• 18 mayo, 2010


El desconcierto inmoviliza a la oposición. Enrte peleas matrimoniales, jóvenes con ideas viejas y la incapacidad para comprender la vida política al margen del Estado, se imposibilita redescubrir el Chile real.


Finalizo la lectura del libro de Eugenio Tironi Radiografía de una Derrota. La historia de la campaña electoral 2009-2010. La polémica ha sido intensa. Es natural. El candidato de la coalición de gobierno resulta derrotado mientras la presidenta –proveniente de las mismas filas– alcanza los más altos índices de aprobación de los últimos veinte años. La Concertación entró en el terreno de la paradoja, de aquello que difícilmente encontrará explicación completa. Esa paradoja, ese absurdo, representa el fin de un ciclo natural cuyos efectos están aún por apreciarse en toda su magnitud.

En esa perspectiva el texto es un aporte. Obliga a reflexionar sobre los procesos de fondo que vive nuestra sociedad, la naturaleza de la relación entre política y ciudadanos, la calidad y pertinencia de las ofertas políticas disponibles, las claves del futuro. Vale la pena, me parece, intentar profundizar en este debate. Sin pretensión científica alguna, aquí adelanto algunas de mis opiniones.

Tras 20 años de gobierno, la Concertación perdió la batalla por el futuro. Fracasó en la tarea de proponer un horizonte atractivo a una sociedad que hace rato superó el trauma del quiebre democrático y la vida en dictadura. Una sociedad de personas que no concede a nadie un derecho preferente a representarla y que está dispuesta a evaluar con libertad distintas opciones políticas.

El éxito de Sebastián Piñera, sin embargo, no es hasta ahora el éxito de la derecha. Lo que Piñera logró, y en eso tiene mérito enorme, es capturar un imaginario colectivo de corte social demócrata y ofrecer una alternativa en que combina la promesa de continuidad con una oferta de mejorías significativas en la gestión pública. La coalición que encabeza llegó al poder mimetizada con los éxitos de la Concertación, ocultando en el sótano los ejemplares disponibles de la teoría del desalojo de Allamand. Pero, seamos francos, también lo hizo capitalizando el descontento creciente por el desgano y la desprolijidad que se fueron apoderando de la gestión de muchos asuntos públicos: la dificultad para avanzar en mejorar la calidad de la educación pública, la persistencia en los problemas de gestión hospitalaria, la imposibilidad de construir un buen sistema de transporte público, la ambigüedad respecto de los desafíos ambientales.

El mimetismo con que la actual administración llega al poder no es, sin embargo, suficiente para gobernar. No basta con presentar una pareja de homosexuales en un spot electoral para comprometerse con el respeto a la diversidad y la dignidad de todas las personas. No basta con prometer el gobierno de los mejores si quienes así se autoproclaman prefieren permanecer en la comodidad de sus oficinas privadas antes que asumir los riesgos y costos del servicio público. No basta con proclamar las bondades del gobierno de los gerentes si las viviendas de emergencia post terremoto son aportadas mayoritariamente por el voluntariado del Techo para Chile.

La derecha, hoy en el gobierno, no parece avanzar en la construcción de una mayoría sólida. La obsesión por enlodar los logros de la Concertación, la sustitución de directivos del servicio público por personas afines políticamente, la minimización de la importancia de los conflictos de interés entre las autoridades, son muestra de aquello. En suma, lo que está en tela de juicio es la efectiva madurez cívica de la derecha y su adhesión de fondo a los valores democráticos y republicanos.

La tarea de la centro izquierda no será tampoco fácil. El resultado electoral que nos ubica en una posición de relativa equivalencia con el oficialismo esconde los restos de una coalición que perdió el sentido colectivo, su identidad y su voluntad de cambio.

El desconcierto inmoviliza. Entre peleas matrimoniales, jóvenes con ideas viejas y la incapacidad para comprender la vida política al margen del Estado, se vuelve casi imposible redescubrir el Chile del cual nos desconectamos y que se oculta bajo las ruinas del terremoto, la locura por juntar los pesos para llegar a fin de mes, las profundidades de Twitter y Facebook.

En medio de esta realidad paradojal, desconcertante y desafiante, se va forjando un nuevo Chile. El desafío de los partidos es abrazarlo, comprenderlo y dejarse interpelar por él. Está por verse quién, desde esa experiencia vital, liderará una nueva mayoría que está en proceso de gestación.