• 3 noviembre, 2010


La derecha chilena se ha comprometido con el discurso de la igualdad y considera la cuna en que nacemos como un accidente que nada tiene que ver con la justicia. Pero en este respecto no hay una, sino dos derechas en Chile –una libertaria y otra liberal.


“Sería más fácil vivir sin dinero que vivir sin pobres,” escribe Mandeville en 1705. Piensa que si no hubiera pobres nadie trabajaría y, por ello, considera prudente aliviar la pobreza; pero una locura, extirparla. En 1933, cuando Héctor Rodríguez de la Sotta, presidente del Partido Conservador, se dirige a la Convención de su partido, seguramente tiene a Mandeville en mente. Afirma Rodríguez:

“Que haya pocos ricos y muchos pobres es un hecho natural, inevitable, que existirá mientras el mundo sea mundo. Está dentro del plan providencial que así sea y todos nuestros esfuerzos por evitarlo resultarán infructuosos. Y si esos esfuerzos llegaran a fructificar, alteraríamos en tal forma el orden natural inevitable, que la humanidad quedaría condenada a desaparecer. Porque, si todos fuéramos ricos, ¿quién se prestaría para hacer los trabajos más duros y humildes de la escala económica? ¿Quién bajaría a la entraña hosca de la tierra para arrancar a la mina su tesoro?”

Esta derecha conservadora ya es historia en Chile. Herida mortalmente el 26 de abril de 1966 con la promulgación de las leyes agrarias, recibe un tiro de gracia por parte del régimen militar por el solo hecho de no haber intentado reanimarla. Para mí, ese es el único mérito de la dictadura.

En la actualidad, la derecha chilena se ha comprometido con el discurso de la igualdad. La derecha no aboga por un sistema fijo de castas fundado en una desigualdad natural. Más bien se compromete con la idea que la cuna en que nacemos es un accidente que nada tiene que ver con la justicia.

Pero en este respecto no hay una, sino dos derechas en Chile –una libertaria y otra liberal.

Durante el régimen militar, la derecha en su totalidad adhiere al argumento libertario que propicia el neoliberalismo y adopta la competencia de mercado como manera de sanar esa arbitrariedad distributiva. El neoliberalismo afirma que todos los individuos son sujetos de derechos e iguales ante la ley. Reconoce que todos tienen igual oportunidad para acceder a carreras y puestos de trabajo abiertos universalmente.

En 1986, en Estudios Públicos Nº 24, aparece un artículo de John Rawls titulado “Justicia Distributiva” (53-90). Rawls, filósofo de Harvard, critica el argumento neoliberal al que opone una postura liberal. Esta publicación anuncia el nacimiento de un nuevo pensamiento de derecha en nuestro país, que se encarna en una derecha netamente liberal.

Según Rawls, el discurso neoliberal corresponde a lo que denomina “sistema de libertad natural”(66). Este sistema determina un esquema distributivo que reconoce una igualdad puramente formal de oportunidades. Todos compiten, pero algunos cuentan con una mejor educación y un apoyo familiar substantivo, factores que les otorga una ventaja inalcanzable. Según Rawls, “la injusticia del sistema de libertad natural es que permite que estos factores influyan incorrectamente en las participaciones distributivas” (67).

El liberalismo, en cambio, propone una meritocracia equitativa por la que aquellos que provienen de familias de obreros no calificados puedan lograr igual acceso a una educación de calidad. Todos compiten, pero esta vez, todos llegan al punto de partida en igualdad de condiciones y sin ventajas arbitrarias. El lastre de desigualdades substantivas que genera un sistema fundado en el mercado formal de oportunidades puede corregirse si se establece un sistema educativo que asegure una igualdad substantiva. Para Rawls, este sistema significa avanzar hacia un meritocracia equitativa y dejar atrás la igualdad puramente formal de oportunidades.

La diferencia que concibe Rawls entre neoliberalismo y liberalismo es lo que permite distinguir, en el plano de las ideas, entre las dos derechas vigentes en Chile.

Es interesante notar que Rawls no se queda aquí, y que avanza más allá del liberalismo meritocrático. La idea liberal de una meritocracia equitativa no satisface el ideal de justicia que propone. Aunque el liberalismo pueda contribuir a eliminar la influencia de las contingencias sociales, “siempre permite que la distribución resultante de riqueza e ingreso quede sujeta a la distribución natural de capacidades y talentos” (68). Según Rawls, seguimos presos de una arbitrariedad –el “sorteo natural” de los talentos (68).

La propuesta de Rawls reconoce que “la desigualdad no se puede eliminar mientras subsista algo así como la familia” (62). Pero introduce un correctivo que define como el “principio de la diferencia”. Este permite a las personas desarrollar al máximo sus talentos y cosechar los beneficios que resulten de esa actividad. Pero ello lo pueden hacer a condición que compartan esos beneficios con los individuos que estén en peor situación. No se trata de perjudicar a las personas de talento, sino de beneficiar a los que no lo tienen.

Rawls piensa que este aspecto crucial del principio de la diferencia presupone que “la distribución de bienes naturales es propiedad común,” y que esto hace necesario compartir los resultados de esa distribución. “Aquellos favorecidos por la naturaleza pueden ganar con su buena fortuna solamente en condiciones tales que mejoren las situación de aquellos a quienes no les ha ido tan bien” (69-70).

Según Rawls, nadie merece sus talentos naturales, y menos un punto de partida avanzado en la carrera por la vida. “Nadie merece el lugar que le toca en la distribución de dotes naturales. El que una persona merezca el carácter superior que le permitió cultivar sus dotes es también problemático; porque este carácter depende de condiciones sociales y familiares afortunadas por las cuales el individuo no puede reclamar ningún mérito” (74).

En este punto el Rawls de Estudios Públicos deja claramente atrás al liberalismo meritocrático. Pero seguramente también deja atrás a nuestra izquierda que, con respecto al argumento meritocrático, tiende a confundirse con la derecha liberal.