• 23 marzo, 2007

 

En lo básico, el Transantiago ha defraudado todas las promesas de beneficio que su adopción traería.

 

Si es cierto, como señalaba Harald Beyer hace dos semanas, que la influencia de la academia en las políticas públicas va a la baja en el Chile de hoy, entre otras razones porque la clase política está volviendo a ocupar espacios que en cierto modo había perdido, la verdad es que no va a ser el Transantiago –que hasta ahora sigue siendo un desastre– un buen precedente para devolverle crédito a los centros de estudios y a los planificadores ilustrados y de mucho postgrado en el exterior.

En las últimas décadas, son básicamente tres los grandes aportes que la academia ha hecho a la sociedad chilena. El primero y más importante, fue el cambio del modelo de desarrollo, liderado por los economistas formados en la Universidad Católica a partir del nexo que esta institución había establecido con la Universidad de Chicago. Fue una transformación gigantesca, mucho más gradual de lo que normalmente se hace creer y cuya estatura no desmerece aunque en diversas fases de su ejecución se cometieran errores gruesos. El segundo fue la reforma procesal penal, en cuyo diseño fueron cruciales la Escuela de Derecho de la Universidad Diego Portales, los equipos técnicos constituidos por el Ministerio de Justicia en tiempos de Frei y el apoyo que entregó al proyecto Paz Ciudadana, entre otras entidades. También fue un cambio formidable en la medida en que liberó al país de la vieja, corrupta e inoperante matriz de la justicia penal.

El Transantiago también es una macrotransformación que le debe mucho al mundo pensante y a los mejores cuadros técnicos de centros de estudios y de la Concertación. Su diseño y puesta en marcha puso en juego modelos matemáticos y soluciones de ingeniería que entrañaron profundos cambios culturales en los hábitos de transporte de la capital, a varios de los cuales –la tarjeta Bip!, por ejemplo– la población se adaptó con mayor rapidez de lo que cualquiera hubiera pensado. Pero desde que partiera el 10 de febrero pasado, el plan ha tenido dificultades muy serias que no es del caso repetir aquí y que tienen a la mayor parte de los santiaguinos indignados y con altos niveles de estrés.

En lo básico, el Transantiago ha defraudado todas las promesas de beneficio que su adopción traería. Su único logro tangible pareciera ser haber reducido un poco los niveles de contaminación acústica y visual que tenía el Santiago de las micros amarillas, lo cual no da desde luego derecho para cantar victoria. Aparte de reducir aún más los ya miserables niveles de calidad del transporte público en la ciudad y de malograr el único medio que funcionaba bien, el Metro, el plan ha puesto al gobierno frente a un problema monumental, del cual nadie sabe muy bien cómo, cuándo y a qué costo podrá salir medianamente bien parado.

¿En qué va a terminar todo esto, sabiendo –por supuesto– que ya no hay vuelta atrás? La utopía del Santiago geométrico y racional, expedito y digitalizado, con la que los planificadores soñaron en sus noches más febriles, se aleja día a día. Un amigo me decía la semana pasada que el desenlace no va a ser muy distinto al del chiste. Un chiste viejo. Un judío, casado con una mujer desordenada y padre de una prole extremadamente numerosa, va abrumado donde el rabino para contarle su drama: su casa se le hizo chica, los niños corren y gritan todo el día, no hay un solo minuto de tranquilidad, la situación se ha vuelto invivible. ¿Qué puedo hacer, rabino, antes de volverme loco?

-Mete a la casa un chancho -es la recomendación.

-¡¡¿Qué?!!

-Lo que oíste -le dice impasible el rabino. El judío lo hace y vuelve a la semana a contarle que si antes la situación era dramática, ahora sí que ya el caos es absoluto. El animal convirtió el living en un chiquero y nadie puede resistir el hedor. Vuelve entonces el pobre donde el rabino, para quien la cuestión sigue siendo sencilla.

-Mete ahora además una vaca -lo aconseja. Obediente, lo hace, con las consecuencias que son obvias. A la semana, y ya en las últimas, el judío vuelve y esta vez el rabino le dice:

-Ahora, saca el chancho y la vaca.

Bueno, pasan los días, y entonces ambos se encuentran casualmente en la calle.

-Seguí, rabino, su consejo. Un millón de gracias. Esto sí que es vida –reconoce–. Ahora sí que puedo disfrutar de la casa y la familia.

 

¿Iremos para allá? Por lo visto, sí. Como todos los días se le agregan parches al Transantiago, cuando la gente tenga que esperar bus 20 minutos en vez de una hora, posiblemente estará contenta. Claro, la situación habrá mejorado. Pero –no nos engañemos– esto no era lo que se prometió.