Siempre quise ser crítico de bodas. Como no lo conseguí, en esta columna explico qué lleva a pasarlo bien en estas fiestas, cuando los detalles juegan un valor fundamental para llegar a casa feliz.

  • 23 enero, 2009

Siempre quise ser crítico de bodas. Como no lo conseguí, en esta columna explico qué lleva a pasarlo bien en estas fiestas, cuando los detalles juegan un valor fundamental para llegar a casa feliz. Por Mauricio Contreras.

Con el tiempo he ido desarrollando una capacidad para desglosar un matrimonio, cortarlo en partes, evaluarlo y luego emitir un juicio. Sabiendo que organizar un evento de esta naturaleza es todo un cuento y que en su elaboración intervienen los novios, las familias y las banqueteras, es lógico que no todo calce como uno lo imaginó. Parto de la base de que nunca he ido a un matrimonio de amigos o familiares que haya sido un desastre; por el contrario, cada uno tiene su valor y entrega una experiencia. Como ya me casé, comparto con ustedes lo esencial para que la fiesta sea buena.

Cerca, bien cerca. Iglesia en Lo Barnechea, fiesta en Chicureo, ¿no será muy largo el trayecto? Bendición en la Alameda y bailongo en La Reina. Si queremos partir agradando a los invitados, que no sea un París-Dakar ir de un lugar a otro. Sabemos que a veces hay problemas de espacio y agenda, pero la clave es que el intervalo entre la misa y la fiesta sea corto; si no, empiezan las malas caras.

¿Viernes o sábado, de día o de noche, en invierno o en primavera? La temporada alta está establecida con regla entre septiembre y marzo y ahí se amontonan todos, se pelean a los curas, ofrecen lo que sea por tener “esa” iglesia y se ganan un estrés que no le hace bien a nadie. Esto es como el turismo: la temporada baja tiene su gancho, mayo o agosto tienen su encanto y nadie recrimina si es un viernes a un horario decente de partida. Lo del matrimonio de día en un campo da para una columna aparte.

Cocktail, desfile de mozos con platos, mesón de postres… Por mucho seso que uno le ponga a la planificación, acá casi todos hacen lo mismo: canapés de pie, la champaña para la llegada de los novios y pasar a la mesa. Lo fundamental son los tapaditos de madrugada, en compañía del consomé. Ojo, no descarte sopa de espárragos, aun en enero se valora.

Vamos a bailar, toda la noche. La música es vital, desde la melodía de acompañamiento que ponen mientras uno come –y ojalá que esos ritmos sean rápidos; si no, uno tiende a quedarse dormido– hasta la música que invita a la pista de baile. Es de suma importancia la elección de la primera canción para bailar; si ponen Frank Sinatra en la partida, nada bueno puede venir. Si el Galeón Español o El Pavo Real dan la obertura, se garantiza baile transversal entre las generaciones asistentes