Que conste: hay otras películas chilenas a parte de Violeta. Entre ellas Lucía, uno de los mejores retratos del Santiago de ahora y del que se fue. Por Christian Ramírez

 

  • 9 septiembre, 2011

Que conste: hay otras películas chilenas a parte de Violeta. Entre ellas Lucía, uno de los mejores retratos del Santiago de ahora y del que se fue. Por Christian Ramírez

En teoría, pocas cosas podrían haberle hecho mejor al cine chileno que el merecido éxito de Violeta se fue a los cielos, de Andrés Wood. Los números no mienten: para cuando estas palabras estén impresas, la cinta habrá superado largamente los 200 mil, cuando no los 250 mil espectadores, y estará en camino de convertirse en el estreno nacional más taquillero de los últimos años. Gente que usualmente compra tickets para películas de robots espaciales habrá visto la vida de la compositora de Me gustan los estudiantes. Pero lo que funciona muy bien para una marca nacional no necesariamente se aplica a las otras.

A la sombra de esta Violeta hay varios otros filmes chilenos circulando: Ulises, de Oscar Godoy; Hija, de María Paz González y, sobre todo, Lucía, de Niles Atallah, que tal vez queden olvidados debido a la cobertura de la película más grande y a sus propios diseños, menos epocales y más acordes con una supuesta tendencia de nuestro cine hacia lo íntimo y lo privado.

Pero, ¿es así? Una mirada a Lucía basta para poner el asunto en cuestión. El filme es la historia de una soltera de treinta y tantos que, al vivir con su padre en una derruida casona del sector de Recoleta, comienza a fantasear con la idea de salir y escapar de su refugio. Abandonar este Santiago horizontal anclado al piso, con sus trizados bloques de adobe y estrechas calles de un sentido. Cambiarlo de golpe por una ciudad en vertical, 20 pisos de altura: departamento de un ambiente más terraza en 40 metros cuadrados. ¿Calzan esos dos mundos sin que uno se trague a la fuerza el otro?

Atallah y su equipo asumen que esta es la clase de preguntas que te obliga a tomar posición: es evidente que los realizadores están absortos con el donosiano caserón donde Lucía (Gabriela Aguilera) pasa los días, tratando de entusiasmar a Luis, un papá (Gregory Cohen) que en algún momento se “perdió”, se borró –con la Unidad Popular, después del golpe, con la llegada de la democracia, da lo mismo- y que hoy es uno más de los fantasmas que pueblan una suerte de reino privado que separa a la protagonista del aquí, del ahora y de los otros. El pasado del director en el cine de animación funciona perfecto al dar cuenta de este aislamiento, ya que -al aplicar técnicas de stop motion tanto a los actores como a las piezas donde transcurren las escenas- convierte a la casa en un ente viviente, donde los diversos momentos del día, los cambios de luz y hasta la posición de los muebles y objetos transmiten estados de ánimo de una intensidad que supera a la de los propios moradores.

Unos cuantos guiños de la trama bastan para dar cuenta de que este Santiago donde parece todo flotar estancado en realidad se encuentra en permanente cambio: por televisión se alcanzan a avizorar los funerales de Pinochet. En víspera de navidad, padre e hija se zambullen en los flamantes túneles de la Costanera Norte. Por cada lugar que Lucía transita se divisan paredes con letreros de venta, arriendo y demolición. Una ciudad reemplaza a otra. El pasado se cambia como las luces quemadas de un arbolito de pascua, como el par de lentes que Lucía le regala a Luis y que él deja olvidados encima de la mesa para volver a ponerse los viejos, los mismos que ya ni siquiera sirven para mirar ni menos para llevar sobre la cara, cual obsoleta bandera.

Obsolescencia. Transformación. Me cuesta pensar en una ficción chilena que haya abordado el espacio con tal decisión. Habría que regresar bien atrás, a El zapato chino (1977), incluso hasta Largo viaje (1967) para volver a toparse con calles filmadas con la misma intensidad justo en el momento en que dejan de existir tal cual las recordábamos y pasan a ser otra cosa. Como casi todo.

 

Retrato de una mole
Tan pendientes estamos del paisaje que se desarma en torno nuestro que a veces pasamos por alto lo que queda. De ahí que un buen contrapeso a la ciudad retratada en Lucía (ver texto principal) sea GAM: historia del centro, un mediometraje que el realizador Ignacio Agüero (Aquí se construye) preparó en torno a ese elefante de concreto y metal que primero alojó a la UNCTA D, luego se transformó en el Diego Portales y, tras un devastador incendio, emergió como el Centro Cultural Gabriela Mistral. La película, que se exhibe en el mismo GAM, funciona como tributo a una de las intervenciones urbanas más radicales del Santiago del siglo XX, pero vía imágenes de archivo (los tijerales del 72 con Allende incluido, el discurso de Pinochet transmitido desde su interior en el 74) abre la puerta a un mundo que creíamos imposiblemente lejano, pero que fue alojado -y en el fondo, atrapadopor esas gruesas paredes.