Extraña la relación entre las películas y los museos. Gente como Hitchcock o Howard Hawks bien se hubieran pegado un balazo ante la perspectiva de filmar algo que sólo pudiera exhibirse en compañía de estatuas y cuadros, y preferían jugarse la vida frente a la taquilla de los teatros, apostando que las estrellas, los afiches, […]

  • 11 marzo, 2013
The Clock

The Clock

Extraña la relación entre las películas y los museos. Gente como Hitchcock o Howard Hawks bien se hubieran pegado un balazo ante la perspectiva de filmar algo que sólo pudiera exhibirse en compañía de estatuas y cuadros, y preferían jugarse la vida frente a la taquilla de los teatros, apostando que las estrellas, los afiches, los trailers y las buenas críticas atraerían al público por sí solos, sin tener que venderles la falacia de que estaban en la presencia de una gran obra. Todo bien con que le dijeran el séptimo arte, pero ellos y el resto de los viejos maestros tenían muy fresco el recuerdo de los tiempos en que las funciones de cine aún iban del brazo con las del circo, los juegos mecánicos y la feria de fenómenos, antes de los Oscar, los festivales y que los curadores comenzaran a mirar todo eso como “Arte”.

Hoy el panorama es el inverso: se puede colgar sin culpa en la pared un póster de película como quien cuelga un óleo (de hecho, algunos afiches originales cuestan casi tanto como una pintura), y toparse con ciclos de películas en los museos o las cinetecas, sin que por un segundo se nos ocurra que están fuera de lugar, porque –en el fondo– las películas ya pertenecen a todas partes: a las salas, a las estaciones de metro, a las tabletas, los celulares… A nadie le extraña que un museo muestre una película. Lo realmente atractivo es que éstos exhiban una que sólo se pueda ver ahí. Algo que no pueda comprarse en disco o descargarse por internet. Algo que te obligue a ir hasta allá, pagar la entrada y compartir la experiencia junto a otros, de cara a la pantalla en la oscuridad. Como en los viejos tiempos.

Antes de convertirse en complejos aparatos de relaciones públicas, los festivales de cine solían cumplir esa función. Si te aplicabas podías ver una buena cantidad de películas que difícilmente llegarían a las salas de tu país. Pero en tiempos del on demand, descargas digitales y discos duros repletos de películas que no alcanzamos a ver, incluso esa estrategia está obsoleta. ¿Y entonces?

Entra en escena The Clock.

La función debe seguir

Montada por el canadiense Christian Marclay en 2010, The Clock no es exactamente un filme, pero tampoco una instalación. Tampoco se parece a esas solitarias proyecciones de sala de museo, por las que uno se detiene un par de minutos antes de seguir mirando cuadros. Es un collage que funciona a sala llena, un mural, una obra hipnótica y una prueba de resistencia. Está compuesta por miles de secuencias extraídas de todo un siglo de películas, montadas en estricta continuidad y ordenadas en tiempo real. Y, literalmente es casi imposible digerirla de una sola vez. Dura 24 horas.

Pero la cosa no acaba ahí: cada hora, minuto y segundo de The Clock está sincronizado electrónicamente con el tiempo real, el de “allá afuera”. Si entras a verla a las 12:20 –como me pasó a mí– esa será la hora exacta que verás registrada o aludida en pantalla. Al principio vas chequeando el reloj una y otra vez, para encontrar la trampa y deshacer la ilusión; pero después de un rato uno queda atrapado por la osadía y la belleza del total. Esto es más que hacer zapping por toda la historia del cine: a medida que Woody Allen le da pie a Chinatown, luego al Oeste de John Wayne, y más tarde a personajes de David Lynch que desembocan en la pandilla de dibujos de la Warner Bros., va produciéndose una extraña sensación de simultaneidad, como si las películas citadas habitasen mundos paralelos que se intersectan juguetonamente al ritmo de las manecillas del reloj, como si The Clock fuera el limbo final al cual todas las películas van a parar. Una suerte de purgatorio que aloja todas las tramas, elencos y estilos; momentos de belleza brutal, de ridículo y de verdadera o falsa emoción. Secciones de tiempo embotellado que reflejan tanto el momento histórico en que las produjeron, como el instante en que el espectador las vio por primera vez y que sin embargo, puesto en este nuevo contexto, entran a dialogar sin mayores problemas con secuencias vecinas, alimentando una monstruosa montaña audiovisual que, paso a paso, va transmutándose en memoria y registro de actividad humana. Cumplido el ciclo de 24 horas, la función no se detiene. Sigue avanzando, como el tiempo mismo.

Marclay –quien obtuvo un león de oro por la obra, en la Biennale de Venecia de 2011– tiene más que claro que su trabajo es un tour de force técnico y un ejercicio extremo de gramática audiovisual, como le explicó hace un año a The New Yorker: “La gracia de ordenar los clips en tiempo real es que contradice la razón de ser de las propias películas. Uno comienza a darse cuenta de cómo están construidas, de la clase de trucos y trampas que usan constantemente. Si un actor se detiene a mirar su reloj, uno espera de inmediato una toma del reloj; pero si el rostro del tipo está en color y el reloj que se ve aparece en blanco y negro, de inmediato te das cuenta que hay algo raro”.

Pero este artista que comenzó haciendo collages de pequeña escala y mixtapes de audio, sabe que al pisar terreno audiovisual toda referencia se vuelve múltiple, ambigua y plástica. A propósito de un clip de Que la bestia muera (1969), de Claude Chabrol, que muestra a un cigarrillo quemándose en un cenicero sin que nadie lo reclame –y al que The Clock regresa varias veces entre las 7.10 y 7.20 de la tarde–, el cineasta ha dicho que, si el espectador quiere recogerlo, el sentido está a la vista: “en la pintura, el memento mori (la fugacidad de la vida) solía estar representada por una vela ardiente, pero ese cigarro que arde solo bien puede simbolizar la idea del tiempo en el siglo XX. Es el tiempo que se consume”.

Viendo The Clock en el MoMa –que lo adquirió para su colección, tal como hizo la Tate Gallery, el Centro Pompidou y diversos museos del mundo en los últimos meses– las sensaciones eran encontradas. Por un lado, el deseo de sumergirme hasta el fondo en el marasmo de imágenes y mandar al diablo el paseo por el resto de las salas. Por otro, la necesidad de romper el hechizo y salir afuera, a la vida, y a una continuidad que fuera propia y no prestada, como la que ofrecen las películas. Sin embargo, The Clock estaba ahí precisamente para perturbarla, para remorder la conciencia y recordarle a los espectadores que van de salida que la función debe seguir, y que lo hará con o sin ellos. A mediados del siglo XX, Henri Langlois –el fundador de la Cinemateca Francesa– logró crear una gran audiencia cautiva usando una versión parecida de ese principio: programaba las cintas una sola vez, obligando a la tropa de habitués a ir todas las noches, porque sabían que el filme de ese día tal vez no volvería a proyectarse en mucho tiempo, tal vez en años. No te dabas ni cuenta y la película se te había escapado de las manos. Igual que el tiempo. •••