Los jóvenes estudiantes, especialmente del sistema público, apuntan una vez más a la mala educación. A través de su aguda crítica, creatividad, poderosa tecnología en mano y capacidad de agruparse colectivamente, han levantado la voz. El mayor riesgo es quedarnos sordos en la comodidad de cambios poco trascendentes y silenciarlos.
Por: Ana María Raad, Antropóloga, experta en innovación y educación.

  • 5 diciembre, 2019

Camino por el centro de Santiago, las paredes gritan consignas y frases que buscan destruir, matar, eliminar, aniquilar, violar, pero también, resistir, reivindicar, convocar, construir, proteger, cuidar. Por un momento trato de ponerles rostro a los y las creadoras de estos mensajes cuya capacidad de síntesis, mirada crítica, conceptualización y creatividad francamente inquietan, pero el anonimato es abrumador. Sigo mi camino y me encuentro con Gabriela Mistral en jeans negros, pañuelo verde, la Nobel de educación aparece levantando la bandera chilena completamente negra. Unos pasos más allá, una pared dice “mucha policía, poca educación” y más adelante, “que la educación no te cueste la vida” y “cuando la educación es para unos pocos, no es un derecho, es un privilegio”.

Estos jóvenes, desde el anonimato individual, pero con fuerza colectiva, una vez más han sacado la voz y han dado vuelta el tablero. La interpelación profunda a la educación no es algo nuevo, lo han manifestado por canales formales e institucionales, así como por medio de tomas, piedras y marchas. Lo trágico es que ninguna de estas vías ha sido eficaz para que el Estado los escuche de verdad. Síntoma de esto es la tibia presencia de la educación en la nueva agenda social, la inexplicable ausencia de la preocupación por la educación pública, tanto en la micro política, como en las macro decisiones. Y así, nuestros colegios públicos han sido por décadas laboratorios sociales fracasados. No han podido responder al desafío de los aprendizajes y tampoco han logrado ser la antesala de la sociedad en donde aprendemos a vivir y convivir, como tampoco ser el espacio de preparación al futuro. Por el contrario, se han transformado en espacios que definen estatus, distribuyen privilegios, segmentan y diferencian. El nivel de inequidad y segmentación en la educación es simplemente inaceptable y la desconexión con lo que se requiere para el futuro, abismante.

¿Tienen los jóvenes algo que decir al respecto? Claro que sí. Impulsados por Unesco en el 2016, miles de jóvenes de 39 países levantaron su voz indicando que querían una educación que les permita descifrar los cambios que vienen, adaptarse a ellos, adquirir herramientas para conocer la realidad, intervenir y transformarla. Esos mismos jóvenes que hoy marchan en Chile, Ecuador o Colombia, indicaron con gran lucidez, a través de dicha consulta, que los conocimientos que se aprenden en los colegios y universidades se deben combinar con la reflexión sobre el mundo y sus relaciones, destacando la formación ciudadana, la comprensión de la diversidad, las interacciones en medio de la digitalización, etc. Avanzar en concretar una agenda en educación que apuntale estas prioridades es un imperativo, lo cual no implicaría ceder a presiones de los grupos anarquistas y darle espacio a la tiranía, sino ser consecuentes con un mejor desarrollo.

Pareciera que esta generación a la que hemos estigmatizado como desconectada, narcisa y nihilista, resultó ser muy activa y vinculada con causas públicas, colectivas, con cambios que producen nuevos sentido y propósitos. Con mirada crítica, creatividad, poderosa tecnología en mano y capacidad colectiva, nos han puesto el problema sobre la mesa, y no me cabe duda que también deben ser parte de la solución. Insisto, no se trata de poner a todos los jóvenes en un mismo saco, pero sí reconocer que una gran mayoría ha optado por vías no violentas y también demandan activamente cambios profundos y legítimos. De ahí la urgencia de generar puentes efectivos que permitan involucrarlos decididamente, porque sin mediación alguna, las salidas solo llegan al precipicio. Aquí el rol de las universidades es central, así como de los colegios, organizaciones juveniles y por supuesto la desacreditada política, para conectar estas demandas con acciones y respuestas concretas. Esto no significa perder autoridad, o idealizar a los jóvenes, sino insistir majaderamente en vivir la democracia con el ejemplo. Cerrarles las puertas, ignorar sus demandas, reducirlos a relaciones meramente académicas y autoritarias, es volverles a dar la espalda y dejarlos sin voz.