Un repaso a dos películas culinarias en nuestras carteleras: Sin reservas y Ratatouille. El mismo tema visto de dos maneras distintas. 

  • 7 septiembre, 2007

Un repaso a dos películas culinarias en nuestras carteleras: Sin reservas y Ratatouille. El mismo tema visto de dos maneras distintas. Por Pilar Hurtado.

 

Mi madre, santa abuela, llevó a todos sus nietitos sub 6 a ver Ratatouille, así que me quedé con las ganas de ir hasta que pude arrancarme a una de esas fascinantes funciones tipo 12 del día a disfrutar. Amo los dibujos animados y amo la comida, por lo que era un panorama perfecto. Para empezar, hay que decir que la jugada del filme no era nada de fácil: ratas, ratones y bichos es lo último que uno quisiera ver –incluso, saber que existen– en el ojalá inmaculado piso de la cocina de un restaurante. Pero dudo que alguien no pueda sentir ternura y simpatía por Remy, la rata francesa de olfato privilegiado que sueña con ser chef. El es un soñador, un gozador, y se aburre. A él lo que le gusta es olfatear los ingredientes e imaginar cómo los combinaría, hasta que tiene su oportunidad cuando marcha del campo a la ciudad y de ahí directo a un restaurante donde “probará la mano”. La cinta tiene muchos momentos entretenidos, pero lo que quiero rescatar de ella es el rol de la pasión y de la perseverancia para cumplir con los sueños, por un lado, y por el otro, su manera de mostrar la trastienda en las cocinas de los restaurantes: todo corre, todo es rápido, todo tiene que funcionar, los platos se rompen, las cosas se queman, el piso se ensucia…

 

Luego de ver las escenas finales –cuando el crítico gastronómico prueba la ratatouille (guiso de tomates, berenjenas y zapallitos italianos) preparada por las ratas y sus hoscas facciones se ablandan con ese sabor que lo transporta a su infancia–, estoy segura de que Brad Bird, el director de la cinta, debe ser un gozador. Porque no solo se limita a mostrar la vorágine de la cocina de un restaurante, sino que entiende y transmite el rol que –aparte de alimentar– la buena comida cumple en la vida del hombre: entibiarle el alma, acompañarlo, llevarlo a sus mejores momentos, hacerlo más feliz.

 

Me encantó y me emocionó Ratatouille y, si no la han visto, se las recomiendo. No es, en todo caso la única cinta de chefs que ha pasado recientemente por la cartelera. También está Sin reservas, una comedia romántica acerca de una chef (Catherine Zeta-Jones) apasionada con su trabajo, maniática del detalle, arisca. Su cocina está impecable, y los que trabajan en ella no parecen siquiera sudar, sus chaquetas no tienen ni una mancha. Está la vorágine al momento de servir los platos, claro; pero la verdad no me la creí. Todo era demasiado producido, lindo y perfecto. Una cocina en servicio no se ve así. Los personajes no están mal, el bombón que canta arias de ópera mientras cocina es un placer de mirar, pero me atrevería a decir que su director (Scott Hicks, el mismo de Claroscuro) no es un gozador. Debe comer siempre los mismos platos, incluso es posible que cuide la línea, sin sobrepasarse, cuidándose de disfrutar demasiado, de pasarse de la raya. La cocina no lo apasiona. En Sin reservas se trata de un mero escenario que debe haber parecido propicio para contar esta historia donde la comida es un pretexto. Los realizadores intentan darle un lugar sensual, pero no funciona. No es una producción que muestre con honestidad a personas que aman la comida y vibran con ella.

 

Si hablamos de películas comestibles y de directores gozadores, hay que mencionar Comer, beber, amar, de Ang Lee, donde los condumios orientales que revuelve el protagonista llegan casi a oler a guisos con salsa de soya; y donde él mismo acaba por entender lo que significa compartir una buena comida y por eso se esmera en prepararla para sus hijas. Y también la inolvidable La fiesta de Babette, de Gabriel Axel, donde una mujer que se gana la lotería prepara para todos los piadosos y austeros viejitos del pueblo danés donde vive una cena voluptuosa y refinada.

 

Una vez que los ancianos prueban esos bocados y beben los más ricos vinos, su alma también se entibia: sonríen, bailan, rejuvenecen y –casi diría– sus vidas vuelven a tener sentido. Tal vez sea demasiado para atribuir solo a una buena comida, pero estoy segura que más de una vez al probar un bocado divino ustedes han experimentado estas mismas sensaciones.