Hace 120 años, el país vivió una de las mayores vergüenzas de su historia: la guerra civil de 1891. Las fuerzas armadas se dividieron, también los poderes del Estado, así como las familias, los medios de prensa y la sociedad en general. La república que se jactaba de su estabilidad política se sumaba a la larga lista de naciones que solucionaban sus problemas a través de la violencia. por Alejandro San Francisco; ilustración, ignacio schielfelbein

 

  • 24 marzo, 2011

Hace 120 años, el país vivió una de las mayores vergüenzas de su historia: la guerra civil de 1891. Las fuerzas armadas se dividieron, también los poderes del Estado, así como las familias, los medios de prensa y la sociedad en general. La república que se jactaba de su estabilidad política se sumaba a la larga lista de naciones que solucionaban sus problemas a través de la violencia. Por Alejandro San Francisco; ilustración, Ignacio Schielfelbein

1890 fue uno de esos años dramáticos que en Chile se vivió como una tragedia griega: el país experimentó una polarización política pocas veces vista, los medios de prensa emprendieron una campaña sostenida de descalificaciones recíprocas, el presidente José Manuel Balmaceda (1886-1891) se fue quedando cada vez más solo, mientras la mayoría opositora en el Congreso agudizaba sus críticas a la administración. Ambos sectores, en realidad, habían olvidado la búsqueda de acuerdos y se aferraban, convencidos, a sus propias posiciones.

A medida que avanzaron los meses, gobierno y oposición se dieron cuenta de que las posibilidades de solución pacífica del conflicto eran cada vez más escasas, por lo que los dos bandos comenzaron a mirar a los cuarteles, en un peligroso juego que buscaba la disuasión pero que, en la práctica, ponía las bases del enfrentamiento armado. En enero de 1891 sucedió lo peor: comenzó la guerra civil, resultado de un proceso de creciente polarización que terminaría amargamente.

La división política

Balmaceda fue un presidente original y popular, especialmente hasta 1889. Así lo comprobó cuando recorrió el país desde Iquique hasta Malleco, recibiendo el aplauso de la masa en medio de la –para ese entonces– novedosa práctica política de estar en terreno, con la gente de las provincias, conociendo sus problemas y mostrando su figura y con ello al Estado chileno, como ha explicado Rafael Sagredo en un completo estudio.

Pero el gobierno también enfrentaba problemas políticos, y el presidente sufrió numerosas crisis mientras estuvo en La Moneda. Los cambios se producían, principalmente, por las inconstancias de las mayorías parlamentarias, rápidas para poner y para deponer ministros. Hacia 1890 el gobernante había tenido nueve gabinetes, cuatro de los cuales se extendieron por apenas un par de meses. Sin embargo, en enero de 1890 sucedió algo extraordinario: cuando el Congreso Nacional estaba clausurado, el presidente tomó una decisión destinada a cambiar la historia, al nombrar un nuevo equipo de gobierno liderado por Adolfo Ibáñez. La fórmula tenía dos características principales: era un ministerio exclusivamente presidencial y contaba con integración militar (el general José Velásquez asumió la cartera de Guerra). Aunque se produjo otra modificación en mayo, Balmaceda no alteró lo esencial: el gabinete presidido por Enrique Salvador Sanfuentes era de su exclusiva confianza y mantenía a Velásquez en la misma cartera.

El 1 de junio la situación se agravó, cuando el Congreso reanudó sus funciones. Pocos días después el gabinete fue censurado en la Cámara y en el Senado, pero Sanfuentes dijo que no dejaría su puesto mientras contara con la confianza del gobernante, desafiando las prácticas parlamentarias establecidas por la clase dirigente. Frente a eso, el diputado Julio Zegers propuso una drástica medida: negarse a discutir la ley que autorizaba el cobro de contribuciones, sin la cual el gobierno podría quedarse pronto sin recursos para su actividad. En ese ambiente, preanuncio de una rebelión y con una gran efervescencia política, la Iglesia intervino para procurar un acuerdo antes de que el país se ensangrentara. Como resultado, se aceptó el ministerio de Belisario Prats, de naturaleza parlamentaria y sin uniformados, volviendo a la tradición de muchos años. Pero duró apenas un par de meses. Hacia octubre todo parecía marchar hacia el despeñadero.

