¿Qué hacer con un buen producto, cotizado, elogiado y hasta premiado en el extranjero, pero que en su propio país no se consume a los niveles que éste necesita? La pregunta es pertinente, porque en los próximos meses vendrá una de las cosechas fílmicas más interesantes de los últimos años. Por Christian Ramírez.

  • 22 marzo, 2011

 

¿Qué hacer con un buen producto, cotizado, elogiado y hasta premiado en el extranjero, pero que en su propio país no se consume a los niveles que éste necesita? La pregunta es pertinente, porque en los próximos meses vendrá una de las cosechas fílmicas más interesantes de los últimos años. Por Christian Ramírez.

 

A principios de la década pasada el cine argentino entró en una encrucijada: la nueva generación de cineastas era la mejor en muchos años, sus películas comenzaban a recibir premios y su visibilidad era cada vez mayor y, sin embargo, la respuesta del público era anémica, casi nula. Nadie dice que el talento y la taquilla tienen que ir de la mano, pero como les ocurre a muchos matrimonios de conveniencia, una mínima sincronía es necesaria. Diez años después, esos “nuevos talentos” argentinos –gente como Lucrecia Martel, Pablo Trapero, Lisandro Alonso y Martín Rejtman, entre muchos otros– se han visto obligados a trabajar con productores y coproductores extranjeros, ante la indiferencia de sus compatriotas. ¿Qué hacer al respecto?

Es la misma pregunta que uno se hace frente al cine chileno desde hace dos o tres años, en vista de un panorama que no se diferencia mucho del anterior: el surgimiento de una camada de interesantes realizadores, la figuración de sus películas en importantes festivales del mundo, combinada con la persistente baja en la recaudación de las películas nacionales. ¿No debería ser al revés?

Por lo mismo, uno puede entender la política adoptada por el Consejo de la Cultura a mediados de 2010, que tiende a favorecer a producciones de mayor costo que apunten a públicos masivos y a restaurar el interés de quienes ya no compran entradas para ver cine nacional. Parece lógico que los fondos estatales estén a la caza de un nuevo Machuca (800 mil espectadores) o Sexo con amor (al borde del millón de entradas vendidas).

Sólo que hay un gran “pero”: si observamos con cuidado lo mejor de la producción nacional, de 2005 en adelante es evidente que los intereses de los cineastas se han desplazado a atmósferas íntimas, al terreno de la introspección. Ahí están Huacho, La vida de los peces, La nana, El cielo la tierra y la lluvia o Navidad. A esto no ha ayudado tampoco que quienes continúan trabajando en busca del gran público han venido fracasando de plano (Mitos y leyendas), conseguido escasa respuesta en la taquilla (La buena vida) o han quedado atrapados en la barrera de los cien mil espectadores (Dawson Isla 10, Qué pena tu vida), muy lejos de las recaudaciones históricas de la última década.

La cinta chilena más vista de 2010 es un caso aparte: Ojos rojos, sobre la selección de Bielsa y el proceso de eliminatorias mundialistas, es el documental más exitoso en nuestra historia. Si sus 100 mil espectadores son el nuevo techo que le espera a nuestros espectáculos masivos, habrá que replantear las políticas de Estado, continuar apoyando proyectos pequeños, estimular al máximo los fondos para el adecuado marketing de las producciones nacionales y moderar las expectativas de que algún día una cinta chilena vaya a recibir un Oscar.

Una revisión de los estrenos más interesantes de los próximos meses permite algunas conclusiones. Salvo notorias excepciones, la tendencia va hacia directores que sienten cada vez más libertad en el pequeño formato y utilizan un pincel cada vez más fi no. ¿Estará el público de su lado para apoyarlos? De no ser así, es posible que la desaceleración y fragmentación del “nuevo cine argentino” se replique por estos lados y nuestros cineastas queden suspendidos en el aire, otra vez.

Las grandes apuestas

Nadie ha dicho que las producciones de gran formato en Chile hayan dejado de ser viables, pero !vaya que se ha vuelto complicado el proceso de concebirlas y filmarlas!

3.34. Juan Pablo Ternicier

Aunque amenazaba con inaugurar la temporada cinematográfi ca chilena el mismísimo 27 de febrero recién pasado, la película sobre el terremoto de 2010 quedó postergada para el 21 de abril. Y tal vez haya sido para mejor: la tensión producida por los recientes desastres naturales tal vez haga demasiado dura la experiencia de revivir dentro de una sala la experiencia del gran sismo del año pasado. En todo caso, la aventura del director Juan Pablo Ternicier y el productor Martín Rogers –quienes lograron levantar fondos por 1.4 millones de dólares- sigue tan válida como al principio. Si es muy luego o no, el público lo decidirá.

Violeta se fue a los cielos, Andrés Wood

Más cauteloso ha sido Andrés Wood, quien tuvo un duro 2008 con los malos resultados de La buena vida (que no superó los 40 mil espectadores), pero que desde entonces ha tocado el cielo produciendo las tres temporadas de la serie de TV Los 80. Tal vez por eso diseñó su siguiente proyecto buscando el difícil equilibrio entre calidad, importancia histórica y masividad. Wood se encuentra en postproducción de su vida de Violeta Parra, narrada a partir del libro escrito por su hijo, Angel. En la historia del cine chileno, nunca se ha intentado un proyecto biográfi co de esta envergadura; menos, con alguien de la importancia de la cantautora. Y aunque el rol protagónico fue asignado a una actriz poco conocida (Francisca Gavilán), no cabe duda de que el segundo semestre cinematográfico pertenecerá a Violeta y sus canciones.

