Y Pedro? Tal vez en mal estado, pero vivo.

Editado en blu ray

Ahora que la compañía Cameo se ha hecho cargo de la reedición en blu ray de todo su catálogo puede verse hasta qué punto quien en principio parecía una caricatura de cineasta –un Fassbinder o un Douglas Sirk de juguete- fue convirtiéndose en depurado estilista, un formalista cuya voracidad por construir un mundo a su imagen casi acabó con su imaginación.

El tránsito fue acelerado: menos de una década separa a las brutalidades de Pepi, Luci y Bom (1980), del controlado fluir de Mujeres al borde de un ataque de nervios (1987). La primera, producto de un folletinero; la segunda, salida de alguien que disfrazó de posmodernidad un envase que, visto hoy, es puro clasicismo.

No extraña que los estadounidenses lo hayan adoptado como si fuera un hijo pródigo del viejo Hollywood y que, ante la imposibilidad de sacarlo de España para instalarlo en California, se hayan raptado a Antonio Banderas, Penélope Cruz y buena parte de su estrambótica imaginería (que se aprecia desperdigada en Sex and the city y en lo último de Woody Allen).

¿Es posible imaginar un Almodóvar en inglés y con subtítulos en español? Buena pregunta. Lo que habría salido de ahí tal vez habría sido tan descafeinado como los últimos filmes de Wim Wenders (Don’t come knocking) o los que Coppola ha emprendido fuera de su país (Tetro). Hagan memoria. ¿Recuerdan alguna película de Almodóvar ambientada fuera de España, fuera de su terreno natural? Muy hollywoodense será su inspiración, pero el sujeto ha mantenido una identidad nacional de un modo parecido a como los maestros del cine arte europeo (Fellini, Bergman y los otros) conservaron la suya. Para bien y para mal.

Para bien, porque desde hace años cada elemento de su cine es inmediatamente reconocible. Desde los actores hasta el decorado, desde la luz hasta los diálogos, desde el fragmento hasta el total. Para mal, porque a medida que lo “almodovariano” se ha convertido en un adjetivo -en algo tan reconocible como el aroma de un perfume sindicado- el realizador ha quedado presa de sus propios impulsos creativos (a veces, fuertísimos). Pero en vez de precipitarse fuera de la fórmula, sólo se ha internado más y más adentro de sí mismo, de un modo parecido a como le fue ocurriendo a Alfred Hitchcock una vez que llegó a la cima.

Emociones clandestinas

La comparación con el director de Vértigo es pertinente, no sólo por la desquiciada pasión de ambos por las imágenes, su formación católica y la cantidad de emociones reprimidas al fondo de sus historias, sino porque tal como le ocurrió a Hitchcock después de Los pájaros (1962), lo mejor del último Almodóvar está en los detalles, en escenas y no en el total.

Justo cuando comenzaba a ser celebrado como el genio que era, Sir Alfred perdió el interés por las historias y su orgánica narrativa quedó fatalmente dañada, dejó de fluir salvo en breves instantes donde la vieja llama volvía a despertar.

Esa es la impresión que queda tras mirar filmes como Carne trémula (1997), La mala educación (2004), Volver (2006) y sobre todo Los abrazos rotos (2009). Contienen algunos de los mejores pasajes en la obra del realizador: la energía maníaca de Javier Bardem, inválido en Carne trémula; los momentos autobiográficos de La mala educación y esa increíble escena de la piscina entre Gael García y Fele Martínez; toda la trama pueblerina de Volver, a cargo de la inolvidable Blanca Portillo; la “película dentro de la película” en Los abrazos rotos, que obliga a traer a una lectora de labios para interpretar qué van diciendo los amantes filmados en secreto.

Ahí es donde uno avizora a un Almodóvar liberado, alguien capaz de llevar por nuevos caminos la creatividad exhibida en los que, al cabo de los años, se han convertido en sus cuatro filmes claves: La ley del deseo (1986), Atame! (1989), La flor de mi secreto (1995) y Hable con ella (2002).

Es por eso que llama tanto la atención el proceso de La piel que habito, donde –tras 21 años- regresa Antonio Banderas, con una trama de un nivel de truculencia que ya se habría querido el viejo Hitch: un científico que por años ha trabajado en el desarrollo de piel sintética sufre la muerte de su hija, culpa al presunto novio y toma contra éste medidas dignas del doctor Frankenstein.
A veces, no retener los impulsos más privados es la mejor manera de que la imaginación vuele libre, aunque haya que hacerse cargo después. Bien por Almodóvar, que al fin se decidió. Pronto veremos si sus alucinaciones están a la altura.