Al borde del precipicio

El ministerio de Claudio Vicuña se inició a comienzos de octubre. La historia lo conoce como “el gabinete de amigos personales”, porque Balmaceda había perdido la mayoría parlamentaria y estaba cada vez más solo.

Clausuró las sesiones del Congreso y siguió gobernando normalmente, pero con fecha de caducidad: en enero deberían estar funcionando las nuevas leyes de presupuesto y de fuerzas de mar y tierra, que requerían la aprobación parlamentaria. El presidente decidió no convocar a sesiones de las cámaras, que se habían mostrado obstruccionistas en materia legislativa e inquisitivas contra los distintos gabinetes. Ante la imposibilidad de un acuerdo, balmacedistas y opositores miraron a los cuarteles y durante diciembre los llamados al Ejército y a la Marina fueron públicos a través de la prensa y en reuniones políticas.

La odiosidad creció todavía más: “sólo un hombre cubriéndose de duelo el papel se ha apropiado de tirano”, fueron parte de los versos aparecidos en la prensa –tanto satírica como seria– contra Balmaceda. Los periódicos oficialistas calificaban a sus detractores de antipatriotas, venales o pusilánimes. En medio del conflicto, la policía provocó la muerte del joven conservador Isidro Ossa, en una reunión de su partido. La sangre correría a raudales al año siguiente. Las pasiones del momento llevaron incluso a promover la muerte de Balmaceda en el seno de la Comisión Conservadora, en la que Ladislao Errázuriz declaró que no debían olvidar que “si Roma tuvo un César, también tuvo a un Bruto y un Casio”, los ex aliados que habían dado muerte al dictador.

The Chilean Times, el periódico británico en Chile, sostuvo el 13 de diciembre que era “significativo que la dictadura y la revolución son temas de discusión diaria en la prensa de gobierno y de oposición”. En pocos días se acabarían los encendidos debates y se pasaría a la acción.

La guerra interna

Todos los presagios se hicieron realidad a comienzos de 1891, cuando el gobierno se puso al margen de la Constitución, contando con el respaldo de un importante contingente de miembros del Ejército. La mayoría del Congreso, sumada a la Marina, encabezó el levantamiento el 7 de enero, lo que dio inicio a la guerra civil y, paralelamente, a numerosos males impensables en una república: el establecimiento de la dictadura y la clausura de los periódicos opositores, mientras las cárceles comenzaban a llenarse de presos políticos. El Ejército se dividió y Chile perdió prestigio en el concierto internacional.

La vorágine de descalificaciones que había llenado las páginas de los diarios en 1890 continuó todavía con más virulencia, tanto en los impresos balmacedistas La Nación y El Comercio (de Valparaíso) como en los periódicos clandestinos de la oposición.

Pocos días después, el representante de España en Chile, Arturo de Ballesteros, informaba a su gobierno, refiriéndose a las opiniones de los embajadores hispanoamericanos, que “se diría como que se complacen viendo que un país modelo hasta ahora, de paz y tranquilidad, origen indudable de su mayor prosperidad y poderío, entra en la senda de luchas intestinas y revoluciones que tan cara han costado a los demás estados de origen español”. La razón era que “casi todas las Repúblicas de la América del Sur son enemigas y por lo menos rivales de Chile”.

La guerra duró unos ocho meses y culminó con una clara victoria opositora: por primera vez en sesenta años un gobierno chileno era derrocado por las armas.

Balmaceda ante la historia

El 19 de septiembre de 1891, pocas semanas después de la derrota, Balmaceda se suicidó en la legación de Argentina en Chile, en su peor momento de popularidad.

