Pese a todos los reclamos de la columna del lado, hay que reconocer la autoridad incuestionable de cierta gente a la hora del filmar y, sobre todo e mirar. En ese ámbito, es probable que nadie le gane en estos días a Claire Denis. Aunque totalmente ausente de nuestras carteleras, hace rato que la obra […]

  • 16 septiembre, 2008

Pese a todos los reclamos de la columna del lado, hay que reconocer la autoridad incuestionable de cierta gente a la hora del filmar y, sobre todo e mirar. En ese ámbito, es probable que nadie le gane en estos días a Claire Denis. Aunque totalmente ausente de nuestras carteleras, hace rato que la obra de esta francesa de 60 años y criada en Africa está disfrutando de la atención que se merece.

No filma para el lucimiento de sus actores, no pretende hacer denuncia social ni tampoco pasar por vanguardista; pero desde que comenzó a filmar a fines de los 80, se ha vuelto difícil encontrar un cine que observe al hombre y su medioambiente con similar sentido de la precisión y la belleza. Mientras la mayoría de los realizadores tiende naturalmente a diseñar a sus personajes como simples máquinas parlantes de las que emanan líneas de diálogo, Denis aún opera como los directores de cine mudo y concibe al cuerpo como una superficie que se puede explorar de la misma forma que se hace con el paisaje.

En ese campo, de hecho, ha superado por lejos a sus maestros Wim Wenders y Jim Jarmusch (de quienes fue asistente de dirección en Paris Texas, Las alas del deseo y Down by law) y sus mejores películas resisten sin problemas las comparaciones con los mismísimos Antonioni y Carl Dreyer. Tal cual.

En 2008, Denis llega con dos películas: 35 rhums (estrenada en el Festival de Venecia) y White material, un filme con Isabelle Huppert, ambientado en Camerún. Pero cualquier revisión de su obra debería empezar por tres títulos notables:

Bella tarea (1999). Una lección sobre el acoso entre soldados, filmada con sentido épico en el norte de Africa a partir del cuento Billy Budd, de Melville.

Viernes por la noche (2002). Un interminable embotellamiento en las calles de París, donde las formas de los autos y de sus conductores llegan a hacerse intercambiables.


El intruso (2004).
Después de someterse a un transplante de corazón, un jubilado decide viajar a Tahiti en busca de un hijo perdido, haciendo escala –literalmente– en multitud de recuerdos y pesadillas.