Por Fernando Barros T. Abogado. Consejero de Sofofa

  • 9 septiembre, 2019

La historia abunda en análisis precipitados, muchas veces movidos por intereses económicos y/o ideológicos, que han llevado a grupos, países e incluso a parte de la humanidad, a errar en el diagnóstico, abordando de manera impropia determinadas situaciones, o bien utilizándolas para atacar a personas o grupos sociales y volcar en su contra las frustraciones o miedos derivados de ellas.

En la revolución industrial se sostuvo, en nombre de la ciencia, que el aumento poblacional era en base a una progresión geométrica, mientras que el incremento de los alimentos lo sería en base a una progresión aritmética, por lo que la inminente hambruna sólo podía evitarse con la intervención del Estado, sumando a la regulación natural que representaban las guerras y epidemias de la época, medidas para disminuir la población.

De igual manera, frente a la pobreza surgieron ideologías y regímenes que privaban al hombre de sus libertades y lo sometían al poder del Estado, dirigido por los iluminados del partido único, que sería dueño de todos los bienes y decidiría qué y cómo producir, la labor que cada uno desempeñaría e, incluso, todos los aspectos de su vida personal y familiar.

Hoy, la inquietud que toma caracteres de pánico, promovido en nombre de la ciencia, se refiere al cambio climático. No al que es parte de los ciclos de la evolución de milenios, sino a que el incremento de la temperatura que ocurre desde el fin de la última glaciación estaría acelerándose por acción del hombre, comprometiendo la vida humana en pocas décadas.

Si bien nadie discute la necesidad de una relación equilibrada del ser humano con la naturaleza, la importancia del respeto al entorno y el uso racional de los recursos que están para su utilización por el hombre, la discusión del verdadero alcance del proceso climático abandonó el ámbito científico. Ya no se intenta conciliar una conclusión, sino que se descalifica a los que disienten y plantean abordar integralmente el análisis. Parece seguirse una lógica maltusiana, donde el debate ha sido capturado por intereses comerciales e ideológicos y por presentaciones más bien propias de un teatro del terror.

La conferencia mundial COP 25 sobre cambio climático se realizará en Chile en breve, ante la renuncia de Brasil y sin la presencia de los representantes de importantes economías asociadas a la emisión de CO2. Asistirán más de 25.000 “delegados” de entidades ambientalistas de diversos orígenes y visiones, lo que representará para Chile un costo superior a US$ 100 millones.

Tal como ha ocurrido ante otros desafíos mundiales, algunas personas, erigidas como líderes de esta cruzada con amplia cobertura mediática, claman que los Estados deben velar por la eliminación de la ganadería, el reemplazo de la carne por legumbres, la disminución drástica de la aviación comercial y, en general, la eliminación de todo lo que, a su juicio, consideran prescindible. Ello, obviamente, incluye la disminución de la población y volver a estándares de la Edad Media.

Resulta lamentable que el mundo empresarial no haya optado por un camino propio y aparezca validando, al concurrir a financiarlo, un encuentro en que la mayoría de los asistentes serán de organizaciones de, a lo menos, desconocida representatividad y cuyo discurso ya se anticipa como uno muy contrario al mundo de la empresa y al modelo de desarrollo económico, distante del libre emprendimiento y más bien promotor del sometimiento del hombre al Estado para que éste pueda proteger el medio ambiente.