No se trata de vivir como Friends o enfrentar situaciones a lo Seinfeld. Pero sí de recuperar una tradición que en Chile era notable: conocer bien a las familias que viven al frente de uno. Por Mauricio Contreras.

  • 5 marzo, 2009

 

No se trata de vivir como Friends o enfrentar situaciones a lo Seinfeld. Pero sí de recuperar una tradición que en Chile era notable: conocer bien a las familias que viven al frente de uno. Por Mauricio Contreras.

Flashback a los ochenta, casi como un capítulo de la serie de Canal 13: nuestros padres conversando con los vecinos como si fueran de la familia, nosotros jugando fútbol en la calle con sus hijos –deteniendo la pelota cuando pasaba un auto– y la señora del almacén de la esquina a la que uno le pedía fíado un Danky 21. Una postal de la vida que nos tocó, con una relación comunitaria que se ha ido extinguiendo por muchas razones y que vale la pena recuperar.

Todo parte por una necesidad. En febrero salí de vacaciones y, a pesar de que encargué la casa a un familiar, me faltó hacer un trueque de vigilancia con mis vecinos del frente y los dos de los lados. Claro, de un momento a otro, sin saber cómo se llaman y limitando nuestra relación a un cordial saludo y nada más, no era el momento de pedir tal favor. Hubiese sido una patudez.

Da pena reconocerlo, pero llevo un año en mi casa y desconozco los nombres de mis vecinos. Gente muy atenta, que cada cierto tiempo me da recomendaciones de alarmas, jardineros u otro tema doméstico. Ignoro en qué trabajan, cuántos años llevan en el pasaje o si están pensando en cambiarse. En caso de una emergencia, no tendría a qué número llamarlos y ellos tampoco a mí. Es algo mutuo, pero si yo espero que ellos hagan el primer contacto, puede que no pase nada.

Como integrantes de una sociedad que se mueve a la velocidad de un cohete, sería recomendable que recuperásemos el espíritu de barrio que a muchos nos tocó experimentar, sabiendo que hoy el ritmo de la vida no es el mismo de hace veinte años. No se trata de pasar el Año Nuevo con ellos ni de forzar una amistad a lo Friends (que llega a ser insoportable, con sus personajes todo el día en el departamento contiguo), sino de intentar romper las distancias e ir un poco más allá de un saludo (que en algunas partes ni siquiera se acostumbra a dar). Propongo empezar con un intercambio de tarjetas, con nombres y números, que ojalá sea el inicio de una relación en la que ganemos todos.