Poesía de paso, un libro de Enrique Lihn premiado en 1966 que vuelve en una impecable edición, desnuda los espejismos del amor y del viaje. Por Marcelo Soto   La frase que da título a esta columna está sacada de Poesía de Paso, joya de particular brillo en la producción de Enrique Lihn, que […]

  • 19 marzo, 2008

 

Poesía de paso, un libro de Enrique Lihn premiado en 1966 que vuelve en una impecable edición, desnuda los espejismos del amor y del viaje. Por Marcelo Soto

 

La frase que da título a esta columna está sacada de Poesía de Paso, joya de particular brillo en la producción de Enrique Lihn, que en 1966 obtuvo el Premio Casa de las Américas, en Cuba, y que ahora Ediciones Universidad Diego Portales ha decidido rescatar, sumando así un nuevo tesoro a su ya contundente catálogo de poesía. Aunque le valió comentarios despectivos de gente tan distinta como Ignacio Valente –que le reprochó su aparente falta de densidad poética– y Jorge Teillier –que se burló del título diciendo que más adecuado sería el de “prosa de prisa”–, se trata de un volumen enjundioso, pese a su brevedad. En un afilado y lúcido prólogo, Juan Manuel Vial afirma que “Lihn inaugura una poesía elástica que se bambolea entre la lírica, el habla cotidiana, el ensayo, las noticias, las apreciaciones de arte, la antipoesía y las emociones”.

 

Aparte de una especie de diario de viaje, que registra su primera salida de Chile, a los 35 años, para recorrer Europa, luego de ganar una beca, el libro es el doloroso y desgraciado espejo de su ruptura amorosa con una enigmática y fatal joven francesa. “Vuelvo a París con el cuaderno vacío, /tu trasero en lugar de mi cabeza, /tus piernas prodigiosas en lugar de mis brazos, /el corazón en la boca no sé si de tu estómago o del mío. /Todo lo intercambiamos, devorándonos: órganos y memorias, accidentes /del esfuerzo por calarnos a fondo, /Natalie, por fundirnos en una sola pulpa”. Otros versos están dotados de una soledad inabarcable, esa soledad que se hace más negra cuando viajamos: “Ciudades son lo mismo que perderse en la calle/ de siempre, en esa parte del mundo, nunca en otra”. La sensación de derrota, donde las promesas del amor y del viaje se descubren falsas, cruza el libro y le otorga una amarga belleza.

 

Quizá el pasaje menos memorable del libro sea el poema más extenso, llamado La Derrota, que escribió a partir del fracaso de la izquierda en la elección presidencial de 1964 y que fue oportunamente aplaudido por el jurado cubano como lo mejor del conjunto, debido a su furioso antiyanquismo. Una expresión más de los delirios de la época, de la que nadie, ni el propio Lihn, se salvó.