• 25 enero, 2011


La significativa presencia de compatriotas en cargos de alta responsabilidad en el exterior nos permite tener cierta voz y relevancia en la discusión internacional. Para ser exitosos, se requiere articular estas voces en torno a un discurso común, a una visión país.


Chile es un país pequeño, abierto al comercio y con una excelente reputación internacional. Las políticas comerciales, económicas y sociales impulsadas por los gobiernos de la Concertación han generado el interés y el respeto de la comunidad mundial. A menudo Chile es citado por sus buenas prácticas y no es raro escuchar que se recomiende examinar y aprender de la experiencia chilena a otras economías emergentes y en vías de desarrollo. Frecuentemente, también, se observan y se celebran las distintas innovaciones que se impulsan en nuestro país. En suma, Chile es un buen ejemplo a seguir.

Por otra parte, llama la atención la significativa presencia de chilenos en puestos relevantes a nivel internacional, en comparación con otras economías de mayor tamaño; entre otros, Michelle Bachelet (ONU), Nicolás Eyzaguirre (IMF), Mario Marcel (OECD), Heraldo Muñoz (UNDP) y Juan Somavía (OIT). Esta circunstancia llama la atención por dos motivos: primero, porque no es resultado de una planificación de nuestra cancillería o del gobierno; y segundo, por el tamaño de nuestra población y de la economía nacional.

Chile es un país pequeño en escala, y seguirá siéndolo. La pregunta que debemos hacernos es de qué forma, y a pesar de su tamaño, puede influir y ser un actor relevante en la política y en las relaciones planetarias del siglo XXI.

En primer lugar, debemos sofisticar nuestras relaciones internacionales. Hasta ahora nuestra política exterior ha sido más “económica” que “política”; nuestra relación con el mundo está fuertemente influenciada por los acuerdos comerciales. Lo cual es correcto, pero insuficiente. Actualmente, las relaciones internacionales de los países desarrollados y de algunos en estado avanzado de desarrollo tienden hacia una complejidad en la que los aspectos comerciales son sólo una parte del intercambio político, cultural y estratégico. Hacia allá debemos apuntar: Chile debe moverse en esa dirección y, para ello, se requiere un diseño integral entre la presidencia, la cancillería y Hacienda.

En segundo lugar, debemos prestar la debida atención a los países BRIC (Brasil, Rusia, India y China), que van a jugar un rol muy relevante en el futuro y hoy no los estamos tomando en cuenta de manera adecuada. Aunque Chile sea muy eficiente y respetado, seguirá siendo un país pequeño, por lo que entender a estas naciones y anticipar posibles efectos políticos es urgente. Los polos de desarrollo se diversificarán, las relaciones políticas serán cada vez más relevantes… y hay que hacerse cargo de estos temas. Para ello, no basta con vender materias primas a China (esto ocurriría de igual modo, debido al fuerte crecimiento del gigante asiático); se requieren esfuerzos adicionales para incrementar la base exportadora y abrir nuevos mercados hacia estos polos de desarrollo. Brasil e India debieran ser las metas de corto plazo. Egipto, Turquía e Indonesia son países que por escala deberían ocupar parte relevante de nuestro esfuerzo.

Por último, la significativa presencia de compatriotas en tales cargos nos abre la posibilidad de ser escuchados y de alcanzar posiciones relevantes en la discusión internacional. Para ser exitosos, se requiere articular estas voces en torno a un discurso común, a una visión país. La posición de Chile en el exterior debe ser alimentada por un trabajo serio y constante. Nuestro país tiene compromisos de participación en el Banco Mundial, el BID, el FMI, la OECD, la APEC y en muchas otras reuniones bilaterales. Pero para ello hay que actuar con responsabilidad. No puede ser que de las tres últimas reuniones IDA –International Development Association (compromiso del actual gobierno con el Banco Mundial, a través de aportes financieros a los países más pobres)–, donde tenemos derecho a voz y donde podemos exponer nuestra visión sobre el desarrollo, no exista representación de las autoridades locales. El único experto en temas internacionales del ministerio de Hacienda no da abasto para participar en todas las reuniones a las que somos convocados.

Chile tiene una imagen privilegiada, que se ha construido con mucho esfuerzo. Es el momento de hablar y poner de manifiesto la posición de nuestro país en diversos temas de interés internacional. Para que nuestra voz tenga sentido, se requieren planificación, coordinación y más trabajo. Nuestra buena reputación internacional hay que cultivarla, cuidarla y hacerla crecer. Este es una gran desafío pero, al mismo tiempo, una oportunidad que no hay que desperdiciar.