Desgraciado, más le valiera no haber nacido, fueron las poco caritativas palabras del periódico católico El Chileno, mientras La Epoca precisaba que sólo merecía el desprecio. Por su parte, La Libertad Electoral sostenía que “la paz y la indulgencia son imposibles para los hombres que merecieron por sus acciones la condenación unánime de sus contemporáneos, y que merecerán también la condenación inexorable de la posteridad”. Al conocer la noticia de su muerte, el representante británico John Gordon Kennedy resumió su visión sobre el ex presidente chileno: “el señor Balmaceda era indudablemente un hombre notable. Poseía grandes habilidades, una maravillosa memoria, gran energía y capacidad de trabajo. Poseía un gran encanto y notables poderes de convencimiento. Pero todas estas cualidades eran contrapesadas por su extraordinaria vanidad, obstinación y duplicidad”. El prestigio de Balmaceda llegaba a su punto más bajo: derrotado por las armas y en la opinión pública, muerto por mano propia, enterrado en una tumba solitaria y anónima y con sus partidarios perseguidos y exiliados.

Las imágenes históricas, sin embargo –al igual que las encuestas políticas–, son veleidosas. Pronto sus partidarios decidieron defender la vida y obra del que llamaban presidente mártir; con orgullo mostraban los logros de su administración y las razones de sus medidas; escribieron poesías, opúsculos y libros, fundaron diarios y organizaron el Partido Liberal Democrático o balmacedista, que pasó a ser la segunda mayoría del país en las elecciones de 1894. Balmaceda comenzó a resucitar en el imaginario popular, como ha ilustrado el excelente estudio de Rodrigo Mayorga. El odiado gobernante de 1891, en 1897 era considerado un “mártir, demócrata y redentor”.

Popular en los primeros años, solitario en la etapa final de su mandato, odiado durante la guerra civil y tras su muerte, José Manuel Balmaceda se levantó poco después como uno de los gobernantes más populares de Chile. Son las paradojas de la política… y de la historia.

Para leer
Balmaceda, su gobierno y la revolucion de 1891. Julio Bañados Espinosa. Centro de Estudios Bice ntenario, 2006.

Es un trabajo clásico sobre la guerra civil, escrito por especial encargo del presidente José Manuel Balmaceda a uno de sus hombres más leales. Su primera edición fue publicada en París, en 1894. “Escriba de la administración que juntos hemos hecho la historia verdadera… No la demore ni la precipite. Hágala bien”, fueron las palabras que Bañados cumplió con fidelidad.

Vapor al Norte, tren al Sur. El viaje presidencial como practica politica en Chile. Siglo XIX. Rafael Sagredo. Santiago, DI BAM, 2001.

Notable libro, que se detiene en la figura de José Manuel Balmaceda antes y durante su gobierno, enfatizando los viajes presidenciales como mecanismo para acercar el Estado a la población y también para acrecentar el prestigio presidencial, que en la etapa final desemboca en una división política y en el tránsito del aplauso a la crítica popular.

La guerra civil de 1891. Tomo 1. La irrupcion politica de los militares en Chile; Tomo 2. Chile. Un pais, dos ejercitos, miles de muertos. Alejandro San Francisco. Centro de Es tudios Bicentenario, 2007-2008.

Esta investigación aborda el conflicto fratricida destacando dos ideas centrales como causas de la guerra: los grados crecientes de odio político, la politización del Ejército y la militarización de la política en torno a 1890-1891. El tomo 1 desarrolla la génesis de la división y el tomo 2 se concentra en la guerra misma y en la reconciliación nacional.

Lejos del Ruido de las Balas. La Guerra Civil Chilena de 1891. Rodrigo Mayorga (editor), Centro de Es tudios Bicentenario, 2008.

El libro integra seis artículos de jóvenes historiadores que repasan la guerra civil desde perspectivas diversas, estudiando el mundo popular, la vida cotidiana de los soldados, la relación con Francia durante el conflicto, el liderazgo de Jorge Montt, la traición militar y la imagen histórica de José Manuel Balmaceda.