No deja de ser una ironía que, aunque la materia prima del cine sea el tiempo –el que transcurre, el que se atrapa en imágenes y el que se deja escapar–, las películas se hayan ocupado tan poco de los rigores que suele provocar su transcurso: la ancianidad, la obsolescencia y el fin de las […]

  • 25 marzo, 2013
The life and death of Colonel Blimp

The life and death of Colonel Blimp

No deja de ser una ironía que, aunque la materia prima del cine sea el tiempo –el que transcurre, el que se atrapa en imágenes y el que se deja escapar–, las películas se hayan ocupado tan poco de los rigores que suele provocar su transcurso: la ancianidad, la obsolescencia y el fin de las cosas.

El tema estuvo de moda en las últimas semanas a raíz de la candidatura y posterior triunfo en los Oscar de Amour –la cinta de Michael Haneke que dejó en el camino a NO–, pero una golondrina no hace verano. En el cine, los viejos suelen estar relegados a papeles secundarios o simples caricaturas que los reinventan como maestros zen, gente que viene de vuelta o que se lanza en busca una segunda adolescencia, con pilas –y prótesis– renovadas. La gente ha terminado por aceptar esos maqueteados ancianos como una convención entre las muchas que ofrece una industria que ha hecho del reciclar y simplificar algo parecido a una religión, pero quien quiera achacarlo como otro pecado de la modernidad audiovisual, que no se engañe: como buenas hijas del siglo XX, las películas siempre han estado fascinadas por el poder, la energía, la pasión y la belleza que conlleva lo nuevo y lo joven. En la pantalla, el eterno combate entre Eros y Tanatos suele saldarse a favor del primero (con final feliz incluido).

Por lo mismo, es curioso el interés que ha despertado el regreso de la extraordinaria The Life and Death of Colonel Blimp; aunque más que regreso, cabría decir resurrección: durante décadas la cinta de Michael Powell y Emeric Pressburger fue considerada ella misma un vejestorio, uno más entre tantos subproductos facturados y olvidados en la Inglaterra de la Segunda Guerra. Las enciclopedias de cine la consignaban como uno de los primeros filmes británicos rodados en colores –con una jovencísima Deborah Kerr en el elenco– y también como la producción que le sacó más de un dolor de cabeza a Churchill y su gabinete. Y sería todo. O casi, porque su situación de abandono comenzó a cambiar a fines de los años 80, cuando Martin Scorsese y otros cineastas comenzaron a abogar de pronto por el Coronel Blimp como una suerte de eslabón perdido entre cine clásico y el moderno. El lobby iba en serio: recuerdo un extenso comentario del crítico Andrew Sarris, publicado con motivo de la muerte de Powell en 1991, donde la comparaba nada menos que con el Citizen Kane, de Orson Welles. E iba más allá. Puesto a elegir entre una y otra, se quedaba con la humanidad, el candor y la maestría de la cinta británica. ¿Así de grande era? Y si lo era, ¿dónde se la podía ver?

La pregunta quedaría en suspenso por unos buenos años, porque aunque en los 90 se la pudo ver muy de tarde en vez por el cable, el Coronel Blimp no se desplegó en todo su esplendor hasta que la Criterion Collection la editó en DVD en la década pasada, y ahora que vuelve en bluray completamente restaurada por Scorsese y The Film Foundation –justo a tiempo para celebrar sus 70 años– uno entiende que la patudez de Sarris no era tal cuando la equiparaba a Kane: el tejido de ambas películas está hilvanado en torno a la sabiduría y la estupidez que todos vamos acumulando con el paso del tiempo; a la distancia que existe entre el cómo imaginamos “nuestro legado” y lo que finalmente queda –o se pudre– en la posteridad.