El turno de los maestros

Dos de las películas de directores chilenos más interesantes de 2010 no fueron estrenadas a tiempo en nuestras pantallas y, peor aún, no hay luces de que vayan a aparecer por estos lados.

Nostalgia de la luz. Patricio Guzman

Continuando la línea reflexiva anunciada en el 97 por La memoria obstinada, nuestro documentalista mayor usa la observación astronómica y su interés por la ciencia como metáfora de la mirada sobre un país con el que todavía se siente en profundo conflicto.

Misterios de Lisboa. Raul Ruiz

Un inmenso filme de época –o mejor dicho, la miniserieque Ruiz dirigió a toda velocidad mientras los doctores lo esperaban para someterse a la delicadísima operación al hígado, de la que todavía se recupera. Ha sido universalmente alabado, pero mientras la espera por ella continúa, el incansable Ruiz rodará en el país La noche de enfrente, su primera película con fondos plenamente chilenos en casi 40 años.

Segundas películas

Sin duda la categoría más interesante, ya que estos tres directores debutaron con propuestas de gran valor. Es inevitable que los ojos estén puestos sobre ellos.

Verano. Jose Luis Torres Leiva

Rodada en la sexta región a principios de año, la nueva cinta de ficción de Torres Leiva sigue los pasos de veraneantes, locales y afuerinos que circulan en torno a una pequeña localidad cercana a unas termas. ¿Cuánto cambia la vida de estas comunidades al llegar el verano? ¿Cuán profundas son las huellas que quedan estampadas año a año en estos lugares de paso? ¿Quién dijo que esos días tienen que estar cargados de significado, o es que éste se oculta y es inabordable? La mirada del director de la reciente Tres semanas después –quizás el mejor registro documental sobre el terremoto de febrero– se aplica al máximo en el desafío.

Sentados frente al fuego. Alejandro Fernández

Al mendras Concebida y filmada –entre octubre de 2009 y octubre de 2010– en torno a las cuatro estaciones del año y en lugares que el pasado terremoto alteró para siempre, la segunda película de Fernández Almendras se sirve de una compleja relación de pareja (Daniel Muñoz y Alejandra Yáñez) para observar lo que cambió y no cambió en un año complejísimo para el país. Por lo mismo, Sentados frente al fuego puede ser leída como la historia de la feroz revancha de la tierra contra sus habitantes quienes, pese a todo, prevalecen.

Bonsai. Cristian Jiménez

Una de las grandes interrogantes de 2011 y por una razón muy sencilla: se trata de la primera adaptación cinematográfica de un texto contemporáneo en mucho tiempo. Es distinto trabajar sobre Coronación o los cuentos de Manuel Rojas que atreverse con un relato de 2006, escrito por un Alejandro Zambra que deliberadamente se apoya en referencias literarias para narrar la relación entre dos estudiantes que se permiten borrar las barreras entre el arte y sus vidas. Gran apuesta para Cristián Jiménez, que debutó hace un par de años con Ilusiones ópticas.

Tres voces


Estos directores ya han probado que tienen algo que decir, pero están en el camino por encontrar un tono.

Musica campesina. Alberto Fuguet

Fuguet no perdió tiempo tras la filmación y posterior distribución digital de Velódromo: aprovechando la posibilidad de dirigir en Nashville junto a un equipo de universitarios, lo que originalmente era un cortometraje se expandió a un largo acerca de un chileno extraviado en tierras estadounidenses. Hablado en su mayor parte en inglés y seleccionado como parte de la armada de doce filmes chilenos que participará en el próximo festival Bafici, en Buenos Aires, Música campesina continúa la línea de micro historias por la que Fuguet optó tras su debut en Se arrienda, y que –sin proponérselo– lo inserta de lleno en los intereses de la nueva generación de cineasta chilenos

El año del tigre. Sebastián Lelio

Tras la experiencia de filmar Navidad casi a lo Bertolucci – tres personajes, que exploran sus obsesiones y su sexualidad en un lugar cerrado–, Sebastián Lelio cambió de enfoque y hasta de preocupaciones para su tercer largo. El año del tigre relata la fuga y posterior persecución de los presos de la cárcel de Chillán, tras el terremoto de febrero de 2010. El “cazador” es Sergio Hernández y el “cazado”, Luis Dubó. La anécdota remite a la larga tradición de los filmes de género, y por lo mismo será interesante ver cómo Lelio se inserta en la escuela de escenas de acción y gran drama que exige esta clase de productos.

La pasion de Michelangelo. Esteban Larraín

Una de las grandes interrogantes de 2011. En manos de un realizador cualquiera, la historia de Miguel Angel y sus visiones de la Virgen en Peñablanca, allá por la década del ochenta, podría transformarse en un melodrama, un telefilme o una historia de época. Pero la sólida experiencia en el documental de Esteban Larraín indica que el resultado podría estar a la altura de la historia –un relato que involucra paranoia personal y colectiva, intervención política y una no despreciable cuota de realismo mágico.