Los viejos discos, aunque se escuchen gastados, suenan mejor que las modernas grabaciones digitales. Con los cuentos de Haruki Murakami pasa algo parecido.

  • 2 abril, 2008


Los viejos discos, aunque se escuchen gastados, suenan mejor que las modernas grabaciones digitales. Con los cuentos de Haruki Murakami pasa algo parecido.

Los viejos discos, aunque se escuchen gastados, suenan mejor que las modernas grabaciones digitales. Con los cuentos de Haruki Murakami pasa algo parecido. Por Marcelo Soto

Entre sus seguidores, Haruki Murakami genera una devoción parecida a la de una estrella de rock. Sus libros se esperan como se esperaban antes los discos, cuando no existía la posibilidad de bajarlos gratis por la red. (Hoy casi nadie compra música y esa adorable costumbre juvenil de recorrer tiendas buscando vinilos se ha perdido casi por completo).

Leer a Murakami es como escuchar un viejo LP de tu banda favorita. No sabes bien qué es lo que te gusta, pero no puedes dejarlo. Te acompaña lo mismo que las buenas canciones. Por eso, más que lectores Murakami tiene fanáticos.

El último libro del autor japonés traducido al español –Sauce ciego, mujer dormida– es una recopilación de sus relatos, donde aparecen muchas claves para entender sus novelas. En “La Luciérnaga”, por ejemplo, sobre un chico cuyo mejor amigo se ha suicidado, está la semilla de Tokio Blues: el muchacho sale a vagar por la ciudad junto a la ex novia del fallecido, se acuestan y no saben muy bien qué hacer ni qué pensar. Son jóvenes y tienen la vida por delante, pero eso parece no bastarles. Es un regalo –el futuro– que no pidieron. Pura actitud Murakami.

El conjunto de relatos se parece a un wurlitzer. Hay canciones para todos los gustos, algunas más logradas que otras. Meros experimentos junto a cuentos inmensos. Probablemente la cima del volumen sea “Hanalei Bay”, acerca de una madre que viaja a la playa donde su hijo surfista murió luego de ser atacado por un tiburón. Recuerda al mejor Carver.

Murakami nada tiene que ver con la tradición japonesa de un Kawabata y se acerca en algunos pasajes a los ambientes cerrados y de asfixia interior de Kenzaburo Oé. Deudor de la narrativa estadounidense contemporánea, comparte más territorios con Fitzgerald que con Mishima.

El autor, nacido en 1949, tiene una veta fantástica que aparece en muchas historias, no siempre con la misma convicción. Melómano, pianista aficionado y ex dueño de un club de jazz, en los relatos donde la música tiene un rol importante el escritor entrega sus mejores piezas. Así pasa en “Toni Takitani”, sobre un despreocupado intérprete de jazz que disfruta de sexo y swing con el mismo talento y derroche. Otra faceta destacada es la autobiográfica, presente en “Viajero por azar”, donde el narrador afirma: “Rebuscar por las estanterías llenas de viejos LP es uno de los pocos placeres por los que vale la pena vivir”. Y leer a Murakami rescata, en cierta forma, esa afi ción, dispuesta a los hallazgos y sorpresas, hoy casi olvidada.