Es difícil saber qué hay en la cabeza de Donald Trump. Para muchos (algunos expertos han hablado de “narcisismo maligno”), no hay mucho más que ego. Cuando para el Día de Acción de Gracias le preguntaron por qué daba gracias, contestó “por mí mismo y la tremenda diferencia que yo le he hecho al país”. […]

  • 19 diciembre, 2018

Es difícil saber qué hay en la cabeza de Donald Trump. Para muchos (algunos expertos han hablado de “narcisismo maligno”), no hay mucho más que ego. Cuando para el Día de Acción de Gracias le preguntaron por qué daba gracias, contestó “por mí mismo y la tremenda diferencia que yo le he hecho al país”.

Por lo tanto, cuando Trump pide que se detenga a la CFO de Huawei, Meng Wanzhou, por la supuesta violación de las reglas del embargo comercial a Irán (Trump acusa a Huawei de vender a Irán equipos que contienen tecnología norteamericana), ¿qué estará pensando el presidente de los Estados Unidos? ¿Qué motiva la política comercial trumpista? ¿Es envidia? ¿Racismo? ¿Intereses económicos? ¿Cálculo geopolítico?

Una de las sorpresas de la campaña presidencial fue la vehemencia con que Trump se largó en contra de China, un país que, al final de cuentas, es dueño de casi un 20% de la deuda estadounidense. Como alguien que tiene una actitud de suma-cero, Trump ha tenido una larga historia de criticar a países que parecen ganarle económicamente a los Estados Unidos, pensando que cualquier ganancia del otro equivale a una derrota para su país. En la década de los 80, acusaba a Japón de “chuparle la sangre” a los EE.UU. Años de estagnación económica significaron que Japón no logró mantener su posición como principal adversario económico, rol que después fue ocupado por China. En 2016, el déficit comercial entre EE.UU. y China era de unos 347 mil millones de dólares. El discurso proteccionista de Trump se empezó a dirigir hacia el gigante asiático, y una vez en el poder optó por imponer aranceles en una serie de productos, medida a la cual China obviamente respondió, lanzando la reciente guerra comercial.

Sin embargo, la política de Trump no ha tenido los efectos esperados; a octubre de este año el déficit casi llegó a la cifra del 2016. Es decir, para 2018, y a pesar de los aranceles, el déficit comercial será bastante mayor al de 2016.

Pero es posible que Trump esté pensando en otra cosa. La medida extraordinaria de pedir la detención y extradición de una alta ejecutiva de una empresa china, puede enmarcarse dentro de otra guerra, no la comercial, sino la tecnológica. Tal vez Trump –o alguno de sus consejeros– entiende una verdad esencial del siglo XXI: el poder viene de la ciencia, innovación y tecnología, especialmente la tecnología digital, y por lo tanto, mientras en siglos pasados la competencia entre países era por territorio, hoy es por el conocimiento y las leyes que regulan la forma en que se transfiere la tecnología. La infraestructura financiera y comercial internacional es, hoy en día, la forma en que se regula la competencia tecnológica.

China logró su auge comercial dejando temas militares en segundo plano. La gran mayoría de los recursos del país fueron destinados a la reforma económica. En los últimos diez años, sin embargo, el país, contando con más riqueza, ha realizado una modernización militar, con un fuerte énfasis tecnológico, adquirido de países como Rusia e Israel. En este contexto, la venta de tecnología de Huawei a Irán es una preocupación para Estados Unidos. Esto no quita que la solicitud de extradición de una ejecutiva de una empresa civil, muy contactada a la élite económica china, y por delitos de cuestionable legitimidad como es el embargo comercial a Irán, no esté repleto de riesgos para Estados Unidos. Una amplificación de la guerra comercial, la detención de decenas o cientos de ejecutivos occidentales trabajando en China, y un reordenamiento de la regulación del comercio tecnológico afectarían la economía mundial y terminarían con sacrificar el liderazgo de Estados Unidos en este ámbito. Es poco probable que eso sea lo que el presidente tiene en la cabeza.