La donación que hiciera el pintor Claudio Bravo al Museo del Prado de su valiosa colección de esculturas grecoromanas es tanto un hecho revelador como una noticia tardía, puesto que tuvo lugar hace más de seis años. Sin embargo, el reciente reportaje de Artes y Letras de El Mercurio tuvo el mérito de recordarle […]

  • 27 julio, 2007

 

La donación que hiciera el pintor Claudio Bravo al Museo del Prado de su valiosa colección de esculturas grecoromanas es tanto un hecho revelador como una noticia tardía, puesto que tuvo lugar hace más de seis años. Sin embargo, el reciente reportaje de Artes y Letras de El Mercurio tuvo el mérito de recordarle al país el nivel en que se mueve el artista y el rigor con que ha desarrollado su faceta como coleccionista de arte clásico. Junto con Roberto Matta, Claudio Bravo es tal vez el pintor chileno que más lejos ha llegado a ubicarse en los circuitos del mercado europeo y norteamericano del arte.

Lo realmente lamentable en todo esto es saber que esa colección pudo haber quedado en Chile si Claudio Bravo no se hubiese topado aquí con una burocracia indolente y obstructiva que terminó colmando su paciencia y decidiéndolo a orientar su colección a un museo serio y con el cual tenía antiguos compromisos de gratitud.

El deseo de donar las esculturas a Chile coincidió con el momento en que Claudio Bravo adquirió un fundo a las orillas del Lago Llanquihue e hizo planes para radicarse en el sur. Incluso trajo acá varias de sus piezas y sometió al menos una de sus esculturas a un proceso de restauración con artesanos chilenos que lo dejó conforme. Pero la burocracia fue más fuerte y esta actitud, unida a que sus planes de radicación se frustraron, indujo al pintor a volver a su casa de Tánger, a dar vuelta la hoja y a encontrar un receptor más agradecido de los tesoros que se proponía donar.