Eso no era muy aparente en la fuente original de la película: las caricaturas del Coronel Blimp, que el humorista David Low publicó desde principios de los años 30, en el Evening Standard de Londres. En su primera encarnación, Blimp era el retrato mismo de la reacción, el típico veterano de guerra calvo y pomposo, que hablaba de cuán glorioso fue el pasado y de lo patético del presente del imperio; pero los planes de Powell y su socio Pressburger –en su recién fundada compañía The Archers– eran mucho más ambiciosos. En sus manos, el vetusto y gordo monigote se convirtió en el coronel Clive Candy, un dinámico pasajero del nuevo siglo, a quien los años empujaban de la guerra de los Boers a las trincheras de Verdún y luego al bombardeo de Londres. No sólo los años pasaban por encima de este nuevo Blimp, que se había educado leyendo a Kipling y que ahora se horrorizaba con Hitler. A medida que se hacía más y más anciano, la materia misma de su mundo se le volvía irreconocible.Todo cambiaba: las nociones de frontera, de política, de romance, de honor, y, sin embargo, él seguía ahí. Con su piel de viejo carcamal. Cada vez más dura e impenetrable.

El personaje se vuelve aún más interesante cuando uno se entera que la película fue filmada en pleno “London Blitz”, con permanentes alertas de bombardeo, toques de queda, momentos de emergencia y, por si fuera poco, con la total oposición del gobierno: Churchill no era precisamente fan de un personaje que ridiculizaba los sentimientos patrióticos de la nación a fuerza de exaltarlos a ultranza; pero no era de extrañar, ya que él mismo era incapaz de ver que los cambios a los que había enfrentado el protagonista del filme eran los mismos que habían marcado a fuego su propia vida. Reluctante y todo, el primer ministro y su brazo derecho, Anthony Eden, figuraba entre el público el día del estreno, a principios de julio del ’43, enfrentándose a algo que no era la sátira política que ellos esperaban.

De hecho, poco de eso hay al verla 70 años más tarde. Tal como Citizen Kane, el Coronel Blimp es un filme que circula con manifiesta libertad entre el pasado y el presente, sin respeto alguno por la cronología, pero –en vez de seguir a un Charles Foster Kane y sus fútiles esfuerzos para manipular el mundo de acuerdo a su ambición– opta por ir observando la vida de Clive Candy sin tomar en cuenta sus glorias militares o mundanas, sino a partir de conquistas y derrotas estrictamente privadas, pero lo bastante sentidas como para permanecer vivas después de medio siglo. En especial dos: su hermandad con Theo Kretschmar, un viejo oficial alemán, que conoció en sus días de espía en Berlín, y su atracción/amistad/amor por tres mujeres que lucen sospechosamente parecidas.

En su tiempo, lo de Theo fue un gran escándalo. Aunque era un notable guiño a la amistad entre Pierre Fresnay y Erich von Stroheim –los honorables militares en La gran ilusión, de Jean Renoir–, poner a un alemán de mejor amigo del protagonista no le hizo mucha gracia a las autoridades; pero lo que de verdad intriga hoy son los amores de Blimp: adelantándose casi veinte años al Hitchcock de Vértigo (que desdobló a Kim Novak en versión rubia y morena), Powell y Pressburger volcaron en Deborah Kerr la triple representación del ideal femenino y, en el fondo, de la pasión de su protagonista. Convertida en la mujer que dejó escapar, en la esposa que amó y que luego perdió y, por último, en la joven ayudante que lo mantiene en pie cuando todo (incluyendo Londres) parece derrumbarse alrededor, la imagen de Kerr es lo único que resulta constante a través de las décadas narradas por el filme.

Cabe preguntarse si acaso aquella hermosa pelirroja que regresa una y otra vez al filme, más que un personaje no es en realidad otra faceta más del envejecido Blimp: la salvaje llama interior que lo impulsa a seguir adelante y a darse de cabeza contra su propia época. A prevalecer, decaer y brillar, todo al mismo tiempo. A volverse un poco eterno, como ocurre con las bellas películas. •••