El cine ha entregado memorables secuencias de bicicletas, desde Jacques Tati y Truffaut hasta Los muchachos del verano –una cinta de culto de los 70- y los documentales sobre las grandes carreras. Por Christian Ramírez

  • 10 agosto, 2011

 

El cine ha entregado memorables secuencias de bicicletas, desde Jacques Tati y Truffaut hasta Los muchachos del verano –una cinta de culto de los 70- y los documentales sobre las grandes carreras. Por Christian Ramírez

 

Las películas parecen obsesionadas con los autos. Se les filma en incansables persecuciones, frenazos y partidas. Desde el interior, desde fuera, detenidos, en movimiento. El auto como refugio contra el frío, como dormitorio, como closet y hasta como máquina del tiempo, como decía por ahí Clint Eastwood en Un mundo perfecto. Verdadera expresión de individualismo e incluso suerte de “otro yo”. Pero, ¿y qué hay de las bicicletas?

Hollywood suele usar a las bicis como herramienta, como artista invitado que da “color” al argumento. ¿Se acuerdan de las bicicletas voladoras de ET? Su uso no es muy distinto al que le dan en Butch Cassidy, cuando Paul Newman saca a pasear a Katharine Ross al ritmo de Raindrops keep fallin on my head. Una escena amorosa, pero finalmente decorativa, puesta más al servicio de la canción –que vaya que le fue bien en los rankings– que de la película misma.

Otra escena memorable que nos dejó la gran pantalla es la de los amigos andando en bici en Jules et Jim, de Truffaut (1962), muertos de risa, cruzando colinas y campos, sin imaginar que la II guerra está a la vuelta de la esquina.

La bicicleta es un elemento clave en Velódromo (2010), la película donde Fuguet la usaba para animar los paseos de Ariel Roth, ciclista impenitente, porfi ado, que se conduce por la vida impulsado nada más que por sus pedales. Una actitud parecida a la obcecación de Dave Stoller, el adolescente protagonista de Los muchachos del verano (Breaking away, 1979) que vive y pena por competir en forma profesional. Su idea no es muy distinta de la del joven Tony Manero en Fiebre de sábado por la noche: usar lo poco que sabe de la vida para escapar de su mundo, sin saber que la forma más práctica de hacerlo es convertir la porfía en disciplina, el paisaje en línea de meta y la bici en vehículo, no en juguete.

Ese es el enfoque que Kevin Costner y compañía usan en American flyers (1985) –otra película que suele aparecer frecuentemente en rankings de pedaleros– y uno que es festinado por todo lo alto en Las trillizas de Belleville (2003), cuya víctima es Champion, un hipertrofi ado corredor raptado en pleno tour de France, antes de que el ciclismo deje paso al music hall (el verdadero tema de la película).

Entonces, ¿qué hacer con las bicicletas y el cine? El mejor consejo es tomárselo con relajo. Admitir que, aunque la palabra esté en el título, El ladrón de bicicletas es una cinta que poco tiene que ver con pedalear y que tal vez las mejores películas de bicis sean los documentales que los europeos han rodado acerca de las carreras que más los obsesionan: el mejor ejemplo al respecto debe ser la increíble A sunday in hell (1977), del holandés Jorgen Leth. ¿Quieren verla? Está completa bajo ese nombre en youtube.

Puede que la lección clave sea esa: hay algo de abstracta belleza en ver pasar el paisaje a tu alrededor, sin estar rodeado de puerta, techo y manubrio. Tener la capacidad de ir y volver en un giro. De parar, acelerar y volver a empezar. Jean-Luc Godard lo capta bien en el bellísimo comienzo de Sauve qui peut (la vie), de 1980, cuando Nathalie Baye recorre las colinas de Suiza en fragmentados enviones al ritmo de la música de Gabriel Yared.

Pee Wee Herman está a un millón de kilómetros de Godard, pero su roja y mágica bicicleta en Pee Wee’s big adventure (el fi lme que hizo junto a Tim Burton, en 1985) posee cualidades parecidas. Claro que ambas cintas son hijas del ciclista defi nitivo: François, el efi ciente cartero que Jacques Tati encarna en la maravillosa Jour de fête (1949), el único capaz de convertir el antiguo fi erro que ocupa en expresión de libertad, velocidad y futuro.


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