Hay una línea de continuidad entre el cine que asumía más riesgos expresivos en los años 60 y el que asume más riesgos hoy. El problema es que este último ya no llega a la cartelera. POR HECTOR SOTO En una portentosa conferencia en la Universidad Diego Portales, Ricardo Piglia, autor –entre otros libros– de […]

  • 13 julio, 2007

Hay una línea de continuidad entre el cine que asumía más riesgos expresivos en los años 60 y el que asume más riesgos hoy. El problema es que este último ya no llega a la cartelera.
POR HECTOR SOTO

En una portentosa conferencia en la Universidad Diego Portales, Ricardo Piglia, autor –entre otros libros– de Plata quemada y de esos escritos maravillosos reunidos en Crítica y ficción, plantea que para Witold Gombrowicz, el gran escritor polaco radicado mucho tiempo en Argentina, lo que distinguía a la prosa de la poesía no respondía al texto mismo sino, básicamente, a un asunto de actitudes de lectura y de expectativas. En simple, en términos reduccionistas, habría según él una tradición, un aprendizaje dictado por la experiencia, que insta al lector a leer como poesía lo que es poesía y como prosa lo que es prosa. El planteamiento es fascinante y abre desde luego muchas puertas.

Con qué expectativas –me pregunto de regreso– un espectador de los años 60 iba a ver una película de Resnais, de Antonioni, de Bergman, no a una sala de cine arte, sino a la misma sala donde la semana anterior había visto un taquillazo. ¿Con cuáles entra a una multisala ahora, donde prácticamente no se exhiben otras películas que las formateadas por Hollywood, un Hollywood cada vez más apestoso y predecible. ¿Era en ese tiempo tan abrupta la brecha como hoy? Los Resnais, los Antonioni y los Bergman de esta época –suponiendo hipotéticamente que los haya– ahora no llegan a las multisalas. La cadena exhibidora los amputa mucho antes. Por eso los nombres de Abbas Kiarostami (Ten), de Cristi Piui (La muerte del señor Lazarescu), de Tsai ming-Liang (¿Qué hora es allá?), apenas pueden ser identifi cados por quienes no forman parte del círculo hermético de las hermandades cinéfilas, que no claudican y monitorean sus obras a través de los DVD, de internet y del tráfico invisible que carga cada fanático en su mochila y disco duro.

Ciertamente en términos de actitud, de expectativa y disposición moral, entre ver un Kiarostami y entrar a Spiderman 3 no hay relación alguna. En otra época, entre los autores más difíciles y los más comerciales también hubo por supuesto una brecha enorme. Quizás un abismo. Decirlo así hoy es quedarse corto. A estas alturas, los cineastas de uno y otro lado pertenecen a galaxias distintas. Son dos cines que ya prácticamente no tienen puntos de contacto y que dialogan cada vez menos. De hecho son muy pocos, poquísimos, los realizadores que operan allá y acá. Gus van Sant, director de Last days, pero también de Good Will Hunting, está probablemente entre esos pocos.

Tal escisión, en medida importante, proviene de la evolución de la industria. No en vano el cine europeo de vocación más minoritaria apareció cuando Hollywood en los años 60 se vio contra las cuerdas y todo su aparataje parecía estar yéndose al diablo. Ahora, en cambio, la industria se recicló, se mezcló incestuosamente con el negocio globalizado de la entretención y se adueñó de las carteleras en todo el mundo, relegando a la marginalidad a los cineastas y las películas que no bailan al compás de su música.

Evidentemente, hay una línea de continuidad entre el cine que asumía más riesgos expresivos en los años 60 y el que asume más riesgos hoy. En ese cine invisible y ausente de las salas chilenas subyace un mismo asombro ante las verdades que la cámara puede captar. Si Hollywood se ha convertido en una gran factoría para “pichicatear”, para “enchular” imágenes básicamente irrelevantes, previsibles y anodinas, bueno, el cine más valioso que se está haciendo en estos días es todo lo contrario, es el que le quita a las imágenes todo aquello que las distorsiona y las empobrece. En un caso es agregarle efectos y efectismos. En el otro, sacárselos para llegar a la desnudez más absoluta. A nadie le hace muy bien que los caminos se hayan bifurcado tan drásticamente. Ni a la cultura ni a la propia industria, incluso. El factor nuevo de la ecuación es la arrogante subversión y fuga de Hollywood a territorios muy espurios. Dejó de ser la industria en la cual antes trabajaron talentos como Hitchcock, como Ford, como Renoir. Ahora Hollywood está más cerca de los videojuegos que del canon expresivo del séptimo arte. Por eso se devaluaron tanto las expectativas. Pero el cine que merece el nombre de tal, posiblemente ha cambiado mucho menos.